Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

domingo, 5 de marzo de 2023

El Evangelio de hoy nos narra la Transfiguración.

 Feliz Día del Señor.

"¿Cómo era la mirada de Jesús? A Jesús no sólo no hay que perderle de vista (Hb 12, 1-2), sino que tampoco hay que perder de vista su mirada ni su punto de mira, el corazón. 

Los evangelios conservan diferentes «miradas» de Jesús; si los ojos son el reflejo del alma, a través de ellas podremos llegar a conocer los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,6), para interiorizarlos y hacerlos propios. Y todos necesitamos ese cruce de miradas clarificador, pues en la mirada de Cristo se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces más profundas del ser.

Contemplar la mirada de Jesús nos servirá, también, para aprender a mirar cristianamente la realidad."



Cuadro: Busto de Cristo. (El Greco).

MISLopez 

SEXTO DOMINGO DE SAN JOSÉ


DOLOR:
_El se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá._ (Mt 2, 21-22).
Y porque Dios sabe bien dónde planta sus cruces, cuáles son los corazones que Lo aman y las aman, te ofreció, ¡oh, buen José!, aquella en la que un rey malvado amenazaba vuestro feliz regreso.
Buen conocedor de los designios divinos, huiste a otro lugar con la pena de no poder llevar, a su hogar, a la Madre y al Niño.
Y la pena te invadió porque el dolor de María y Jesús es tu dolor. 
 
GOZO:
_Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno_ (Mt 2,23).
Pero fueron esos “renglones torcidos” de Dios los que abrieron la puerta de la felicidad en tu corazón.
Nazaret fue vuestro destino, el sitio elegido por Él para que tus ojos, ¡dichoso José!, vieran crecer al Niño, al “hijo del carpintero”, y esa tierra le diera el nombre de “el Nazareno” cumpliéndose la profecía de Dios.
Nuevamente, José, de esa cruz que echó raíces en tu corazón nació una bendición. 

¡Contempla el rostro del Amor celeste!

Dios, Creador del universo, modeló al hombre a su imagen y semejanza. Él es figura de todas las criaturas, superiores e inferiores. Dios amó de tal amor al hombre, que le reservó el lugar del que había sido expulsado el ángel caído. Le atribuyó toda la gloria, todo el honor que ese ángel había perdido, al mismo tiempo que su salvación. He aquí lo que te muestra el rostro que tu contemplas…esta figura simboliza el Amor del Padre celeste.

 
Ella es el amor: en el seno de la energía de la divinidad perenne, en el misterio de sus dones, ella es la maravilla de una insigne belleza. Si ella tiene la apariencia humana, es porque el Hijo de Dios se hizo carne para arrancar al hombre de la perdición, gracia al servicio del amor. He aquí por qué ese rostro es de tal belleza y claridad: es el rostro de la eterna belleza, del eterno amor. Te sería más fácil contemplar al sol que contemplar ese rostro. La profusión de amor irradia, luz de una luminosidad sublime y fulgurante. Va más allá de nuestros sentidos, de una manera inconcebible para todos los actos de la comprensión humana, que habitualmente aseguran el conocimiento al alma.
 
 
Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
abadesa benedictina y doctora de la Iglesia
El Libro de las Obras Divinas (Le Livre des Œuvres divines, in “Hildegarde de Bingen, Prophète et docteur pour le troisième millénaire”, Béatitudes, 2012), trad.sc©evangelizo.org

sábado, 4 de marzo de 2023

Sábado de María

"A ti que eres la Madre de mi Señor,
la Reina del mundo, la Abogada, la Esperanza, el Refugio de los pecadores,
recurro hoy,
yo que soy el más miserable de todos, te venero, oh gran Reina
y te agradezco por todas las gracias me has dado hasta ahora,
especialmente haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mí.
 
Yo te amo, Señora amabilísima,
y por el amor que te tengo, prometo querer servirte siempre
y hacer todo lo que pueda para que Tú seas amada más por los demás.
Pongo en Ti, después de Jesús, todas mis esperanzas, toda mi salud,
acéptame como tu siervo, y acógeme bajo tu manto,
tú, Madre de Misericordia.
 
Y ya que eres tan poderosa ante Dios,
líbrame de todas las tentaciones
o si no obténme la fuerza de vencerlas hasta la muerte.
 
A ti te pido el verdadero amor a Jesucristo,
de ti espero tener una buena muerte, Madre mía,
por el amor que tienes a Dios, te ruego me ayudes siempre,
pero más en el último momento de mi vida.
No me abandones hasta no verme salvo en el cielo,
bendiciéndote y cantando tus misericordias por toda la eternidad."
 
Amén.
 

 

 

Esforcémonos en progresar hasta la caridad de Dios

El precepto del Salvador nos invita a la semejanza con el Padre: “Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,48). En los grados inferiores, a veces el amor del bien se interrumpe cuando la tibieza, satisfacciones o placeres llegan a debilitar el vigor del alma y hacen perder de vista el temor del infierno o el deseo de la felicidad futura. Sin embargo, constituyen peldaños del progreso, aprendizajes.

