Un hombre atrapado en la oscuridad de una vida llena de sexo, vanidad y vicios
Se convirtió en uno de los santos, teólogos y filósofos más importantes de la historia
Esta es la historia de San Agustín.
Nació en Tagaste, África, en 354.
Hijo de una madre cristiana, Santa Mónica, y un padre pagano.
Su vida comenzó marcada por un conflicto interno: la gracia de su madre, y las sombras de un mundo sin Cristo.
Un niño brillante, pero perdido
Años después, escribiría: “Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva.”
Agustín era una mente privilegiada, pero un alma hambrienta de sentido.
Su juventud estuvo marcada por la búsqueda del placer:
• Sexo
• Vicios
• Búsqueda de fama
• Ideologías vacías
Podía encontrar en el mundo lo que su alma anhelaba?
Su vida fue un ciclo de vacíos.
Cada satisfacción solo le mostraba cuán profundo era su abismo.
“El alma está hecha para Ti, Señor, y nunca estará tranquila hasta que repose en Ti.”
Fue un hombre altamente educado.
Antes de su conversión, estudió retórica y filosofía, lo que le permitió llegar a ser un gran pensador.
Fue muy influenciado por las ideas de los maniqueos y los neoplatónicos antes de encontrar la verdad en el cristianismo.
Esta educación le permitió escribir textos que definieron la teología cristiana.
La verdadera conversión de Agustín comenzó cuando escuchó un niño decir:
— “Toma y lee.”
Abrió las Escrituras, y las palabras de San Pablo lo alcanzaron en su miseria:
“Andemos como de día, honestamente, no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia. Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.”
(Romanos 13,13-14)
La luz lo cegó, y por primera vez, comprendió que solo la gracia podía liberarlo.
Pero su conversión no fue instantánea.
Aún luchaba con la carne. Aún buscaba respuestas fuera de él mismo.
Se debatía entre el deseo y la razón.
Entre la vida que había conocido y la nueva vida que le era ofrecida.
Con una voluntad que parecía débil, clamaba a Dios: “Dame castidad, pero no todavía.”
San Agustín luchó con su orgullo, sus deseos, y su intelecto
Como muchos de nosotros, se enfrentó al miedo de perderse a sí mismo en la voluntad de Dios
La gracia, sin embargo, no lo dejaba ir. Dios lo despojó de su soberbia, de su vana autocomplacencia.
“Porque Tú nos has hecho para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”
Finalmente, Agustín se entregó.
Dejó atrás su vida de dudas, de juicios, de autodefiniciones
Se entregó a Cristo y, a partir de ese momento, comenzó a ver el mundo a través de los ojos de la fe.
Como un hombre caído, levantado por la misericordia divina
Se dedicó a predicar, a enseñar, a escribir. Y su alma encontró su descanso.
Después de su conversión, Agustín se dedicó a predicar y enseñar el Evangelio.
Se convirtió en sacerdote en 391 y fue nombrado obispo de Hipona en 396, donde ejerció un liderazgo significativo y guio a la comunidad cristiana de esa región durante varios años
Fue llamado a ser un defensor de la fe.
Su obra más importante, La Ciudad de Dios, dejó un legado eterno, y cambió el curso de la teología cristiana
De la batalla interior que vivió, nació un pensamiento profundo sobre la humanidad, la gracia, el pecado, y la salvación
El hombre que había sido esclavo de sus deseos, ahora proclamaba la libertad del Evangelio.
Aunque ya convertido, Agustín siguió luchando.
Luchaba contra las herejías, contra las falsas creencias que distorsionaban la verdad.
Luchaba contra las tentaciones que no lo dejaban vivir en paz.
Él sabía, como pocos, que el cristiano no es aquel que no cae, sino el que se levanta con la gracia de Dios.
Hoy, sus escritos siguen iluminando el camino de aquellos que buscan la verdad.
San Agustín fue un hombre que vivió el tormento de la duda, la desesperación, pero que encontró la paz en la gracia.
Su vida nos recuerda que, a pesar de nuestras luchas y caídas, siempre hay esperanza.
La gracia de Dios puede transformar incluso las almas más perdidas
Te dejo uno de mis poemas favoritos, que, por supuesto, es de San Agustín.
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,
y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,
me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti, no existirían.
Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.”
Obviamente, hay mucho más de su vida que no puedo poner en un solo hilo
Te invito a que leas más sobre su vida y sus obras, sobre todo “Confesiones” y “La Ciudad de Dios”
Fuente: Enrique Valtierra
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar tu comentario, me alegra el alma