Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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viernes, 19 de junio de 2015

La santidad


Tiempo perdido.
 
El tiempo que Dios nos ha concedido para que vivamos en este cuerpo mortal, en esta tierra de exilio, no es para que lo pasemos bien en medio de placeres, incluso prohibidos, sino para que lo usemos para hacernos santos, para ser buenos, para hacer obras de misericordia y caridad, y así alcanzar la perfección que una criatura puede alcanzar en este mundo.

Todo el tiempo que no es aprovechado para trabajar en la santificación propia y ajena, es tiempo perdido, es un derroche de tiempo y de fuerzas, porque la única finalidad de que Dios nos haya colocado en este mundo es que nos hagamos santos y así merecer el Paraíso.

La santidad es la cosa más útil que hay, sobrenaturalmente hablando, porque un santo hace mucho bien materialmente y, sobre todo espiritualmente, y sin que él se percate en lo más mínimo de ese bien realizado, porque por la Comunión de los Santos, las almas que adelantan en perfección, ayudan mucho al Cuerpo Místico de la Iglesia a progresar en todo.

Por supuesto que el mundo tiene en poca cosa la santidad, y suele admirar sólo a los santos que han sobresalido en la ayuda a los pobres y en obras de beneficencia; pero eso lo piensa el mundo, que no debemos olvidar que es enemigo del cristiano, y a este mundo no le interesan los santos, ni hace caso de sus máximas. Nosotros tenemos que combatir al mundo y no aceptar sus máximas, porque son completamente opuestas a las enseñanzas del Evangelio.
No podemos agradar al mundo y agradar a Dios al mismo tiempo, tenemos que elegir. Y la santidad es elegir agradar a Dios por sobre todas las cosas, personas y situaciones.

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