 
Si al principio hemos evitado el vicio por el temor al castigo o la esperanza de la recompensa, no es posible pasar al grado de la caridad porque “En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, ya que el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor. Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4,18-19). Ningún otro camino nos eleva a la verdadera perfección. Como Dios nos ha amado el primero, importándole sólo nuestra salvación, así debemos amarlo únicamente por su amor.
 
Esforcémonos con total ardor de subir del temor a la esperanza, de la esperanza a la caridad de Dios y al amor de las virtudes. Vayamos hacia la afección al bien por él mismo y permanezcamos en él, inmutables, tanto como es posible a la naturaleza humana.
 
 
San Juan Casiano (c. 360-435)
fundador de la Abadía de Marsella
De la perfección, Conferencias (SC 54, Conférences VIII-XVII, Cerf, 1958), trad.sc©evangelizo.org

viernes, 3 de marzo de 2023

“En la conmoción, acuérdate de tener piedad” (Hab 3,2)

Cualquiera sea la injuria que reciba, el monje guardará la paz, no sólo sobre los labios, sino en el fondo de su corazón. Si se siente apenas turbado, que se contenga en un silencio absoluto y siga exactamente lo que dice el salmista: “Tú no me dejas conciliar el sueño, estoy turbado, y no puedo hablar” (Sal 77,5); “Yo pensé: «Voy a vigilar mi proceder para no excederme con la lengua; le pondré una mordaza a mi boca, mientras tenga delante al malvado». Entonces me encerré en el silencio, callé, pero no me fue bien: el dolor se me hacía insoportable…” (Sal 39,2-3).
 
No tiene que detenerse a considerar el presente. Sus labios no deben proferir lo que le sugiere la cólera o lo que le dicta su corazón exasperado. Más bien, que repase en su espíritu la gracia de la caridad anterior o que vuelva su mirada hacia el avenir para ver, en espíritu, la paz a nuevamente. Que se esfuerce a contemplarla en el momento que se sienta emocionado, con el pensamiento que ella va a volver sin demora.
 
Mientras se reserve para la suavidad de la concordia cercana, no sentirá la amargura de la querella presente. Dará de preferencia la respuesta de la que no tendrá que acusarse a sí mismo ni a ser reprendido por su hermano cuando la amistad se restablezca. De esta forma cumplirá la palabra del profeta: “En la conmoción, acuérdate de tener piedad” (Hab 3,2).
 
 
San Juan Casiano (c. 360-435)
fundador de la Abadía de Marsella
De la amistad, Conferencias (SC 54, Conférences VIII-XVII, Cerf, 1958), trad.sc©evangelizo.org

jueves, 2 de marzo de 2023

Pregunta..., busca..., llama...

Mateo 7:7-12

Reflexión sobre el cuadro

Cuando Jesús nos enseña, suele hacerlo a partir de su propia experiencia. Jesús anima en nuestra lectura del Evangelio a seguir pidiendo a Dios, a seguir buscándole y a seguir llamando a su puerta. Dice estas cosas porque eso es exactamente lo que hizo Jesús. En el huerto de Getsemaní, pidió a Dios que le quitara el cáliz del sufrimiento. En la última cena, animó a Pedro a seguir buscando y pidió a Dios que la fe de Pedro no decayera. En la cruz llamó a la puerta de Dios pidiéndole que perdonara a los que le crucificaron e incluso que abriera la puerta a los criminales que colgaban junto a él. Jesús mismo pidió, buscó y llamó. Enseña a partir de su propia experiencia.

Cuando pedimos, buscamos y llamamos, imitamos lo que Jesús hizo en el huerto. E incluso si, como Jesús experimentó allí, nuestras oraciones no son respondidas de la manera que deseamos, habremos ensanchado nuestros corazones de manera espectacular para estar más abiertos a la presencia de Dios.

Nuestro cuadro, pintado hacia 1900 por Hermann Clementz, representa simplemente a Cristo orando en el huerto de Getsemaní. Una suave luz emana de él, especialmente alrededor de su cabeza, pero también una luz viene de arriba.

by Patrick van der Vorst
Cristo en el Huerto de Ghesemaní,
Pintado por Hermann Clementz (1852-1930),
Pintado hacia 1900
Óleo sobre lienzo
Wikimedia Commons

 

El poder de la oración

El motivo que debe llevarnos a recurrir a la oración, es que todo resulta para nuestro beneficio. El buen Dios quiere nuestra felicidad y él sabe que sólo la oración puede procurarlo. Además, mis hermanos, ¡qué mayor honor para una vil criatura -como nosotros- que Dios quiera abajarse hasta ella, permaneciendo con ella familiarmente como un amigo con su amigo! Vean la bondad de su parte al compartir nuestras preocupaciones, nuestras penas. Ese buen Salvador se apresura a consolarnos, a sostenernos en nuestras pruebas o, mejor dicho, sufre por nosotros. Díganme, mis hermanos, el no rezar, ¿no sería querer renunciar a nuestra salvación y a nuestra felicidad sobre la tierra? Porque sin la oración sólo podemos ser infelices y con la oración estamos seguros de obtener todo lo que nos es necesario para el tiempo y la eternidad, como vamos a verlo.

