Ven a otros llorar,
levantar las manos,
emocionarse en la oración…
y piensan que quizá Dios no los ama igual.
Pero hay algo que debes entender:
el Espíritu Santo no se reduce a emociones.
Claro que Dios puede tocar el corazón de manera sensible.
Puede haber lágrimas,
gozo,
consuelo profundo.
Pero la presencia del Espíritu va muchísimo más allá de lo que sientes.
Hay personas que sienten mucho… y cambian poco.
Y hay almas silenciosas que parecen no sentir nada… pero viven transformadas por dentro.
El Espíritu Santo muchas veces actúa de manera discreta:
dándote fuerza para seguir,
ayudándote a perdonar,
levantándote después de caer,
dándote paz en medio del sufrimiento.
Eso también es presencia de Dios.
Vivimos en una época obsesionada con “sentir”.
Pero la fe madura aprende a permanecer incluso cuando no hay emociones intensas.
Los santos atravesaron largas noches espirituales.
Momentos de sequedad.
Silencios dolorosos.
Y aun así siguieron orando.
Porque amaban a Dios por quien Él es…
no solo por lo que sentían.
A veces el Espíritu Santo está obrando más profundamente precisamente cuando todo parece seco.
Está purificando tu fe.
Enseñándote a confiar.
Arrancando dependencias emocionales.
No confundas ausencia de emociones con ausencia de Dios.
El Espíritu Santo no abandona fácilmente un corazón que lo busca sinceramente.
Quizá no lo “sientas” como esperabas…
pero ahí está:
en cada confesión sincera,
en cada comunión,
en cada lucha contra el pecado,
en cada acto de amor oculto.
Dios no siempre hace ruido.
Muchas veces habla en el silencio del alma.
Sigue orando.
Sigue buscando.
Sigue perseverando.
Porque la verdadera experiencia del Espíritu Santo no consiste solamente en sentir fuego…
sino en dejar que Él transforme tu vida poco a poco hasta parecerte más a Cristo.
Fuente:Alejandra Basanta

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar tu comentario, me alegra el alma