Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Decálogo para la primera semana de Adviento



1. VIGILA y cuida los dones que Dios te ha dado.
No es bueno dejar que muera o no sirva para nada, lo mejor que existe en nosotros.

2. VIGILA tu vida interior.
¿Por qué tanto empeño en la eficacia, en lo que se ve y, tan poco, en el equilibrio de uno mismo?

3. VIGILA tu vida exterior.
No te dejes llevar por las sensaciones. Llena, todo lo que haces y eres, con contenido y  verdad

4. VIGILA aquello que te produce vértigo o temor.
No dejes que, nada ni nadie, perturbe tu derecho a estar y a vivir en paz.

5. VIGILA las tareas que tienes encomendadas.
Dales un cierto sabor cristiano. ¿Que no te atreves? ¿Que es difícil? Dios también lo tuvo complicado para hacerse presente en medio de los hombres

6. VIGILA tu reloj. No vivas sin sentido.
Que no pasen las horas sin un pensamiento para Dios por lo mucho que ama y se acerca hasta la humanidad.

7. VIGILA tu fe.
No es lo mismo ser bueno que ser creyente. No es suficiente ser bueno y dejar de lado a Dios. ¿Dónde está la fuente y la cumbre del bien si no es en Dios?

8. VIGILA tu compromiso con la Iglesia.
Si nos alejamos del calor, podemos tener un resfriado. Si nos alejamos de la Iglesia, podemos contaminarnos con una poderosa neumonía espiritual.

9. VIGILA tu caridad.
Sal al encuentro de algo o de alguien. Prepara el camino al Señor en tu casa, con tu familia, con tus amigos.

10. VIGILA tu testimonio.
¡Habla de Dios! Comienza a pensar en dónde y cómo instalar el belén, la estrella, un signo cristiano.

P. Javier Leoz

A José dice el ángel...


http://universoliterario.net/postales_navidad/postalesnav.html


martes, 29 de noviembre de 2016

Que no me duerma, Señor



Así, cuando llegues y llames a mi puerta
encuentres mi mente despierta,
mi corazón inclinado totalmente a Ti
mis pies sin haberse desviado de tu camino
y, mis manos, ¡ay mis manos!
volcadas de lleno con las piedras de tu Reino.
Sí, Señor;
Que no me duerma y que, en la noche de mi vida,
mantenga encendida la lámpara de mi fe
Abierta, sin temor alguno, la ventana de mi esperanza
Confiada, sin ninguna fisura, la grandeza de mi alma

Que  no me duerma, Señor.
¡Son tantos los que desean verme adormecido!
¡Son tantos los que insinúan que no vendrás!
¡Son tantos los que se cansaron de esperar!
Ayúdame, mi Señor, a ser persona con esperanza
a esperar, con la ilusión de un niño,
el destello de la estrella de un eterno mañana
la noche mágica y santa de una Navidad luminosa
el misterio, que sin comprenderlo,
asombrará totalmente a mis ojos
al ver tu humanidad y divinidad juntas.

Que  no me duerma, Señor.
Y que, cuando mañana despierte,
siga mirando, por el balcón, hacia el horizonte
sabiendo que, tarde o temprano, llegarás
porque, pronto o tardíamente,
cumplirás lo que has prometido: que vendrás.
Que  no me duerma, Señor.
Amén.

P. Javier Leoz

 
 
 


lunes, 28 de noviembre de 2016

El recuerdo de la muerte.



Qué bien nos hace, de vez en cuando, visitar un cementerio! Nos viene bien, de vez en cuando, ser sacudidos por la muerte de alguien, porque así podemos pensar en la muerte, no tanto de ese ser, sino en nuestra propia muerte, que un día también llegará, y para la cual debemos encontrarnos preparados. 

¡Cuántos hombres y mujeres se retiraron del mundo, se hicieron religiosos, por el sólo hecho de haber contemplado a un ser querido difunto! ¡Cuántas cosas de nuestra vida ilumina la muerte de un ser cercano!
Y son llamados de Dios, que no hizo la muerte, pues la muerte entró en el mundo por envidia del demonio, por el pecado, ya que no estamos preparados para morir, Dios no nos creó para que muriésemos.
A veces estamos tan acelerados y preocupados por las cosas del mundo y el trajinar del trabajo, el estudio, la familia, etc., que nos olvidamos de lo que realmente es importante: salvar nuestra alma. 

