Cada lágrima de María, es una gota de la Preciosísima Sangre de Cristo, derramada y derramándose por nuestros pecados.
Generaciones y generaciones van pasando y cada una comete los mismos y nuevos pecados. Pero cuando parece que no aprendemos, nuevos brotes de santidad van surgiendo, nuevas manifestaciones de caridad, defensores de la vida, guías espirituales, jóvenes y adultos que van creciendo en conciencia. Eso me dice que tus lágrimas, María, no se han derramado en vano. Porque tu pesar es una súplica misericordiosa como abogada nuestra y fruto de ello son las nuevas conversiones que piden volver al Padre.
No se puede amar al Padre, si no se ama al Hijo, así como no se puede amar al Hijo, sin amar a la madre y todo lo que Él ama. Perfecta es la unión entre el Padre y el Hijo, perfecta es también la unión entre el Hijo y la madre, de tal forma que La Preciosa Sangre de Cristo, guardando las debidas proporciones, fueron las mismas lágrimas de María.
Santa María, Madre de Todos Los Mártires y de Todos los Dolores, enséñanos a permanecer como tú, unidos a Cristo crucificado, en oración y adoración. Y a estar como tú, junto a Jesús y junto al que sufre al lado nuestro

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