El burro de mi foto de perfil no está ahí por casualidad. Me gusta llamarme «borriquito del Señor». Es una imagen que siempre me ha ayudado a comprender cómo deseo vivir mi fe y mi sacerdocio.
1️⃣ El asno aparece muchas veces en la Biblia. Es un animal humilde, trabajador y cercano a la vida cotidiana del pueblo de Dios. No suele ocupar el centro de la escena, pero está presente cuando hace falta.
2️⃣ Isaías dice: «Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño» (Is 1,3). El asno reconoce a quien lo alimenta. Para mí, esa es la primera enseñanza: saber quién es mi Señor y dónde está mi alimento.
3️⃣ El burro no presume de elegancia. Es fuerte y algo rudo. No necesita aparentar. También la vida cristiana exige menos fachada y más verdad, menos pose y más fidelidad.
4️⃣ Es perseverante. Avanza despacio, pero no abandona fácilmente el camino. A veces la santidad no consiste en correr mucho, sino en seguir andando cada día, también cuando cuesta.
5️⃣ Es un animal de carga. Lleva sobre sí pesos que no ha elegido, pero continúa caminando. También nosotros tenemos cruces, responsabilidades y cansancios que debemos aprender a llevar con Cristo.
6️⃣ El asno aparece junto al misterio de la salvación. La tradición cristiana lo contempla en Belén y el Evangelio lo presenta llevando a Jesús en su entrada en Jerusalén. Su grandeza está en llevar al Señor, no en llamar la atención sobre sí mismo.
7️⃣ San Josemaría Escrivá sentía un gran cariño por la imagen del borrico: humilde, paciente, recio y trabajador. No un animal brillante, sino útil; no espectacular, sino fiel.
8️⃣ Yo también me reconozco en esa imagen. No pretendo ser un caballo de desfile. Me basta con ser un pequeño burro que conozca la voz de su Amo, acepte su carga y lo lleve allí donde Él quiera.
9️⃣ Ser «borriquito del Señor» significa para mí trabajar sin buscar aplausos, levantarme después de cada caída, soportar con paciencia y seguir sirviendo aunque nadie lo vea.
🔟 Y significa también dejar que Cristo monte sobre mi pobre vida. Porque el borrico por sí solo no cambia la historia. Pero cuando lleva sobre sí al Señor, puede acompañarlo hasta Jerusalén.
Por eso tengo un burro como imagen. Es casi un pequeño programa de vida: fuerte sin dureza, rudo sin amargura, humilde sin complejos, perseverante sin ruido y siempre disponible para llevar a Cristo.
Quiera Dios que, al final del camino, pueda decirse también de mí: conoció a su Amo, reconoció su pesebre y cumplió fielmente la tarea que le fue confiada.
Fuente:https://x.com/SacerdosMariae

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