Ya lo dijo el Señor a Marta: “Marta, Marta, te agitas y te preocupas por muchas cosas, pero sólo una cosa es necesaria”. 

Salvar el alma por medio de una vida vivida en gracia de Dios, cumpliendo los Diez Mandamientos y siendo misericordiosos con todos, como misericordioso es Dios.
Todos vamos a morir. Y es necesario que vivamos de tal forma que no tengamos miedo a la muerte, ni estemos tan atados a este mundo, que nos dé pena el tener que dejarlo de un momento a otro. 

La muerte no es el fin, sino el paso, el comienzo de lo que será la vida para siempre, la eternidad. Por eso toda nuestra vida en la tierra debe ser una preparación para la muerte, aprovechando todo lo que nos vaya sucediendo para hacernos más sabios, hasta llegar a la edad perfecta de Cristo, a la plenitud de la sabiduría, en definitiva: a ser santos. 

Sigamos los consejos de los Santos que nos dicen que la vida conviene mirarla desde la muerte, como si ya nos encontráramos en el momento supremo de nuestra muerte, y así aprovechar la vida para hacer lo que tenemos que hacer y no dejar pasar el tiempo tan inútilmente como a veces lo hacemos. 

Dios es infinitamente misericordioso, pero su misericordia se ejercita mientras vivimos en este cuerpo mortal. Pasado el tiempo de vida que Dios nos ha concedido, se termina el tiempo de la misericordia y ya sólo queda la Justicia divina. 

No es que debamos dejarlo todo y encerrarnos en un convento a esperar la muerte, sino que debemos vivir siempre en gracia de Dios, y así estaremos siempre preparados para la partida de este mundo, pudiendo seguir el consejo de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Es decir: cumple los mandamientos, vive en gracia de Dios, y dedícate a lo que quieras y te guste tranquilamente, viviendo en paz.



Adviento, fuente de esperanza




Cuando la perdemos, tú nos la devuelves redoblada.
Cuando nos elevamos demasiado,
nos haces valorar la pequeñez de cada persona.
Cuando se cierran los caminos,
tú nos abres otros tantos senderos.

¡Gracias, Adviento, por ser oasis de esperanza!
Porque, cuando alzamos cumbres entre las personas,
tú nos invitas a la fraternidad.
Porque, cuando los corazones se endurecen,
oportunamente pones tú la mano de la dulzura.
Porque, cuando surgen escollos y odios,
invitas a mirar lo que en Dios nos une.

Gracias, Adviento, por ser río de esperanza!
Cuando corren vientos de enemistad,
la proximidad de Jesús siempre ofrece una mano.
Cuando bajan aguas de tormenta,
la paz del cielo calma toda tempestad.
Cuando se borra toda huella del infinito,
tu presencia nos hace buscar y mirar hacia la estrella.

¡Gracias, Adviento, por ser surtidor de esperanza!
Si andamos perdidos, el Señor sale a nuestro encuentro.
Si nos sentimos solos, Dios reconocerá nuestros nombres.
Si nos encontramos sin horizontes, el Señor nos empuja hacia el futuro.
Si no encontramos sentido a las cosas, el Espíritu nos ilumina con sabiduría.

¡Gracias, Adviento, por ser llamada a la esperanza!
Ya puede estar el mundo desorientado,
que tú le abrirás una ventana con respuestas.
Ya puede estar el hombre errante,
tú le conducirás hacia la meta deseada.

¡Gracias, Adviento! ¡Te esperábamos!
Andamos escasos de esperanza y llenos de problemas.
Ayúdanos a ser camino por el que venga Jesús.
Ayúdanos a vigilar el gran castillo de nuestro corazón.
Ayúdanos para allanar y acondicionar caminos torcidos.
Ayúdanos para que, con María, recibamos al Grande que será pequeño.
¡Gracias, Adviento!

P. Javier Leoz

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