Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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martes, 24 de enero de 2017

Testimonio...


Conozco un testimonio que me sacudió profundamente. Lo cuenta un sacerdote: Un pobre anciano estaba agonizando. Sus familiares estaban sufriendo, pues sabían que su ser querido se marchaba. Llamaron al sacerdote para que le diera la unción de enfermos y que les acompañara en aquellos momentos de duelo. 

Así sucedió. Pero el sacerdote se percató de que nadie oraba, sólo lloraban. Entonces dijo: "Mirad, aunque externamente estáis viéndolo sufrir, os aseguro que si fue buen cristiano y practicó las virtudes, Jesús lo debe estar consolando. Él debe estar gozando. Nosotros, recemos".

El sacerdote (y todos los presentes) fueron testigos oculares de lo que ocurrió: el anciano, que estaba agonizando se incorporó, se sentó en la cama y dijo: "Lo que dice el Padre es verdad. No os imagináis la belleza de Jesús que está aquí, consolándome. No os imagináis lo que es el cielo. Vale la pena luchar. Amad a Dios". Todos los presentes estallaron en llanto. Entonces volvió a caer en el lecho, en la etapa final de la agonía, como para terminar de morir.

Entonces el sacerdote pensó para sí: "Virgen María, si fue Jesús quien mandó al anciano te ruego que lo vuelva a hacer después de la palabras que voy a decir...". Y dijo: "¡Ah! Y la Virgen también está aquí porque él rezaba el rosario y tiene una promesa de asistencia en el momento de la muerte". El anciano, por segunda vez se incorporó y dijo: "Lo que dice el Padre es verdad. La Virgen está aquí consolándome". Tomó la mano del sacerdote, la besó y dijo: "Valorad al sacerdote, no conocéis su valor. Él perdona los pecados en Nombre de Jesús". 

El sacerdote lo consoló, le pidió que le dijera a Jesús y María que los amaban. En ese instante el anciano falleció. Todos los presentes quedaron tan impresionados que querían confesarse. Es una anécdota real, contada por un sacerdote. Es una gracia de la misericordia de Dios.

¡Ni el ojo vio ni el oído oyó...! Prefiero el Paraíso.

Alejandro María

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