Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

jueves, 21 de septiembre de 2017

Oración de Sanación

 Mi Señor, te alabo en este día en el cual me invitas a la conversión profunda del corazón y a luchar para vencer todas mis preocupaciones.

Quiero sentirme protegido por Ti, que te pertenezco y que nada puedo hacer sin tu amor que me motiva a dar la batalla por alcanzar los bienes del Cielo.

Sé que contigo podré enfrentar toda adversidad y circunstancia que no pueda controlar, porque Tú me vas guiando con tu mano poderosa.

Ven Señor, quiero vivir en el ardiente fuego de tu sagrado corazón para que mi espíritu se llene de una paz cincelada bajo el pincel de tus bendiciones.

Quiero encontrar en Ti esa alianza perpetua de amor que me impulsa a renovar mis fuerzas para quitar esos obstáculos que no me dejan crecer.

Dame de tu paz y serenidad para poder vivir mi conversión de la mejor manera posible y reflexionar sobre mis acciones pasadas.

Ayúdame a sentirme protegido, amado y seguro. Pongo en tus manos las incertidumbres de mi vida confiado es que sabrás darme dirección.

Gracias por cuidarme, por darme esta nueva oportunidad de hacer mejor las cosas y por la fuerza que me das para seguir luchando. Amén

Píldoras de Fe

martes, 19 de septiembre de 2017

Oración de sanación



Señor, Tú me has mostrado lo que es el amor y me haces sentir tranquilo en la adversidad. Reconozco tu inmenso poder y te hago el Rey de mi vida.

Rompe con ese muro de indiferencia en la que mi alma se encuentra y que mantiene a mi espíritu desolado, lleno de angustias, robándome la alegría.

Dios de Luz, Tú lo sabes todo de mí, hasta las miserias que han recorrido mi carne y han dejado todos mis sentidos atados a la desesperación y el dolor.

Sana mi corazón de esas cosas que hacen que parezca un hombre muerto caminando. Sólo tu gracia y tu poder puede fortalecerme y levantarme

Ten misericordia de mí, pobre pecador. Acudo al amor de tu Santa Madre, para que me construya peldaños de gracia y me ayude a salir victorioso.

Desde ya siento el poder de tu amor me hace criatura nueva, me da esperanzas y alegría a mi corazón que se encontraba sepultado en el dolor.

Oh mi Dios, acudo a tu bondad para que me lleves al descanso de tus abrazos, a la paz de tus consuelos. Restaurarme con el poder de tu amor.

Ven y sé mi luz, ven y sé mi aliento de vida nueva, siembra en mi corazón la ganas de luchar y triunfar ahora y siempre por los siglos de los siglos. 

Amén.

Pildoras de Fe

SOLO UN DIOS PODRÍA SER DIGNO DE RECIBIR A UN DIOS



¡Oh, cuánto se complace Jesucristo en estar unido con nuestra alma! Él mismo lo dijo cierto día, después de la sagrada comunión, a su querida sierva Margarita de Iprés: «Mira, hija mía, la hermosa unión que entre nosotros existe; ámame, en adelante permanezcamos siempre unidos en el amor y no nos separemos ya más». Siendo esto así, habíamos de confesar que el alma no puede hacer ni pensar cosa más grata a Jesucristo como hospedar en su corazón, con las debidas disposiciones, a huésped de tanta majestad, porque de esta manera se une a Jesucristo, que tal es el deseo de tan enamorado Señor. He dicho que hay que recibir a Jesús no con las disposiciones dignas, sino con las requeridas, porque, si fuese menester ser digno de este sacramento, ¿quién jamás pudiera comulgar? Sólo un Dios podría ser digno de recibir a un Dios.

(San Alfonso María de Ligorio)

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lunes, 18 de septiembre de 2017

MARÍA AYUDA A LAS ALMAS DEL PURGATORIO



Hoy he visto algo muy consolador: La Santísima Virgen María recorre el mundo y Llama a todas las puertas, a todos los corazones de todos sus hijos; a veces, es bien recibida, y se le da alguna cosa: flores, cirios, lágrimas, oraciones; a veces —también, por desgracia muy a menudo— no se la quiere recibir, o estamos dormidos cuando ella, discreta y silenciosamente llama a nuestra puerta… 
 

