Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

martes, 30 de noviembre de 2010

Adviento: puerta de la esperanza




Un hombre había perdido la “memoria del corazón”. Aquél hombre “había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado en el encuentro con el dolor humano”. ¿Por qué sucedió esto y qué consecuencias tuvo? “Tal desaparición de la memoria del amor le había sido ofrecida como una liberación de la carga del pasado. Pero pronto se hizo patente que, con ello, el hombre había cambiado: el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Con la pérdida de la memoria había desaparecido también la fuente de la bondad en su interior. Se había vuelto frío y emanaba frialdad a su alrededor”.

Es ésta una historia de Navidad de Charles Dickens, resumida por Joseph Ratzinger en una de sus meditaciones de los años 80 (publicadas en castellano con el título “El resplandor de Dios en nuestro tiempo”, Herder 2008).

Resulta interesante que lo que aquí se llama “memoria del corazón” o “memoria del amor” surja de los encuentros con el dolor. Esto ilumina una profunda verdad: normalmente percibimos que cualquier persona es digna de ser ayudada en su necesidad, porque pertenecemos todos a una sola familia humana. Los cristianos sabemos que somos imagen de Dios y estamos llamados a ser hijos de Dios. La conciencia de esa necesidad suscita en nosotros el deseo de hacer el bien. Y todo eso queda en la memoria como un tesoro, que nos permite seguir creyendo en el bien y la capacidad de hacer el bien, y seguir haciéndolo, amando. Sabemos, por experiencia, que necesitamos de los demás y que ayudándoles nos hacemos nosotros mismos mejores y contribuimos al progreso del mundo. Por eso quien no ha tenido la experiencia de la bondad, o ha perdido la memoria de la bondad, es difícil que tenga esperanza.

A los replicantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982) –robots de aspecto humano– les habían implantado recuerdos y sentimientos artificiales; pero ellos habían llegado a sospecharlo, y, como sabían su fecha de caducidad, se rebelaron contra su “creador” y contra la autoridad establecida, porque querían seguir viviendo.

Como cristianos, es el Espíritu Santo el que nos une y nos vivifica en la familia de Dios. Nos hace progresar por medio de la fe, de la esperanza y del amor. Uno de los modos principales en que lo hace es a través de la liturgia de la Iglesia, como sucede en el Adviento.

“El Adviento –decía Joseph Ratzinger en su meditación– quiere despertar en nosotros el recuerdo propio y el más hondo del corazón: el recuerdo del Dios que se hizo niño. Ese recuerdo sana, ese recuerdo es esperanza”. El Adviento, puerta del año litúrgico, nos introduce en esa “historia de los recuerdos” más valiosos (la historia de nuestra salvación). Nos ayuda a “despertar la memoria del corazón y, de ese modo, aprender a ver la estrella de la esperanza”.

En el Adviento podemos hacer que esos grandes recuerdos de la humanidad, que guarda la tradición cristiana, se vayan integrando en nuestros recuerdos personales y los vayan alimentando. Y observaba el cardenal Ratzinger: “Seguramente cada uno de nosotros puede contar en ese sentido su propia historia de lo que significan para su vida los recuerdos festivos de Navidad, de Pascua o de otras celebraciones”.

Hoy parece amenazada, en muchos cristianos, esta “memoria del corazón” que es el año litúrgico, por falta de experiencia y de conocimiento. Por eso es importante reestrenar el Adviento. De la mano del Espíritu Santo y de María, especialmente en estas semanas previas a la Navidad hay que desempolvar los recuerdos del bien y enriquecerlos viviendo con intensidad la liturgia y sirviendo a los demás, para mantener abierta la puerta de la esperanza.

Ramiro Pellitero, profesor de Teología Pastoral, Universidad de Navarra
(publicado en www.cope.es, 29-XI-2010)


lunes, 29 de noviembre de 2010

ADVIENTO, Y NAVIDAD ( PARTE 2 )

poinsetia.gif (1839 bytes)  LOS GRANDES TESTIGOS DEL ADVIENTO
Son tres: El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María.
Isaías anuncia cómo será el Mesías que vendrá. Sacude la conciencia del pueblo para crear en él actitud de espera. Exige pureza de corazón.
Juan el Bautista señala quién es el Mesías, que ya ha venido. Él mismo es modelo de austeridad y de ardiente espera.
María es la figura clave del adviento. En ella culmina la espera de Israel. Es la más fiel acogedora de la palabra hecha carne. La recibe en su seno y en su corazón. Ella le prestó su vida y su sangre. María es Jesús comenzado. Ella hizo posible la primera navidad y es modelo y cauce para todas las venidas de Dios a los hombres. María, por su fidelidad, es tipo y madre de la Iglesia.
 poinsetia.gif (1839 bytes)LAS ACTITUDES FUNDAMENTALES DEL ADVIENTO
1. Actitud de espera. El mundo necesita de Dios. La humanidad está desencantada y desamparada. Las aspiraciones modernas de paz y de dicha, de unidad, de comunidad, son terreno preparado para la buena nueva. El adviento nos ayuda a comprender mejor el corazón del hombre y su tendencia insaciable de felicidad.
2. El retorno a Dios. La experiencia de frustración, de contingencia, de ambigüedad, de cautividad, de pérdida de la libertad exterior e interior de los hombres de hoy, puede suscitar la sed de Dios, y la necesidad de «subir a Jerusalén» como lugar de la morada de Dios, según los salmos de este tiempo. La infidelidad a Dios destruye al pueblo. Su fidelidad hace su verdadera historia e identidad. El adviento nos ayuda a conocer mejor a Dios y su amor al mundo. Nos da conocimiento interno de Cristo, que siendo rico por nosotros se hace pobre.
3. La conversión. Con Cristo, el reino está cerca dentro de nosotros. La voz del Bautista es el clamor del adviento: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios ... » (Is 40,3-5). El adviento nos enseña a hacernos presentes en la historia de la salvación de los ambientes, a entender el amor como salida de nosotros mismos y la solidaridad plena con los que sufren.
4. Jesús es el Mesías. Será el liberador del hombre entero. Luchará contra todo el mal y lo vencerá no por la violencia, sino por el camino de una victimación de amor. La salvación pasa por el encuentro personal con Cristo.
5. Gozo y alegría. El reino de Cristo no es sólo algo social y externo, sino interior y profundo. La venida del Mesías constituye el anuncio del gran gozo para el pueblo, de una alegría que conmueve hasta los mismos cielos cuando el pecador se arrepiente. El adviento nos enseña a conocer que Cristo, y su pascua, es la fiesta segura y definitiva de la nueva humanidad.


