Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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lunes, 25 de septiembre de 2017

Las tres cruces




En las tres cruces del Calvario, el Señor nos ha querido dejar una enseñanza sobre el modo de sufrir. 

Efectivamente en esas tres cruces estaban Jesús al centro, el Buen ladrón a la derecha del Señor, y el otro ladrón a su izquierda. Y los tres sufrían la misma pena, pero de diverso modo y con distinto resultado. 

Jesús sufría como santo, siendo inocente pagaba con el sufrimiento por todos los pecados de los demás. 

El buen ladrón sufría para saldar la deuda contraída por él mismo con la Justicia divina, pues había sido ladrón en su vida, y con su padecer pagaba y expiaba por sí mismo. 

En cambio el otro ladrón sufría pero en balde, pues no le sirvió el dolor para entrar en razón y aprovecharlo para reparar su mal obrar, sino que después de haber sufrido mucho en la tierra, maldiciendo e imprecando a Dios, se precipitó en el abismo infernal para continuar sufriendo terriblemente por toda la eternidad. 

Por eso es aquellas tres cruces del Gólgota, Dios nos ha querido decir cómo hay que sufrir, o mejor dicho, cuáles son las maneras de sufrir y de aceptar o no los sufrimientos. 

A veces tendremos que sufrir inocentemente. Hay muchas personas que padecen algún mal o enfermedad, y no es porque hayan sido culpables de pecado o hayan hecho alguna maldad. Y entonces así se asemejan al Salvador, que padeció por los pecadores y ganó un gran premio en el Cielo. 

Otras veces quizás tengamos que sufrir como justa consecuencia de nuestros propios pecados, y entonces tendremos que resignarnos, sabiendo que nuestros dolores nos obtienen el perdón de Dios y expiamos en este mundo lo que, de otro modo tendríamos que expiar por siglos en el Purgatorio. 

Pero atención a no sufrir en balde, porque si padecemos como el mal ladrón, que imprecaba y maldecía en su dolor, eso no nos servirá para ganar el Cielo, sino para hacernos más demonios, dignos del Infierno. 

¿Cómo tomamos el dolor que llega a nuestra puerta? Ojalá tratemos de ofrecer nuestros dolores como Jesús o el Buen ladrón, es decir, como pequeños redentores o como reparadores del mal cometido. De ese modo tendremos asegurado el Cielo y vislumbraremos que el sufrimiento da su fruto si lo sabemos llevar bien.


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