Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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viernes, 12 de febrero de 2016

Con la paz en mi corazón



La paz que traigo ahora en mi pecho es diferente a la paz que soñé un día. Cuando se es joven e inmaduro, se cree que tener paz es poder hacer lo que se quiere, quedarse en silencio y jamás enfrentar una contradicción o una decepción.

El tiempo nos va mostrando que la paz es el resultado del entendimiento de algunas lecciones importantes que la vida nos ofrece.

La paz está en el dinamismo de la vida, en el trabajo, en la esperanza, en la confianza, en la fe.

Tener paz es tener la conciencia tranquila, es tener la certeza de que se hizo lo mejor o, por lo menos, que se lo intentó.
Tener paz es asumir responsabilidades y cumplirlas, es tener serenidad en los momentos difíciles de la vida.

Tener paz es tener oídos que oigan, ojos que vean y boca que digan palabras que construyan.
Tener paz es tener un corazón que ama, es admitir la propia imperfección, es reconocer los miedos, las flaquezas, las carencias.

Tener paz es respetar las opiniones contrarias, y evitar las ofensas, es aprender de los propios errores, tener el valor de llorar o de sonreír cuando sea necesario.
Es tener fuerzas para volver atrás, pedir perdón, rehacer el camino, agradecer.

La paz que ahora traigo en mi pecho es la tranquilidad de aceptar a los otros como son, y estar dispuestos a cambiar las propias imperfecciones.
Es la voluntad de compartir lo poco que tengo. Mejorar lo que está a mi alcance, aceptar lo que no puede ser cambiado, y tener lucidez para distinguir una cosa de otra. Es admitir que no siempre tengo la razón.

Tener paz es, por sobre todo, buscar la vida eterna, el Reino de Dios, viviendo con el corazón puesto en Él: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro  corazón está inquieto –no estará en paz–  hasta que descanse en ti”. (San Agustín)


 

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