domingo, 28 de noviembre de 2010

ADVIENTO Y NAVIDAD (Parte I)

Sagrada Familia












 1) EL ADVIENTO
SIGNIFICADO Y CONTENIDO
Adviento significa venida. Este tiempo nos prepara para la venida del Señor. La venida de Cristo al mundo se realiza en un triple plan:

PASADO: venida histórica a Palestina,
PRESENTE: venida sacramental, hoy,
FUTURO: venida gloriosa al fin del mundo.

Cristo está viniendo hoy y aquí, a nosotros, dentro de nosotros. Nos está haciendo concorpóreos suyos, solidarios de su persona y de su misterio redentor. Mediante el don de su palabra y de la eucaristía, Cristo se graba en nosotros. Nos hace su cuerpo. Su venida gloriosa al final de los tiempos no será otra cosa que la revelación de las venidas que ahora realiza en nosotros. Hay continuidad real entre su venida actual y su venida gloriosa. Exactamente igual como la semilla se prolonga en el fruto. Esta es la verdad de fe más grandiosa. Quien quiera encontrarse con el Cristo viviente, debe penetrar en el misterio de su presencia, a través de la liturgia. Es necesario que el cristiano tenga mirada interior. El adviento es radicalmente cercanía y presencia del Señor.

jueves, 25 de noviembre de 2010

7 "mandamientos" para destruir un matrimonio y 7 mandamientos para salvarlo


Prefiero leerlos en positivo: "7 mandamientos para un matrimonio feliz"
 
7
7 "mandamientos" para destruir un matrimonio y 7 mandamientos para salvarlo
1- No le digas que le quieres, ya lo sabe
2- Guarda rencor hacia sus errores y no se te ocurra perdonarle
3- No le quieras como es, sino como te gustaría que fuera: fíjate sólo en sus defectos y no en sus virtudes
4- Acostúmbrate a su compañía, que te parezca algo normal, algo que te mereces
5- Juega con su amor; hay cosas más importantes: haz frecuentes salidas sin él/ella e intima con otras personas
6- Automatiza la relación de amor, no pongas esmero en los detalles
7- ¿Más hijos? ¿Estás loco? Sólo dan problemas



Prefiero leerlos en positivo: "7 mandamientos para un matrimonio feliz"


1- Dile que le quieres todos los días: le gusta oírlo, aunque ya lo sepa
2- Acostúmbrate a perdonar y olvidar sus errores
3- Quiérele como es: fíjate en las virtudes y no en los defectos. Piensa que tú también tienes defectos
4- Asómbrate cada día de la posibilidad de tenerle cerca: no te acostumbres a su compañía
5- Protege lo más importante que tienes: su amor. No lo arriesgues y cuídalo con todas tus fuerzas
6- Disfruta con cada detalle que tenga contigo y esfuérzate por tener nuevos detalles de amor cada día
7- Cuida de los hijos y permanece abierto a la vida: el trabajo y la diversión no son lo 1º
 
Autor: Antonio González 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Y si pienso como Cristo...

El Calvario es quizá el lugar más propicio para entender la mente de Cristo, para aprender a ver el mundo de otra manera.
 
Y si pienso como Cristo...
San Pablo fue atrevido cuando dijo “nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Co 2,16). Porque, ¿no está Dios por encima del hombre? ¿No deberíamos reconocer que su inteligencia es inescrutable? (cf. Is 40,28).

Ante el misterio de Dios, el hombre religioso puede tomar una actitud de sumisión completa. Dios, el Señor, decide libremente. Nosotros, en cambio, no sabemos ni por qué ni hacia dónde lleva la marcha del mundo. Pero tomar una actitud así, ¿es correcto? ¿No existe la posibilidad de penetrar, de algún modo, en los pensamientos de Dios, de “poseer” la mente de Cristo?

La llegada de Cristo al mundo permite que el Logos, la Palabra, se haga presente. Desde entonces, hay una luz que alumbra a los hombres: es posible dejar las tinieblas y empezar a ver horizontes nuevos y comprensibles (cf. Jn 1,1-18). De este modo, Dios dialoga, habla, come y sufre con nosotros.

Con la llegada del Espíritu Santo, los creyentes reciben la fuerza de lo alto, la posibilidad de recordar todo lo que Cristo les había enseñado (cf. Jn 14,26).

Lo anterior no impide que, entre los cristianos, se dé el riesgo de la ofuscación, de la duda, del apartamiento. Es entonces cuando algunos corazones pueden dejar de lado el don divino para buscar y preferir, como ya ocurriera tantas veces a lo largo de la historia de Israel, cisternas agrietadas (cf. Jer 2,13).

El camino de la historia moderna refleja ese mismo drama en muchos corazones. Tras conocer a Cristo (si es que llegaron a conocerlo de verdad), lo dejaron a un lado. Exaltaron a la razón con la esperanza de alcanzar, con ella, verdades que sirvieran como respuesta a los mil misterios del existir terreno. Llegaron incluso a “entronizarla” simbólicamente en la catedral de París durante la Revolución francesa.

Pero el sueño de un mundo iluminado por la ciencia y el saber simplemente humano se estrelló una y otra vez ante una realidad compleja, ante pasiones que desencadenaban violencias y guerras, algunas de ellas iniciadas precisamente en nombre del “progreso”, de la “libertad” o de la “justicia”.

