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lunes, 22 de junio de 2015

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme


 
No dejes, nunca, de mirarme,  Señor
porque, donde Tú miras, sé que se encuentra
el pozo de la felicidad.
¿Qué tiene tu mirada, Señor?
¿Por qué, hundiéndose tus ojos en el suelo,
no dejas de poseer tu corazón en el cielo?

No dejes, nunca, de mirarme,  Señor,
porque, de la manera en que Tú miras,
uno se encuentra con la paz sin fisuras,
con la sabiduría que viene del cielo,
con la serenidad que necesita nuestra existencia.

¿Por qué me miras, así, Señor?
Indigno soy de tu mirada, Señor.
Me propones caminos de vida,
y elijo los que conducen a la muerte.
Me susurras palabras de aliento,
y me disipo en el ruido.
Me acaricias con mano de amigo,
y mendigo aquellas que no me ofrecen nada.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.
Porque, el camino, cuando Tú marchas delante,
es menos árido y menos complicado.
Porque, la senda, cuando es iluminada
por tu presencia,
se convierte en vida y  esperanza,
ilusión y agradecimiento.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.
Para que mi corazón, junto al tuyo siempre,
se agite con movimiento ascendente, hacia el cielo,
y en ritmo descendente, hacia la tierra.

¿Por qué me miras, así, Señor?
¿Qué tengo yo de noble para que tus ojos
se detengan en mí?
¿Qué has encontrado en mi vida
para que, por un sólo instante,
sea yo merecedor de tanto amor y de tanta gracia?
No me importa, Señor;
Aquí tienes mi fragilidad y  mi angustia,
mis temores y mi cobardía,
mi dureza y mis egoísmos,
mis luchas y mis contradicciones,
mis flaquezas y mis caídas.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.
Porque, cuando Tú miras,
sé que el futuro ya no será tan incierto,
ni tan difícil soportarlo.
Sé que el presente estará más lleno
de plenitud y de luz.
Sé que el pasado, ya no contará
por los errores cometidos.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.
Y, cuando me mires,
déjame, siquiera un segundo,
acercarme a tu corazón y,
luego, seguir adelante.
Amén.

P. Javier Leoz

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