Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

sábado, 25 de marzo de 2017

MARÍA, MADRE NUESTRA POR SU DOLOR AL PIE DE LA CRUZ




El segundo momento en que María nos engendró a la gracia fue cuando en el Calvario ofreció al eterno Padre, con tanto dolor la vida de su amado Hijo por nuestra salvación. 

Es entonces, asegura san Agustín, cuando habiendo cooperado con su amor para que los fieles nacieran a la vida de la gracia, se hizo igualmente con esto madre espiritual de todos nosotros, que somos miembros de nuestra cabeza, Jesús. 

Es lo mismo que significa lo que dice la Virgen de sí misma en el Cantar de los cantares: “Pusiéronme a guarda de viñas; y mi propia viña no guardé” (Ct 1, 5).
María, por salvar nuestras almas, consintió que se sacrificara la vida de su Hijo. ¿Y quién era el alma de María sino su Jesús, que era su vida y todo su amor? ,por esto le anunció el anciano Simeón que un día su bendita alma se vería traspasada de una espada muy dolorosa. “Y tu misma alma será traspasada por una espada de dolor” (Lc 2, 35). Esa espada fue la lanza que traspasó el costado de Cristo, que era el alma de María. En aquella ocasión, con sus dolores, nos dio a luz para la vida eterna, por lo que todos podemos llamarnos hijos de los dolores de María. 

Nuestra madre amorosísima estuvo siempre y del todo unida a la voluntad de Dios, por lo que –dice san Buenaventura- siendo ella el amor del eterno Padre hacia los hombres que aceptó la muerte de su Hijo por nuestra salvación, y el amor del Hijo al querer morir por nosotros para identificarse con este amor excesivo del Padre y del Hijo hacia los hombres, ella también, con todo su corazón, ofreció y consintió que su Hijo muriera para que todos nos salváramos.
 
(Las Glorias de María, san Alfonso María de Ligorio)

viernes, 24 de marzo de 2017

Un Dios a mi medida.



Debemos conocer a Dios, leer su Palabra y meditar en los Misterios de la Fe, porque muchas veces nos puede pasar que nos formamos una idea equivocada de Dios, lo pensamos a nuestra medida, y para seguir una vida cómoda nos escudamos en que Dios es bueno y misericordioso y no tendrá en cuenta ciertas fechorías que hemos hecho o que hacen los hombres.
Sin embargo éste es un engaño, porque Dios no cambia ni puede cambiar. Dios es el mismo siempre, y podemos conocer su forma de obrar si leemos las Sagradas Escrituras.
De modo que no hay que hacerse un Dios a medida, sino adaptar la propia vida a Dios, para que en el Juicio no estemos faltos de méritos y pasemos bien el “examen”.
Muchos dicen amar a Dios, amar a Jesús, pero sin embargo viven como se les da la gana, sin tener en cuenta los Mandamientos, sin cumplirlos ellos y sin enseñárselos a cumplir a los demás. Éstos tales no aman a Dios, aunque se llenen la boca diciendo que sí Lo aman, pues ya ha dicho el Señor en el Evangelio que el que verdaderamente Lo ama es aquél que cumple sus palabras, sus mandatos, es decir, los Diez Mandamientos.
Y son diez los mandamientos, no cinco, ni dos, sino diez. Y quien no cumple alguno de ellos ya no está en regla.
Por eso no hagamos un Dios a nuestra medida, sino adaptémonos y corrijamos lo que sea necesario para conformarnos a Dios, porque algunos incluso creen que en el Juicio Dios hará la “vista gorda” dejando pasar muchas cosas malas que se hicieron. Sin embargo el Señor ha dicho en su Evangelio que en el Juicio se pedirá cuenta hasta de la menor palabra ociosa.
Estamos engañados por el Maligno si creemos que Dios no nos juzgará hasta las últimas consecuencias, porque después de la muerte sólo queda el tiempo de la Justicia, y por ello debemos aprovechar el tiempo de misericordia que es mientras estamos vivos en este cuerpo mortal.
Aprovechemos ahora, que es el tiempo oportuno, para pedirle perdón al Señor, para hacer las cosas bien y, con una vida de penitencia y buenas obras, reparemos todo el mal que hemos hecho. No vayamos confiados y despreocupados al Juicio de Dios, porque quizás no nos alcanzará para evitar la condenación.

jueves, 23 de marzo de 2017

Dios me ha abandonado.