La marcha de la saber científico permitió alcanzar, ciertamente, conquistas importantes. Millones de seres humanos fueron curados de enfermedades que antes acababan con pueblos enteros. La agricultura mejoró su productividad. La industria hizo posible el bienestar en millones de hogares. La técnica difundió espacios para la cultura y la comunicación. Pero los interrogantes profundos quedaron en pie. ¿De qué sirve tener aparatos electrónicos muy modernos en el propio hogar cuando llega la noticia de que un hijo acaba de morir atropellado en la calle, o cuando una tristeza profunda lleva a un joven o a un adulto al suicidio?

En momentos parecidos, pero también ante un atardecer sereno que devuelve la paz al alma, podemos mirar nuevamente hacia la Cruz. En ella encontramos la imagen de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios e Hijo de María, Rey del Universo y Amigo que lava los pies de sus discípulos. Con su gesto humilde y dócil, como oveja al matadero, consuela y, más a fondo, salva del pecado y de la muerte, a todos los que acuden a Él con fe sencilla y sincera.

Sin imposiciones, sin milagros, el Calvario es quizá el lugar más propicio para entender esa mente de Cristo, para aprender a ver el mundo de otra manera, para sentir que el perdón llega a quienes, con lágrimas humildes y confiadas, reconocen el propio pecado y confiesan, como el centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). 
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

lunes, 22 de noviembre de 2010

Una luz que alumbra nuestros pasos


Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo. Y entonces, todo empieza a ocupar su lugar y a tener sentido.
 
Una luz que alumbra nuestros pasos



¿Cómo orientar bien la propia vida? ¿Cómo encontrar la luz necesaria para el camino? ¿Cómo distinguir, en el tumulto de mil voces discordantes, esa meta que da sentido a la propia vida?

En muchas ocasiones el corazón se plantea preguntas esenciales. La vida, con su marcha incontenible, puede encerrarnos en cosas pequeñas, inmediatas, pasajeras. El café necesita azúcar. Hay que conseguir gas para la cocina. Mañana vendrá el técnico para arreglar (esperamos) un cortocircuito.

Más allá de esas contingencias, sentimos el anhelo de algo mucho más grande, más noble, más bello; algo que sea definitivo, que dé sentido pleno a los actos buenos y que denuncie la maldad y la injusticia.

¿Quién nos guiará? ¿Hay respuestas claras y completas? ¿O sólo podemos contentarnos con luces frágiles que sirven para dar el próximo paso pero no permiten ver más allá de un horizonte provisional y siempre mudable?

A lo largo de los siglos, poetas y filósofos, artistas y soñadores, profetas y líderes del espíritu, han ofrecido respuestas más profundas. No todas pueden ser verdaderas, porque no caben en armonía afirmaciones tan opuestas como las de Marx o las de Buda, las de Nietzsche o las de Mahoma, las de Bentham o las de Séneca.

Si tuviésemos acceso a un auténtico maestro, si encontrásemos un hombre bueno que enseñase verdades eternas, si el cielo rompiese sus silencios para dejar entrever los deseos del Dios que hizo el sol y las estrellas...

Como el profeta, gritamos al Dios que parece guardar silencio: “¡Ah, si rompieses los cielos y descendieses...!” (Is 63,19).

Pero luego, con algo de vergüenza, confesamos la injusticia de ese grito. Porque podemos reconocer que Dios ya habló, que se hizo cercano, que caminó entre nuestros polvos y nuestras amapolas, que bebió en nuestros pozos, que hizo fiesta en los banquetes de bodas.

Sí: ya vino el Mesías, ya nos habló el Hijo muy amado del Padre, ya apareció esa luz que necesitábamos para nuestros pasos. “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9).

Todo, entonces, empieza a ocupar su lugar y a tener sentido. Basta (es fácil, si vemos lo mucho que nos ama) con que nuestros actos tengan a Cristo como testigo y compañero (cf. san Máximo de Turín, Sermón 73). Basta con dejar las obras de la carne para acoger ese susurro que nos suplica: “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5,14). 
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

sábado, 20 de noviembre de 2010

Oración a CRISTO REY


 
Dame un corazón caballeroso para contigo.

Magnánimo en mi vida: escogiendo todo cuanto sube hacia arriba, no lo que se arrastra hacia abajo.

Magnánimo en mi trabajo: viendo en él no una carga que se me impone, sino la misión que Tú me confías.

Magnánimo en el sufrimiento: verdadero soldado tuyo ante mi cruz, verdadero Cireneo para las cruces de los demás.

Magnánimo con el mundo: perdonando sus pequeñeces, pero no cediendo en nada a sus máximas.

Magnánimo con los hombres: leal con todos, más sacrificado por los humildes y por los pequeños, celoso por arrastrar hacia Ti a todos los que me aman.

Magnánimo con mis superiores: viendo en su autoridad la belleza de tu Rostro, que me fascina.

Magnánimo conmigo mismo: jamás replegado sobre mí, siempre apoyado en Ti.

Magnánimo contigo: Oh Cristo Rey: orgulloso de vivir para servirte, dichoso de morir, para perderme en Ti. 
 
Fuente: Encuentra.com

viernes, 19 de noviembre de 2010

¿A quién recurro?


Cuando llegan, de golpe o poco a poco, los problemas de la vida, sólo Dios escucha cuando a nuestro alrededor no encontramos a alguien con paciencia para acogernos.
¿A quién recurro?
¿A quién recurro?
Cuando llegan, de golpe o poco a poco, los diversos problemas de la vida, buscamos ayuda.

Esa ayuda puede ser especializada, puntual: si me duele la cabeza voy con un médico. Otras veces se trata de una ayuda más compleja, de tipo humano: si el jefe de oficina me crea dificultades veo si es posible encontrar una solución con el director ejecutivo de la propia empresa.

