Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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miércoles, 3 de junio de 2015

Pero, ¡viva Dios!,


3 de Junio
 
Mi alma se encuentra desde hace tiempo sumergida día y noche en la más profunda noche del espíritu. Las tinieblas espirituales me duran larguísimas horas de larguísimos días y con frecuencia semanas enteras. […].
Cuando se está en el colmo de este martirio, me parece que el alma está allí buscando consuelo en el pensamiento de que, al fin, debe sucumbir necesariamente bajo el peso de tales dolores, porque resulta imposible soportarlos por más tiempo.
Pero, ¡viva Dios!, porque el pensamiento de la inmortalidad, que resiste al mismo infierno, se presenta súbitamente a esta alma turbada, que está para perderse; entonces ella se da cuenta de que continúa dando forma a un cuerpo vivo y, cuando está para pedir auxilio, de repente se siente ahogada por su propio grito…; y aquí mi lengua enmudece y no puedo decir lo que está sucediendo en mí.
Son, en verdad, cosas nuevas, y no hay lenguaje que pueda describirlas. Y sólo digo que aquí se está exactamente en el colmo de los dolores, y no sé si agrado o no al Señor. En cuanto a mí, busco amarlo, lo deseo; pero, en esta noche de oscurísimas tinieblas, mi espíritu ciego va errante a la aventura, mi corazón está seco, las fuerzas se han abatido, los sentimientos extenuados.
Yo me voy debatiendo en las tinieblas; suspiro, lloro, me lamento, pero es todo en vano; hasta que, abatida por el dolor y privada de fuerzas, la pobre alma se somete al Señor diciendo: «Oh dulcísimo Jesús, no se haga mi voluntad sino la tuya».

(Fin de enero de 1916, al P. Agustín de San Marco in Lamis – Ep. I, p. 722)


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