Nadie
nunca podrá explicar la sensación de llorar en la presencia del
Santísimo Sacramento y sentir el alivio que eso causó en tu alma. Es un
misterio que va más allá de las palabras, porque en ese momento no es
solo tu corazón el que se desahoga, sino tu espíritu entero el que se
rinde ante la misericordia infinita de Dios.
Ante
la Eucaristía, Jesús te mira con amor, conoce tus heridas más profundas
y las acaricia con Su presencia viva. No hace falta decir nada; Él
entiende cada lágrima, cada suspiro y cada miedo escondido en tu
interior. Es el abrazo invisible pero real que consuela y renueva, la
certeza de que no estás solo y que, pase lo que pase, Su amor nunca te
abandona.
Es ahí, de rodillas,
donde descubres que el verdadero descanso del alma no está en la
ausencia de problemas, sino en la certeza de que Dios te sostiene. Y ese
alivio, ese regalo de paz divina, es algo que solo se puede vivir, no
explicar.
Fuente: FMDMorales
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