Si el problema es familiar, debido a tensiones por temas económicos o por conflictos que separan y hieren a unos de otros, es hermoso poder recurrir a alguien (el abuelo, un tío prudente, un hermano siempre disponible) para pedir consuelo, luz, consejos con los que sea posible afrontar la situación y vivirla, si no hay soluciones inmediatas, al menos con un poco de paz interior.

En los problemas del alma, ante la pena que produce reconocer los propios pecados, cuando abro los ojos ante ese egoísmo que me carcome, si el espejo empieza a denunciarme esas injusticias con las que he herido a otros, ¿a quién recurro?

Nos damos cuenta, entonces, que la medicina de los corazones sólo puede venir de Dios. Porque los familiares y amigos, los médicos y los psicólogos, el jefe de personal y el encargado de la oficina del banco, llegan sólo hasta cierto punto, pero nunca pueden ofrecer lo más esencial para el alma.

Sí: sólo Dios tiene la solución de los problemas más íntimos del hombre. Sólo Dios sabe lo que llevamos dentro. Sólo Dios perdona los pecados. Sólo Dios consuela cuando los médicos se rinden. Sólo Dios escucha cuando a nuestro alrededor no encontramos a alguien con paciencia para acogernos.

Por eso, cuando grito, con el Salmo, “¿de dónde vendrá mi auxilio?” puedo también hacer mía la respuesta: “Mi auxilio me viene de Yahveh, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 121,1-2).

Como Pedro, en Galilea, llega la hora de gritar desde el don de la esperanza: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

martes, 16 de noviembre de 2010

¿Por qué tanta prisa?


Me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? Ya no se detenerme. Me he olvidado de rezar, se me olvida que estás ahí.
 
¿Por qué tanta prisa?
¿Por qué tanta prisa?
Un día y otro día regreso a Ti, Señor. A veces no es continuo mi acercamiento porque hay “otras cosas” que me entretienen, que me ocupan y me olvido de Ti. Y hay ando queriendo ser yo la que arregla las cosas, ser yo la que les doy solución a los problemas pero sin tu ayuda….porque me creo suficiente.

Paso por momentos difíciles , me entra la angustia, el miedo, la tristeza, me veo débil, vulnerable, y es entonces que me acuerdo de Ti y se que tu siempre me estás esperando. Por fin, rendida de mis afanes, de mis luchas y muchas veces de mis equivocaciones… regreso a Ti. Vuelvo a recordar tus palabras: “ Vengan a mi, todos los que estén fatigados y agobiados por la carga, que yo les daré alivio” Mt.11, 28.

Hay días que todo parece hecho para sacarnos de quicio! Hay días que uno y mil detalles, pequeños quizá, nos ponen con los nervios de punta y sentimos que la paciencia se nos termina ante tanta contrariedad.

Hoy, Señor, es uno de esos días.... Necesito que me ayudes, que des sosiego a mi alma, paz a mi mente que parece caballo desbocado y esa impaciencia me hace mucho daño.

Al abrir los ojos ante un nuevo día lo primero que debí hacer es poner mi mente y mi corazón para darte gracias, después pedirte. Pedirte sin temor de abrumarte. Es la manera de involucrarte en nuestro diario vivir. Tu como Padre bueno nos escuchas y sabes de todas nuestras necesidades, aún mejor que nosotros, pero quieres que te lo pidamos y así hacemos un diálogo directo contigo. "Pedid y recibiréis , llamad y se os abrirá"- nos dices.

No siempre se cumplen nuestros deseos al pie de la letra pero hemos de estar seguros que alguna gracia nos llegará en lugar de aquello que pedimos con todo el corazón y no se nos dio porque los planes de Dios no siempre coinciden con los nuestros. Lo que siempre debemos de pedir con gran fe es que nos llene de paciencia para vivir el nuevo día que se abre ante nosotros.

La paciencia es una virtud que hace que soportemos los males con mucha más aceptación. Dicen que la paciencia es más útil que el valor. Nos da la cualidad de saber esperar con tranquilidad las cosas que tardan en llegar y nos hace más llevadero todo aquello que nos alcanza y nos hace sufrir: enfermedades, reveses de fortuna, momentos de dolor y prueba, impotencia ante una amarga situación, etcétera. Todo esto con paciencia será mejor llevado y dará a nuestro diario vivir la paz anhelada.

Mil cosas vendrán que pondrán a prueba nuestra dosis de paciencia. Por eso hay que tener un verdadero caudal, fuente inagotable de la que siempre podamos beber. ¡Qué no se nos acabe la paciencia! porque si ella se nos termina rápidamente ocupará su lugar en nuestra alma la desesperación, la irritación, el mal modo, el abatimiento, el enojo y tal vez la ira. La ira es uno de los pecados capitales que más nos desgarra el alma, nos convulsiona, nos enloquece hasta perder toda dignidad y compostura. Voy a ejercitar en todas las cosas mi paciencia.

En este mundo actual es una de las virtudes más difíciles de poseer y sin embargo es de las más necesitadas precisamente por la forma de vivir tan compulsiva y apremiante que tenemos.

La paciencia y la paz van siempre unidas. En mi caminar por la vida, si tu me ayudas Jesús, voy a encontrar y poseer una paciencia a prueba de todo y la paz se me dará por añadidura. Sé que no es fácil, ante ciertas circunstancias y personas tener paciencia, pero hay que pedírtela.


Señor ¿por qué a veces se me olvida que estás ahí? Todo el día corriendo para acá y para allá. Debo detenerme…

“ Señor, me gustaría detenerme en este mismo instante. ¿Por qué tanta agitación? ¿Para qué tanto frenesí?. Ya no se detenerme. Me he olvidado de rezar. Cierro ahora mis ojos. Quiero hablar contigo, Señor. Quiero abrirme a tu universo pero mis ojos se resisten a permanecer cerrados. Siento que una agitación frenética invade todo mi cuerpo, se agita, esclavo de la prisa. Señor, me gustaría detenerme ahora mismo. ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué tanta agitación?. (Hasta aquí una parte de su escrito para terminar así). Mi corazón continua latiendo pero de una manera diferente. No estoy haciendo nada, no estoy apurándome. Simplemente, estoy ante Ti, Señor. Y qué bueno es estar delante de TI. Amén." P. Ignacio Larrañaga


Ayúdame mi Señor, en todas las pruebas que me salgan al paso.
 
