Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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miércoles, 6 de agosto de 2014

Vivir como Dios manda





La verdadera riqueza la encontramos cuando somos felices y sabemos disfrutar con lo que somos y tenemos.
Muchas veces se pretende conseguir la felicidad a base de una carrera de ascensos, de un excesivo trabajo para acumular dinero, de obtener títulos para ser respetado. No se vive el presente por enfocar todas las energías hacia un futuro de ensueños que nunca llega.

El ser humano ha nacido para vivir eternamente, pero se constata, por desgracia, que a muchos la vida se les va como en un suspiro.
La vida y la muerte son eternas compañeras; aprendemos a vivir y a morir un poco desde el día que nacemos.

La persona puede vegetar o vivir. Decimos que vegetamos cuando solamente nos preocupamos de comer, trabajar, dormir...
El ser humano es algo más: tiene entendimiento, puede pensar y, sobre todo, puede hacer el bien, amar. A cualquier edad se puede aprender a vivir con otra mirada, con otros valores. Para ello, antes de nada, es necesario ser conscientes de la realidad que se vive.

Es urgente que los padres enseñen a los hijos que la vida es algo más que el aire que respiramos, que la sangre que late en nuestro cuerpo.
El niño necesita encontrar la vida plena, la verdadera, abrir su mente y su corazón al Dios de la vida para convivir en armonía con la naturaleza, las cosas y las personas. Por desgracia no son muchos los maestros que enseñan a vivir bien.

Las personas, por otra parte, acumulan recuerdos, sentimientos, estados de ánimo, temores, rencores, formas de convivencia agresivas que entorpecen la comunión y la participación comunitaria.

Hemos de aprender a vivir. Lo cotidiano es el escenario obligado. Para ello es importante saber manejar las emociones agradables o desagradables, disminuyendo éstas y aumentando las otras. El resultado será la paz, la alegría, la serenidad, la jovialidad.

“El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21), al alcance de cada uno. Es el tesoro escondido, la fuente de la felicidad.

P. Eusebio Gómez Navarro OCD

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