Ella nos tiende las manos, abre su Corazón, que desborda con mil dones de Amor hacia nosotros y que recibe también, todo lo que nosotros le damos, su corazón también es herido, a menudo, por nuestras faltas y debilidades.
He visto a la Santísima Virgen caminar también reuniendo en su Corazón Inmaculado todos nuestros dones y ofrendas. Luego se presenta ante el Trono de la Trinidad Divina y muestra su Corazón, lleno de lo que nosotros hemos dado, entonces Jesús lo recibe, pero guarda una gran parte en el Corazón de María; 

Él sólo derrama sangre y agua que brotan de su Divino Corazón. María se va entonces, con el corazón lleno de los dones Divinos de agua y de sangre, hacia el Purgatorio, sobre el que ella abre su Corazón maternal; el agua y la sangre que ha depositado Jesús, se desbordan como en una lluvia bienhechora, María añade sus lágrimas y su Amor; y las Almas reciben inmensos alivios. 

Después, la Santísima Virgen abandona el Purgatorio y su Corazón está lleno del agradecimiento y de la Oración de las Almas que sufren, que ella presenta a Jesús; Él las recibe y las intercambia por agua y sangre. 

Entonces, la Santísima Virgen vuelve a la tierra, hacia la Iglesia militante que somos nosotros, y derrama el agua y la sangre. Luego recorre la superficie terrestre para recoger Oraciones, sufragios y buenas obras, y presentarlas a su Divino Hijo y convertirlos en consuelos y gracias para las benditas Almas del Purgatorio… 

(Extraído del libro: El purgatorio, una revelación particular)


domingo, 17 de septiembre de 2017

Muerte santa después de una vida desacertada



Una Casa de religiosos de la Compañía de Jesús... Llaman telefónicamente desde la Prisión Militar en la noche del 5 de diciembre de... hace pocos años. 

–Padre, ¿podrá usted acudir?
–¿Es urgente?
–Sí, Padre. Venga en seguida... 

Llego a la prisión. Un oficial de la guardia exterior me acompaña hasta una habitación poco iluminada. Entro, y veo al sentenciado, que aparece abatido y hunde el rostro en el pecho. Levanta tristemente la mirada hacia mí y hace un gesto significativo de que no le soy grato. 

Le saludo; corresponde fríamente y exclama: “No necesito sus servicios”.
–¿Quiere que le acompañe en esta hora difícil?
–No, gracias; déjeme en paz. No me amargue lo poco que me queda de vida.
–¿De dónde es usted?
–De Zaragoza.
–¿Tiene usted familia en la ciudad?
–Sí, señor.
–¿Puedo servirle a usted para transmitir sus últimos deseos?
–He dicho a usted que me deje tranquilo. ¡Váyase!
–¿No necesita nada?
–Por medio de usted, no.
–Yo quisiera ayudarle en este amargo trance, con la esperanza de una vida que no muere...
–¡Déjese de cuentos! 

Hubo una breve pausa. 

–¿Tiene usted madre?
–Sí, señor.
–¿Quiere usted algún recuerdo especial para ella?
–¡Bastante pena ha de tener cuando sepa mi muerte!...
Quedó pensativo. El tiempo avanzaba.
–Faltan unos minutos –le digo–. Vamos a ganar el cielo... Pidámoselo a Dios... ¿Sabe usted alguna oración?... ¿El Padrenuestro?
–No, señor. Jamás me preocupé de eso.
–No importa. Podemos decirlo ahora los dos juntos.
–¡No insista! Quiero que me deje en paz ya.
–Ánimo, amigo mío. En un minuto nada más ganamos el cielo... ¿No sabe usted rezar nada? ¿No le enseñó su buena madre ni siquiera el Avemaría?...
Aquel hombre, hasta entonces abatido y hosco, levanta su cabeza, me mira de frente, desfrunce el ceño y, en tono natural y casi amistoso, me dice:
–El Avemaría, sí...
–¿Ah, sí? –exclamo ansioso, vislumbrando el faro de salvación.
–Mire usted: tenía yo unos catorce años, y hasta esa fecha había vivido con mi madre, que es muy buena. Pero deseoso de libertad, y empujado por mis amistades, quise apartarme de la autoridad de mi madre y correr por el mundo. Y decidí marcharme de casa... Al decírselo a mi madre le causé un gran dolor, y el día de la partida echó, llorando, sus brazos a mi cuello; me llenó de besos la cara, y me dijo: “Hijo mío, puesto que no desistes de tu idea y te vas, te voy a pedir el último favor: quiero que me hagas una promesa. ¿Serías capaz de negársela a tu madre?”.
–No, madre; dime qué es lo que quieres (y para apresurar la despedida, añadí): Te juro que cumpliré la promesa.
–Pues lo que te pido, hijo mío, es que me prometas rezar a la Virgen todos los días tres Avemarías.
–Te lo prometo, dije. Y me fui... 
 