Autor: Ma. Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net 

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Estás triste? ¿Quizás preocupado?


¿Qué sucedería si por un solo día aceptáramos que Dios maneje nuestros problemas, y Dios se hace cargo de ellos?
 
¿Estás triste? ¿Quizás preocupado?
¿Estás triste? ¿Quizás preocupado?


Las preocupaciones son el pan nuestro de cada día. Muchas vienen de situaciones muy reales que enfrentamos en el diario vivir. Otras, sin embargo, surgen de la nada, por así decirlo.

¿Qué sucedería si por un solo día aceptáramos que Dios maneje nuestros problemas, y Dios se hace cargo de esa gerencia?

Llevemos este experimento a la práctica. Supongamos que recibimos el siguiente correo de parte de Dios:

“Hoy, yo, Dios, estaré manejando todos tus problemas. Si enfrentas una situación que no puedes manejar, no intentes resolverla. Colócala en la bandeja “Algo que sólo Dios puede hacer.” Me encargaré del asunto en mi tiempo, no en el tuyo. Una vez lo hagas, no te aferres más al problema, o pretendas retirarlo, pues tan sólo retrasarás la solución. Si crees que puedes solucionarlo, consúltalo conmigo. Asegúrate que tomarás la decisión adecuada.

Yo no duermo nunca. No hay razón que pierdas tu sueño a causa de las preocupaciones. Descansa en mí. Para contactarme, estoy a la distancia de una oración, de un diálogo, que eso es la oración. ¡Basta con que lo conversemos!

Piensa bien lo siguiente: sé feliz con lo que tienes.

Si te desesperas y peleas cuando estás metido en un gran tapón, recuerda que hay gente para quien tan sólo manejar es un privilegio.

¿Tuviste un mal día en el trabajo? Piensa en todos esos que están años sin poder conseguir uno.

¿Tienes el corazón roto por una relación sentimental deteriorada? Son muchos los que no saben qué es amar y que jamás han sido amados.

¿Luchas la que parece ser una batalla perdida con el hijo que te causa problemas? ¡Cuánto desearían tener ese reto los padres y madres que no han logrado tener un hijo!

¿A tu edad te faltan fuerzas para enfrentar una terrible pérdida, y te preguntas cuál es el propósito de esta prueba? Se agradecido. Existieron muchos que no vivieron hasta tu edad para averiguarlo.

¿Te encuentras en un momento en que eres objeto de la amargura, ignorancia, pequeñez o envidia de la gente? Las cosas podrían ser peores. ¡Tú podrías ser uno de ellos!

¿El amigo ese te ha dado la espalda cuando más lo necesitas? ¡Cristo, el amigo que nunca falla, está a tu lado, ahí mismito, pidiendo tan sólo que le abras tu corazón!

¿Por qué te confundes y te agitas y te deprimes ante los problemas? Déjame al cuidado de todas tus cosas. Todo te irá mejor. Lo que más daño te hace es tu propio razonar y tus propias ideas y el querer resolver tus cosas a tu manera.

Confía en mí. Ahora bien, no seas como el paciente que pide al médico que lo cure y luego le indica el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos, no tengas miedo. Yo te amo.

Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos del alma y confía. Continúa diciéndome a toda hora: yo confío en ti.”


Hasta ahí el correo de Dios. Prepara tu respuesta y envíasela lo más pronto posible. Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces, entonces estás peor que antes. Espero ese no sea tu caso.
Bendiciones y paz.
 
Autor: Juan Rafael Pacheco | Fuente: Catholic.net 

miércoles, 10 de noviembre de 2010

¡Nunca, nunca, nunca te des por vencido!

En estos días estuve viendo por youtube el video de una música gospel. Entre tan buena melodía, en el video pude observar una frase perteneciente a Winston Churchill:

¡Nunca, nunca, nunca te des por vencido!

Esta frase hizo como que mi corazón saltara dentro de mi, y recordara también mi estudio bíblico de la noche pasada, perteneciente a 1 Corintios 1,9-10: “Pues hemos tenido sobre nosotros mismos la sentencia de muerte, para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. Él nos libró de tan mortal peligro, y nos librará; en él esperamos que nos seguirá librando..
En estos versos estoy leyendo a San Pablo aún sobre-exaltado acerca de lo que sucedió con él en Asia, donde si no fuera por Dios ellos estarían ya definitivamente muertos, como dice en el verso 8: “la tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo, por encima de nuestras fuerzas, que perdimos la esperanza de conservar la vida”; como que su taquicardia aún no terminó y en su asombro de salir con vida, escribe con una fuerza de gracia sobrenatural pero con un cansancio físico extremo.
Tal vez en este instante tú estás a punto de darte por vencido en alguna dificultad o tribulación, y por alguna razón te encontrarás leyendo este artículo. Así como San Pablo renunció a su propio pensamiento negativo para decir “¡tú puedes salvarme, Señor!”, yo te invito a hacer una pequeña oración conmigo:
Señor, así como guardaste a tu siervo San Pablo de la muerte, yo necesito que me rescates de esta oscuridad que estoy pasando. Quiero darme por vencido, mi cuerpo y mente me lo piden, pero hoy quiero renunciar a lo que tengo para decir y proclamar que tú, Señor, vencerás en mi vida, sea cual fuere la dificultad. No quiero, Señor, darme por vencido…yo quiero vencer en este día tan precioso que me regalaste. ¡Así sea!, Amén.
Ánimo, hermano/a…nunca te des por vencido, aún cuando te encuentres en desventaja dile a tu problema: ¡mira que grande es mi Dios!.
Dios te bendice

Fernando Ugarte
Canción Nueva Paraguay

lunes, 8 de noviembre de 2010

El rescate definitivo

Dios no es indiferente ante el grito de sus hijos. En las mil encrucijadas de la vida, pedimos, humildemente, que nos salve.
 
