Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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domingo, 24 de marzo de 2013

Domingo de Ramos.




Y llegó el momento. En la Misa del Domingo de Ramos (comienzo de la semana santa) recordamos la entrada "triunfal" de Cristo-Rey en la Ciudad Santa, Jerusalén, pocos días antes de su Pasión. La cruz espera recibir al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. 

Jesús es el Rey salvador y humilde que ha venido para servir y dar su vida por el mundo. Es obediente al Padre hasta el final. ¿Cómo podemos nosotros ser obedientes a la Palabra de Dios? El pueblo aclama al Señor como Rey: "¡Hosanna al Hijo de David!" El Viernes Santo será alzado en el trono de la cruz, después de confirmar ante Pilatos el misterio de su Reino, un reino de paz, de amor, de salvación. 

Jesús, ¿cómo pueden los hombres cambiar tan rápido de parecer? El Domingo te aclaman gozosos como el Mesías esperado, el Rey de reyes, y cinco días después piden la libertad de un asesino, Barrabás, y que seas tú el crucificado. Tú, el Rey de los pobres, el Rey de los humildes, tú que llegas a Jerusalén no en un caballo ni al son de trompetas, sino montado sobre un asno, como fue anunciado siglos atrás por el profeta Zacarías (Za 9,9). 

Jesús nació pobre en un pesebre y vivió humildemente. Así fue la llegada de Dios al mundo, misterio que confunde a los soberbios y que da esperanza a los sencillos. Ahora Cristo llega a Jerusalén en un asno, donde permitirá ser despojado hasta de sus vestidos y ser colocado en la fría piedra de un sepulcro.

El Rey de reyes ha convertido la cruz no en instrumento pesado, de suplicio, sino en instrumento de salvación, trono real de los cristianos. "¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!" (Lc 19,38), dicen las gentes. Debieron ser muchos aquel día en Jerusalén. Pero más somos los que en la Santa Misa cantamos el himno de su gloria: "Sanctus , bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo". 

Nos unimos a los coros de los ángeles, a todos los hombres de buen corazón que adoran a Dios humilde, a Cristo que entra presuroso en la Ciudad Eterna deseando consumar el sacrificio redentor para que sus hijos tengan la vida eterna.

Señor, que siempre sepamos reconocerte como el Rey de nuestras vidas.

Dios nos siga bendiciendo.



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