Otro corto silencio. Luego continuó: 

–He viajado mucho. Mi vida fue azarosa... No obstante, Padre, he cumplido todos los días la promesa que hice a mi madre.
–¿Es posible? –le pregunté, conmovido.
–Sí, señor; ayer, en la cárcel, y esta misma noche, recé las tres Avemarías.
Y transformado por este bendito recuerdo mi interlocutor, y animado el acento de su voz, a la vez que asomaba a su rostro una leve sonrisa, agregó:
–Padre, yo no sé qué íntimo alborozo siento en estos instantes... Yo noto algo tan extraño en mi interior, que pienso que la Virgen me quiere salvar... ¡Padre, ayúdeme; confiéseme!...
Unas lágrimas brotan de sus ojos... Y de sus labios van saliendo estas palabras: “Creo en Dios...”. “Pésame, Señor, de haberos ofendido...”.
–¿Quiere usted recibir la Sagrada Comunión por Viático?
–Pero, ¿podré, Padre?... 
 
Sobre mis rodillas extendí el corporal, saqué la cajita–copón... Lloraba él, y yo no podía contener mi emoción.
Ecce Agnus Dei... “He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo...”. Y le dije:

–Diga usted conmigo: “Señor, no soy digno de que entréis en mi pobre morada...”. Y terminé diciendo: “El Viático del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo te defienda del maligno enemigo y te lleve a la vida eterna. Amén.”
Sobre los corporales cayeron lágrimas del penitente; y los centinelas se estremecieron ante la escena...
La llegada de un refuerzo de la guardia nos advirtió lo inminente del terrible desenlace.
Rogué a mi confesado que dijese: Señor y Dios mío, acepto con ánimo conforme la muerte que me enviéis, con todas sus penas y dolores.”
Dicho esto se puso en pie y, levantando la cabeza, dijo: “Padre, vamos; ya estoy dispuesto...”
Y comenzamos a caminar hacia el lugar de la ejecución.
Seguidamente me tomó el crucifijo, y ante el mismo me hizo las últimas confidencias y encargos:
–Padre, escriba a mi esposa diciendo que me despido de ella, pidiéndole con toda mi alma que me perdone lo mucho que la hice sufrir en la vida... A mis hijos, que son aún pequeños, incúlqueles que no sean como el padre, que no sigan sus ejemplos; que sean fieles cristianos y buenos siempre con su madre, sin abandonarla nunca... Y, por último, Padre –estábamos llegando al sitio en que la sentencia había de ser ejecutada–, me ha dicho usted si quiero algo para mi madre. ¡Sí, desde luego! A mi buenísima madre no deje de decirle que le agradezco inmensamente que me hubiera hecho prometerle, al separarme de su lado, rezar a la Virgen todos los días las tres Avemarías; y que ahora su hijo muere con el íntimo consuelo de sentir que la Virgen le salva y lleva al cielo.
–Le prometo hacer cuanto me ha encomendado... Y bese el crucifijo y diga: “Jesús, ten misericordia de mí”... “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”... “María, Madre mía, sálvame”...
Se oyeron unos disparos de fusil...; se desplomó su cuerpo, y... el manto de la Madre celestial lo cobijó... Eran las primeras horas del día 6 de diciembre, antevíspera de la Inmaculada.


“El trabajo, un signo del amor de Dios”







Lo que he enseñado siempre –desde hace cuarenta años– es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios, operatio Dei, opus Dei.

Al recordar a los cristianos las palabras maravillosas del Génesis –que Dios creó al hombre para que trabajara–, nos hemos fijado en el ejemplo de Cristo, que pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea. Amamos ese trabajo humano que El abrazó como condición de vida, cultivó y santificó. Vemos en el trabajo –en la noble fatiga creadora de los hombres– no sólo uno de los más altos valores humanos, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres, sino también un signo del amor de Dios a sus criaturas y del amor de los hombres entre sí y a Dios: un medio de perfección, un camino de santidad (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 10).
www.opusdei.es

 

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