El rescate definitivo
El rescate definitivo

Un naufragio, un incendio, un terremoto, un accidente de tráfico, una enfermedad, una situación económica desesperada: en la vida se dan tantas situaciones en las que pedimos, suplicamos, esperamos intensamente la ayuda de otros, la llegada de un equipo de rescate.

Gracias a Dios, hay miles de hombres y mujeres dispuestos a tendernos una mano de auxilio. Bomberos y médicos, agentes del orden y voluntarios, dan lo mejor de sí mismos en acciones de rescate a quienes viven en situaciones de urgencia o bajo la presión de graves problemas.

Los rescates humanos alivian y devuelven la esperanza. Pero en ocasiones llegan sólo hasta un cierto límite, más allá del cual no pueden pasar.

Porque el rescate del médico no siempre consigue curar al enfermo ni aliviar sus dolores más profundos. Porque el rescate de los bomberos a veces llega tarde o no logra, ante la fuerza de los elementos, apagar el incendio. Porque la policía puede no actuar de modo adecuado para impedir un desenlace trágico en el secuestro de un ser querido.

En otros casos, el rescate no puede venir de los hombres, porque afecta a nuestro corazón. Cuando hemos caído en el pozo profundo del egoísmo, cuando hemos dejado crecer odios que carcomen el alma, cuando sentimos una pena intensa ante los fracasos de la vida, cuando hemos pecado contra Dios y contra el prójimo, ¿quién nos puede salvar?

Es cierto que existen medicinas y tratamientos psicológicos que pueden dar cierto alivio. Pero tales actuaciones llegan hasta un punto, más allá del cual no pueden hacer nada. Porque si hemos pecado, lo único que necesitamos es una curación definitiva, el encuentro con Dios desde la súplica que pide perdón y misericordia. Porque ante el misterio de la muerte, que nos arrebata un ser querido o que se acerca inevitablemente a las puertas de la propia vida, sólo queda mirar al horizonte de lo eterno y suplicar a Dios que nos acoja en su Amor infinito.

Frente a esas situaciones más íntimas, a los momentos “límite” de nuestra existencia, el rescate definitivo puede llegar sólo desde alguien que está por encima de las leyes físicas y biológicas y que se interese por nosotros. La mirada al cielo suplica, entonces, una mano divina, un consuelo íntimo, un perdón que nace desde la misericordia.

Dios no puede ser indiferente ante el grito de sus hijos. En las mil encrucijadas de la vida, pedimos, humildemente, que nos salve, que nos ayude, que nos ofrezca ese rescate definitivo que tanto anhela el corazón de cada ser humano.
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

domingo, 7 de noviembre de 2010

¡Vamos a arreglar el mundo!


¿Quieres cambiar el mundo? Disfruta cada día como si fuera el último, ya que uno nunca sabe cuando llegará el último día.
¡Vamos a arreglar el mundo!
¡Vamos a arreglar el mundo!



Muchos conocen la historia del científico que vivía sumamente preocupado con los problemas del mundo, decidido a buscarles solución.

En algún momento, su hijito de siete años entra en el laboratorio deseoso de ayudar a su papá. El científico, por lo contrario, nervioso por la interrupción y viendo que era imposible sacarlo, cogió una revista que tenía en su portada un mapa del mundo, se la arrancó, la cortó en varios pedazos con una tijera, y se la dio al niño para que se entretuviera armando el rompecabezas, mientras él continuaba tranquilamente con sus experimentos.

Luego de unas pocas horas, el buen hombre oyó que el niño le decía: “Papá, ya arreglé el mundo.”

El científico, asombrado, levantó la vista del microscopio pensando que lo que vería sería el resultado del torpe trabajo de un niño. Sin embargo, para su gran sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados perfectamente en sus respectivos lugares. ¿Cómo había sido esto posible? ¿Cómo era que el niño había logrado esto?

Intrigado, dijo a su hijito: “Hijo, tú no sabías cómo era el mundo. Entonces, ¿cómo lograste armarlo?”

“Papá” –le dijo el niño— “yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando arrancaste el mapa de la revista para recortarlo, yo vi que del otro lado tenía la figura de un hombre. Así que le dí la vuelta a todos los pedazos y comencé a organizar al hombre. Cuando conseguí arreglar al hombre, volteé la hoja y vi que había arreglado al mundo.”

Debemos estar conscientes, leí en algún momento, que el verdadero triunfo del hombre es lograr la familia que anhela, mostrar la bondad que recibe y tener verdaderos amigos.

Que la verdadera sabiduría es aprender a escuchar y saber cuándo opinar, es comprender los problemas y saberlos resolver, y poder brindar al mundo lo que realmente uno sabe.

Que la verdadera fe es pedir y saber que Dios nos escucha, saborear los momentos que compartimos con Él, poder cerrar los ojos y sentirlo junto a nosotros.

Que la verdadera amistad es sentir la hermandad que une a personas de sangres diversas, es saber que su mano siempre estará contigo, es saber brindarle tu ayuda en todo momento, es sentirte más valiente en los momentos que compartes con ellos, es saber compartir ideas y mejorar tu carácter, es tener ese apoyo en los momentos importantes.

El verdadero amor es poder oler el aire que respira tu pareja, es encontrar la otra mitad de tu alma, es sentir necesaria su presencia, y más que nada, saber esperar a su llegada.

¿Quieres cambiar el mundo? Disfruta cada día como si fuera el último, ya que uno nunca sabe cuando llegará el último día de nuestras vidas, y recuerda que la satisfacción de llegar a la meta no es llegar a la meta, sino todo lo que se vive en el camino para poder llegar a ésta.

