Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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viernes, 4 de noviembre de 2016

Tu dulce mirada Jesús, lo cambia todo.






Trato  de llamar tu atención Señor, y no lo consigo. Es como si te hubieses olvidado de mí.  Hago de todo como esos niños a los que les da una rabieta y aún así no me miras. No me escuchas.

Qué terrible es tu ausencia Señor.

De pronto respondes: “Yo siempre estoy contigo. Eres tú quien no me ve ni escucha mi voz. Te has distraído con las cosas del mundo. Y no me percibes.”

“No me gustan las noches oscuras Señor. Andar a ciegas. Sentir que no te tengo en mi vida, que te he perdido”.

He pensado: “Cuántas veces con nuestros pecados golpeamos los clavos que atraviesan tus manos. Y Tú, en silencio nos miras, con esa dulce mirada de amor”.

Una mirada que perdona, es compasiva y lo cambia todo.

“¿Qué habrá sentido Pedro cuando lo miraste?”

“Pasada como una hora, otro aseguraba: “Cierto que éste también estaba con él, pues además es galileo.” Le dijo Pedro: “¡Hombre, no sé de qué hablas!” Y en aquel momento, estando aun hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: “Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.” (Lc 22, 59 -61)

¿Qué le dijiste Jesús con esa mirada? El mundo le habrá caído encima a Pedro. ¿Acaso comprendió su grave pecado?

Sabemos esto:

“Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente”. (Lc 22, 62)

Yo también la he sentido en muchas ocasiones… Tu mirada Jesús.  La mirada de quien ama desde una eternidad y no es correspondido.

He visto el dolor que te causamos cuando tanto amor no es correspondido.
Qué equivocados estamos.  Lo lamento tanto Señor. 

Sufres por nosotros. Y nos miras siempre con esa mirada de compasión y amor.

No te basta el sacrificio de tu vida. Nunca es suficiente para ti. Lo das todo por nosotros.

Perdóname buen Jesús. Ahora sé que soy yo el que se ha alejado de ti. 

Como el padre amoroso del hijo pródigo cada tarde sales a mi encuentro, con la ilusión de verme regresar.

Quiero quedarme a Tu lado ¿Qué debo hacer Señor?

De pronto, en el fondo del alma, escucho unas  palabras conocidas, que me golpean muy hondo y me abren los ojos a mis errores.

“Ama… A todos”.


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