¡Cuántas veces hemos tenido que exclamar quizás: “¡Dios me ha abandonado!”, porque en el colmo del sufrimiento y la angustia, nos ha parecido que Dios nos dejó de su mano, que Él ya no se ocupaba de nosotros y de nuestras cosas!
Pero ya Jesús nos ha dicho en su Evangelio que ni siquiera un pajarito cae a tierra sin el consentimiento del Padre eterno, y que todos nuestros cabellos están contados por Dios. De esta manera el Señor nos quería indicar que Dios JAMÁS nos abandona, JAMÁS nos deja solos y a la deriva. Y si alguna vez nos sucede como le sucedió a Cristo en la Cruz, que llegó a exclamar: “Dios mío, Dios, mío, ¿por qué me has abandonado?”, es porque en el extremo del dolor nos hemos sentido desamparados y solos, y nos parecía que Dios no estaba con nosotros.
Ya la Sagrada Escritura nos dice que una madre nunca se olvida de su criatura. Y que aunque una madre llegue a olvidarse de su criatura, el Señor no se olvidará más de sus hijos.
Lo que sucede es que a veces tenemos que pasar por esa oscuridad para experimentar lo que es el Infierno, la separación de Dios, ya que de ese modo nos hacemos solidarios con los pecadores, y expiamos por ellos, para que se conviertan y se salven. También llegamos a comprender lo que sienten nuestros hermanos desesperados, porque llegamos a saborear la desesperación en este mundo, y así entendemos a quienes están en ese estado.
Dios no nos abandona, aunque a veces pueda parecernos que sí lo hace. Él tiene en cuenta el menor suspiro que exhalamos, la más pequeña lágrima que derramamos, el mínimo dolor que padecemos y cómo lo padecemos y por quién sufrimos, para darnos el premio cuando suene la hora de Dios, la hora de nuestro triunfo junto al Señor.
Así que sabiendo de antemano estas cosas, hagamos el propósito, en adelante, de no dudar ya de que Dios vela por nosotros, vela por quienes amamos, y por todas sus criaturas.
Recordemos también que el dolor es redentor, y que quien no quiere sufrir, es como quien se niega a alimentarse y a crecer espiritualmente, pues las gracias se obtienen mediante el sufrimiento, el padecimiento, y si no queremos sufrir, entonces quedaremos raquíticos en la vida del alma, y no aprenderemos la ciencia de la vida, la sabiduría de la santidad. No otro camino eligieron Jesús, María y los Santos, sino el camino regio del sufrimiento. Así que si debemos pasar por algunas pruebas, incluso por grandes pruebas, no nos descorazonemos que Dios ve, nos ayuda para que las superemos con valentía, y el premio que nos espera es de tal envergadura que no podremos creerlo cuando nos lo otorgue Dios, una parte en este mundo, y el resto en el Cielo, donde gozaremos ya para siempre de la Felicidad con mayúscula prometida a quienes han pasado en la tierra por la gran tribulación de la vida.
¡Ánimo y adelante! que, como dice el Apóstol: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”, y si Dios dejara de pensar en nosotros aunque sea un solo instante, volveríamos a la nada. De modo que si seguimos viviendo, continuamos existiendo, es porque Dios nos sostiene en la existencia por amor. Confiemos en Él entonces, y sin miedo, vayamos por la conquista del Premio.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Estar alegres.



Si queremos estar alegres tenemos que ser amigos del Espíritu Santo, pues Él es la fuente de la alegría.
Si somos amigos del Espíritu Santo entonces viviremos siempre alegres a pesar de las pruebas y contrariedades de la vida, porque el Espíritu de Dios nos asegura que estamos salvados, que hemos sido rescatados del Mal, y que nos espera el Cielo bendito para siempre.
Muchas veces la causa de nuestra tristeza es que nos olvidamos de pensar en el Cielo, que es nuestra Patria definitiva, y así como que quedamos atrapados en esta cárcel de la tierra, olvidándonos que no es este mundo nuestro lugar definitivo, sino el Paraíso.
También los discípulos necesitaron de la Transfiguración del Señor para enfrentar las penalidades de la vida, y por eso Jesús se manifestó delante de ellos como Luz y Alegría, de modo que el mismo San Pedro quería quedarse siempre en ese lugar y en ese estado.
Nosotros podemos vivir alegres y felices porque Dios nos ha redimido, y ahora tenemos esperanza de Cielo, de modo que sabemos por la fe que todo lo de aquí abajo es pasajero, y contemplando el fin al que estamos llamados, que es el gozo eterno, se nos hace llevadero y agradable el camino.
Vayamos al encuentro del Espíritu Santo donde Él se manifieste, tanto en los sacramentos, como en las misas de sanación y liberación, yendo al sagrario, donde está Jesús Sacramentado junto al Espíritu de Dios. Si hacemos así, entonces el Espíritu divino nos colmará con sus sagrados dones, cuyos frutos son la paz y la alegría.
No busquemos la alegría fuera de Dios, porque el secreto de vivir siempre alegres es tener a Dios en el alma, y darnos cuenta de que Le tenemos con nosotros, pues ya Santa Teresa ha dicho que quien tiene a Dios, lo tiene todo.
Al ver tantos males en el mundo no nos dejemos entristecer, porque Dios gobierna el mundo, y el triunfo final será del Bien y la Verdad. Si Dios permite algo es porque tiene sus razones altísimas que comprenderemos con el tiempo o en la eternidad, pero no nos dejemos descorazonar por las cosas que pasan, sino invoquemos al Espíritu Santo y vivamos en el Paraíso ya desde la tierra, pues el Apóstol dice que debemos vivir como hombres nuevos, como resucitados, muertos para el mundo y vivos para Dios.

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