Bendiciones y paz.


Autor: Juan Rafael Pacheco | Fuente: Catholic.net 

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La espera


Quien camina al lugar de la cita sólo desea una cosa: que le estén esperando
 
La espera
La espera

En una esquina, junto al bar, a la entrada de un cine, en la estación: en muchos lugares hombres y mujeres esperan.

Esperan. ¿Qué esperan? Cada uno espera a alguien. Al novio, una chica enamorada. A la novia, un chico que necesita algo de esperanza. Al hijo, el padre que lo vio partir un día hacia una guerra inesperada. Al padre, ese hijo que lo quiere otra vez en casa, después de años sin poderse abrazar.

Esperan. ¿Cuándo llegará? El tiempo pasa, los minutos se hacen eternos. Los ojos giran y giran para descubrir si aquel bulto, a lo lejos, es ese ser querido, la persona esperada, la alegría que anhela el corazón.

Unos esperan y otros son esperados. Quien camina al lugar de la cita sólo desea una cosa: que le estén esperando. Es triste llegar al cine y no encontrarse con el amigo, o regresar al pueblo y no ver a nadie en la estación. Causa un dolor inmenso descubrir que quien debía esperarnos ya no se encuentra en el mundo de los vivos...

Esperar y ser esperado. Podemos preguntarnos ahora: ¿espera Dios? ¿Le esperamos? Más allá de las nubes y más acá de las flores, donde el horizonte se viste de colores y donde los niños juegan a canicas, donde una anciana busca sus gafas oxidadas y donde un nieto deja su “nintendo” para ayudar a preparar la cena.

Dios nos espera detrás de cada pensamiento, de una lágrima, de un diploma o de un choque en carretera. Dios nos espera también cuando pecamos, cuando probamos un poco el gusto de una libertad mal usada, lejos de sus brazos y lejos, a veces, de los brazos de quienes nos aman de veras. Dios nos espera cuando permite una enfermedad o esos ratos largos, eternos, de insomnio en una noche de verano.

Nosotros, ¿esperamos a Dios? ¿Lo buscamos en la oficina, en la fábrica, en los campos que se visten de amapolas, en los jilgueros que cantan la mañana?

Esperar a Dios. No hay que ir lejos para ir a su encuentro, aunque a veces no nos resulte fácil abrir el corazón a ese cariño que nos hace desear su abrazo, porque nos abruman los mil problemas de la vida, porque nos distraen pequeños juegos o programas informáticos.

Esperar a Dios y ser esperados por Dios. El encuentro definitivo llegará, para alguno, este día.

Una estrella se apaga y otra se enciende, mientras la luna acaricia, con suave luz, una tierra que llora a los que parten, mientras los ángeles del cielo inician la fiesta del banquete. Un hijo entra en casa y es abrazado por un Padre que lo esperaba con amor eterno...


Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: 28-07-2003
 
Fotografía: "Espera". Autor: Paco Sánchez 

martes, 2 de noviembre de 2010

¡Nuestros queridos muertos!


No los podemos olvidar delante de Dios, desde el momento que los queremos tanto....
 
¡Nuestros queridos muertos!
¡Nuestros queridos muertos!
Muchas veces nos hemos preguntado en nuestra América Latina: -¿A qué viene, y cómo se explica, la devoción de nuestros pueblos a los Fieles Difuntos?

No podemos ni queremos establecer comparación con otras culturas no cristianas, que no tienen nuestra esperanza, y que son también muy apegadas al culto de sus muertos. Hablamos de nosotros porque tenemos fe. Sabemos que los que nos precedieron están en el seno de Dios. Y sin embargo, pensamos mucho en ellos, rezamos mucho por ellos, y los muertos están presentes en nuestra familias como lo estuvieron en vida.

No pasa así en otras civilizaciones también cristianas --que se dicen superiores (!)-- y que ante sus muertos se muestran bastante frías...

Hablando, pues, de nosotros, ciertamente que hay dos explicaciones, muy legítimas las dos, y también bastante claras, en este proceder nuestro con los difuntos: el amor familiar y el buen corazón de nuestras gentes.

La primera, el amor familiar, es evidente. Nuestros pueblos conservan, gracias a Dios, un gran apego a la familia. Y es natural que, al llegar este día, sintamos la necesidad de hacer más presentes entre nosotros a los seres queridos que se nos fueron.

La segunda explicación que se da es el buen corazón, que nos hace sentir muy de cerca el dolor de los demás. Y eso de pensar que nuestros difuntos están a lo mejor todavía purificándose en aquel fuego devorador que, según la piedad y la fe cristiana, llamamos Purgatorio, eso nos llega muy al fondo del alma. Y eso es también lo que nos mueve a intensificar nuestros sufragios ante Dios por las almas benditas.

Hablando de esta segunda razón --el buen corazón de nuestros pueblos--, explicaba un prestigioso sacerdote latinoamericano:
- Pasa con los Difuntos como lo que ocurre en nuestros pueblos con el Santo Cristo. Se le tiene una devoción muy especial. Por ejemplo, llega la Semana Santa, y hay que ver las plegarias ante el Señor que sufre y cómo se le acompaña en procesiones penitenciales... Pasa el Sábado Santo con el recuerdo de la Virgen Dolorosa, y dice poco la celebración del Señor que resucita. ¿A qué obedece este fenómeno, a sólo cultura o a un sentimiento muy profundo del corazón?...

Nosotros aceptamos esta realidad: los difuntos nos dicen mucho al corazón, y los recordamos, rogamos por ellos, y los seguiremos encomendando siempre al Señor.

Pero, ¿qué debemos pensar de las penas del Purgatorio, de las cuales queremos aliviar a nuestros queridos difuntos? Aquí deberíamos tener las ideas muy claras. La Iglesia, guiada siempre en su fe por el Espíritu Santo, es quien tiene la palabra. Y lo que nos enseña nuestra fe se puede resumir en dos o tres afirmaciones breves y seguras.

