Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

viernes, 10 de abril de 2015

El testimonio de nuestras manos



El toque salvífico de Jesús lo podemos
prolongar con nuestras manos.

Deben ser, como las de Cristo,
serviciales, amistosas, generosas.

Deben estar, como las de Cristo,
dispuestas por amor a dejar clavarse.

Deben abrirse, como las de Cristo,
para repartir sin pedir nada a cambio

Deben moverse, como las de Cristo,
sin desesperar aunque parezcan no hacer nada.

Deben regalar, como las de Cristo,
ofreciendo el ciento por uno.

Deben caminar, como las de Cristo,
acogiendo y no juzgando.

Deben abrazar, como las de Cristo,
perdonando y no llevando cuentas de atrás.

Deben utilizarse, como las de Cristo,
para acompañar y no para condenar.

Deben emplearse, como las de Cristo,
para sanar y no para guardarlas.

Deben sacarse, como las de Cristo,
para enseñar y no para predicar.

Deben levantarse, como las de Cristo,
para bendecir y no para maldecir.

Deben ofrecerse, como las de Cristo,
para empujar hacia el cielo sin olvidarse de la tierra.

Deben acariciar, como las de Cristo,
para compartir sin esperar recompensa.

Deben airearse, como las de Cristo,
para levantar y no para humillar.

Deben juntarse, como las de Cristo,
para pregonar y no para ocultar.

Deben desplegarse, como las de Cristo,
para abrazar y no para odiar.

En la Pascua de Resurrección
hay que hacer una firme promesa ante el Señor:

¡Aquí tienes mis manos, mis pies y mi voz
para dar testimonio de tu Resurrección!

P. Javier Leoz

 


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