Digo primeramente, mis hermanos, que todo es prometido a la oración y, en segundo lugar, que la oración obtiene todo cuando ella está bien hecha. Es una verdad que Jesucristo nos repite casi en cada página de la Sagrada Escritura. La promesa de Jesucristo es formal: “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá…Todo lo que pedirán a mi Padre en mi Nombre, lo obtendrán si lo piden con fe” (cf. Mt 7,7; 21,24). Jesucristo no se contenta con decirnos que la oración bien hecha lo obtiene todo. Para convencernos, lo asegura con promesa “Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá” (Jn 15,16). Según las palabras del mismo Jesucristo, me parece mis hermanos, que sería imposible dudar del poder de la oración. 
 
 
San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars
Sermón para el Vº Domingo de Pascua (Sermons de Saint Jean Baptiste Marie Vianney, Curé d'Ars, II, Ste Jeanne d'Arc, 1982), trad.sc©evangelizo.org

miércoles, 1 de marzo de 2023

Miércoles de San José

 "¡Bendito san José, eres el ejemplo y el modelo de los que consagran sus esfuerzos y su trabajo para dar gloria a Dios!

¡Acompáñame cada día para que sea capaz de imitar tu ejemplo! ¡Concédeme la gracia, san José, de imitar tu ejemplo para santificar mi trabajo diario, para poner toda mi conciencia en hacer las cosas bien y de manera justa, de poner alegría en lo que hago especialmente cuando me cueste o me exija un esfuerzo, honrando siempre a mis compañeros de trabajo, a mis clientes y a mis proveedores, a ensalzar los dones y las cualidades que Dios me ha dado y, sobre todo, poniendo mi trabajo como ofrenda al Padre como siempre tu hiciste!

 ¡Concédeme la gracia, san José, humilde pero santo carpintero, a trabajar de manera constante, ordenada, justa, medida, con orden teniendo en cuenta siempre la presencia de Dios en mi trabajo, sin desviarme de la verdad, con desprendimiento!

¡San José glorioso, no permitas que mis éxitos profesionales o mis fracasos en el trabajo me aparten de lo que verdaderamente es importante y que tu tan claro tuviste: que el fin auténtico de mi trabajo es dar gloria a Dios!"

Fuente: 

https://orarconelcorazonabierto.wordpress.com/2021/05/04/santificar-el-trabajo-por-medio-de-san-jose/

MISLopez 



El signo del profeta Jonás

“Demuéstrenos que es posible la resurrección de un hombre muerto desde hace tres días y que un hombre puesto en el sepulcro pueda resucitar luego de tres días”, decía alguien. Si buscamos en esas circunstancias precisas, un testimonio que lo pruebe, el Señor Jesús mismo lo ofrece en los Evangelios: “Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches (Mt 12,40, cf. Jon 3,1). Cuando escrutamos la historia de Jonás, la semejanza parece fuertemente significativa.
Jesús fue enviado para proclamar la penitencia: así fue igualmente enviado Jonás. Pero Jonás huyó, despreocupándose del resultado, mientras que Jesús permaneció de todo corazón para predicar la penitencia salvadora. Jonás dormía sobre el barco y resollaba mientras la tempestad agitaba el mar. Durante el sueño de Jesús, el mar se despertó providencialmente para revelar el poder del que dormía. (…) Jonás fue echado en el vientre del monstruo. Jesús descendió espontáneamente dónde se encontraba el monstruo místico de la muerte. Descendió espontáneamente para que la muerte rechazara -vomitará- a los que había engullido, según dice la Escritura: “¿Y yo voy a rescatarlos del poder del Abismo? ¿Voy a redimirlos de la muerte?” (Os 13,14). (…)
Creo que Jonás fue preservado, ya que “para Dios todo es posible” (Mt 19,26). Creo también que Cristo resucitó de entre los muertos. Son numerosos los testimonios de este hecho, tanto de las Sagradas Escrituras como de la acción manifestada hasta nuestros días por el que ha resucitado, único descendido a los infiernos para remontar luego. Porque descendió en la muerte y muchos cuerpos santos que estaban muertos fueron resucitados por él. (…) Ya que tenemos las profecías, la fe nos habite.

San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismal 14 (Les catéchèses, coll. Les Pères dans la foi 53-54, Migne, 1993), trad.sc©evangelizo.org
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