Es cierto que en la Gloria de Dios no puede entrar nada manchado. Quien tenga pecado mortal --que quiere decir esto: de muerte eterna-- no verá jamás a Dios.

¿Y quien no tenga pecado mortal, sino faltas ligeras, apego a las criaturas, amor muy imperfecto a Dios, mezclado con tanto polvo y tantas salpicaduras de fango que se nos apegan siempre?... A la condenación eterna no va el que muere en estas condiciones, pero tampoco puede entrar en un Cielo que no admite la más mínima mancha de culpa.

Para eso está el Purgatorio, que significa eso: lugar de limpieza, de purificación. Lo cual es una gran misericordia de Dios. Si no existiera esa purificación y limpieza, ¿quién entraría en el Cielo, fuera de niños inocentes y de grandes santos que apenas se han manchado con culpa alguna?

San Juan Bautista Vianney, el Párroco de Ars, lo explicaba así en sus catequesis famosas:
- Cuando el hombre muere, se halla de ordinario como un pedazo de hierro cubierto de orín, que necesita pasar por el fuego para limpiarse.

¿Y qué podemos hacer nosotros? Pues, mucho. Al ser cierto que todos los miembros de la Iglesia formamos un solo Cuerpo, y que está establecida entre todos la Comunión de los Santos --es decir, la comunicación de todos nuestros bienes de gracia--, todos podemos rogar los unos por los otros.

Nosotros rogamos por las almas benditas para que Dios les alivie sus penas y las purifique pronto, pronto, y salgan rápido del Purgatorio.

Y esas almas tan queridas de Dios, que tienen del todo segura su salvación, ruegan también por nosotros, para que el Señor nos llene de sus gracias y bendiciones.

Ésta ha sido siempre la fe de la Iglesia Católica.

Esto hacemos cada día cuando en la Misa ofrecemos a Dios la Víctima del Calvario, Nuestro Señor Jesucristo, glorificado ahora en el Cielo, pero que se hace presente en el Altar y sigue ofreciéndose por la salvación de todos: de los vivos para que nos salvemos, y de los difuntos que aún necesitan purificación.

Eso hacemos también con todas nuestras plegarias por los difuntos.

Esto hace la Iglesia especialmente en este día, con una conmemoración que nos llena el alma de dulces recuerdos, de cariños nunca muertos, de esperanza siempre viva...

¡Los Difuntos! ¡Nuestros queridos Difuntos! No los podemos olvidar delante de Dios, desde el momento que los queremos tanto....
 
Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net
 
 
 

lunes, 1 de noviembre de 2010

El cansancio y la vida cotidiana


La vida familiar debe cultivarse a riesgo de que se vuelva un campo abandonado
 
El cansancio y la vida cotidiana
El cansancio y la vida cotidiana
Se llega cansado a la casa. El cansancio es legítimo. El malhumor, no. Conviene recordar que el hombre cansado es propenso al mal genio, ya que tiene las defensas bajas y los nervios menos templados.

El cansancio tiende al hermetismo. No es comunicativo.

Es preciso dar al cansado un tiempo para decantar los afanes y preocupaciones de un día de trabajo. Hay que permitir al guerrero dejar sus armas, desensillar y recomponerse.

Busca deshacerse cuanto antes de su mercadería. Interrumpe cuando no debe, tiene más prisa cuanto más debe esperar. Es la hora heroica de los padres.

El cariño de los niños vale más que el agotamiento

Al llegar a casa, ningún padre puede abrir la puerta y decirse: "Misión cumplida".
Si se cree que la casa es el lugar de las compensaciones egoístas, se ha perdido a un padre de familia. La recompensa verdadera es la de verse rodeado por afecto.

El cariño de los hijos no es un cariño abstracto, Teórico. Es tangible. Se percibe. Se toca.
Los ojos de los niños están diciendo: "sé mi padre. Tú eres fuerte, mas fuerte que el cansancio".

Segregarse de los niños al llegar a casa es decirles: "ustedes no me interesan".
Un padre siempre cansado o que pide que se le trate como a un hombre cansado, es un padre enfermo. La casa no es una clínica de reposo, donde se cuida religiosamente el silencio para no alterar a los pacientes.

El lugar donde descansa el papá no es "zona de hospital", como tampoco el living debiera llevar el letrero de "niños jugando".

Cuando los hijos son pequeños son como juguetes del padre. Si se está de buen humor, se les da cuerda. Cuando el juego cansa o aburre, se les guarda o se les archiva. En muchos casos, la televisión sirve, lamentablemente, de archivo.
Si se considera a los hijos un estorbo porque perturban el descanso del padre, se exige a la madre que los haga evaporarse para que no creen problemas.

El guerrero considera que ya ha tenido suficientes en su trabajo, oficio o negocio.

Cultivar la vida familiar

La vida familiar debe cultivarse a riesgo de que se vuelva un campo abandonado. Se abona con la conversación, con las celebraciones; con ritos familiares, con tradiciones, con un lenguaje que tiene puntos de referencia comunes.
Sin vida de familia, se pasa del trabajo al trabajo como por un túnel. Agradezcamos que la jornada se interrumpa para estar con los que se ama.

El cansancio de una jornada dura se recupera en la vida de familia. La gracia del hijo pequeño hace cambiar la vista cansada. Ahí no se nos acepta por nuestra eficacia ni por nuestro rendimiento: se nos acoge con cariño. Y la vida de familia es más amable cuando se enfrenta con amabilidad, cuando no impacienta la avidez de un hijo por contar sus cosas, la del otro que asalta con peticiones, la de un tercero... El hogar no es un monasterio donde se oye el silencio. Los niños no son objetos inmóviles que forman parte de la decoración. La casa no es casa de reposo para enfermos de los nervios. El cariño hace amables hasta las interrupciones
 
Autor: Diego Ibañez Langlois | Fuente: Ideas Claras 
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