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lunes, 13 de marzo de 2017

Herejía de la acción.



Ninguno estamos libres de caer en este error funesto de la herejía de la acción, de creer que todo depende de nuestra acción, del hacer y hacer, y olvidarnos del valor importantísimo de la oración, la meditación y el sufrimiento. 

Tenemos que recordar, en medio de la vorágine del mundo de hoy, que no todo es eficacia y acción, sino que el corazón de las acciones debe ser la contemplación. 

No es extraño que casi sin darnos cuenta nos encontremos envueltos en hacer y hacer, y dejemos de lado la oración y los sacrificios, y el ofrecer a Dios cada cosa que hacemos y vivimos. 

Veamos un poco la vida de Jesús, cómo el Señor, sabiendo que había venido a salvar al mundo, a enseñar, a salvar y curar, sin embargo treinta años de su vida los pasó trabajando en su casa, retirado, sujeto a su Madre y a su padre adoptivo, rezando y ofreciendo cada cosa que hacía. Sólo en los últimos tres años de su vida, el Señor se dedicó a la acción, a la predicación, pero incluso en ese tiempo dio privilegio a la oración y la contemplación, fuente de donde brotaba su acción. 

También nosotros debemos recordar que, si bien en el mundo hay mucho por hacer, no debemos caer en la herejía de la acción, sino dedicar más tiempo a la oración y la contemplación, haciendo lo que cada día tenemos que hacer, pero con amor, con espíritu de ofrecimiento y mortificación, porque la vida cristiana es simple, es sencilla, sólo que a veces nosotros la complicamos innecesariamente. 

Acostumbrados a la tecnología y a la eficacia de las cosas, nos parece que no hacemos nada si no estamos constantemente actuando. El mundo moderno cree que quien ora, quien contempla los misterios de la Fe, quien se detiene a meditar sobre la vida y el mundo, sobre Dios, es poco menos que un holgazán.
No caigamos en este error sino comprendamos que las obras exteriores son útiles y santas cuando están alimentadas por una vida interior de oración y contemplación. 

Hagamos las cosas de todos los días con mucho amor. Recemos, meditemos y vivamos contentos y alegres, sabiendo que Dios nos ama. Porque a no olvidarnos que Dios nos ha creado para que Le amemos, y siempre debemos volver a las fuentes, es decir, recordar que todo lo que hacemos o dejamos de hacer en la vida debe ser para mejor amar a Dios y al prójimo, de lo contrario estaríamos equivocando el camino. 

Pensemos en estas cosas y vivamos en paz, sin dejarnos absorber por una acción desordenada y febril.



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