Pentecostés es el día en que el cielo tocó la tierra y el Espíritu Santo descendió sobre María y los Apóstoles como fuego vivo. No para destruir, sino para llenar de luz los corazones. Desde ese momento, la Iglesia dejó de ser un grupo escondido y se convirtió en una llama imposible de apagar.
El Espíritu Santo sigue descendiendo hoy. Sigue llenando almas de paz, de amor, de valentía y de vida nueva. Sigue haciendo santos en silencio. Sigue levantando personas comunes para recordarles que fueron creadas para el cielo.
Y qué hermoso saber que Dios no quiso quedarse lejos. Quiso habitar dentro de nosotros.
Pentecostés es el recordatorio de que no estamos solos. El mismo fuego que descendió en el Cenáculo puede volver a iluminar tu vida. Puede dar esperanza donde parecía haber vacío y devolverle sentido a todo aquello que creías perdido.
Porque cuando el Espíritu Santo entra en una vida, todo cambia. El corazón vuelve a respirar. La fe vuelve a encenderse. Y el alma entiende, por fin, que nació para vivir cerca de Dios.
Ven, Espíritu Santo.
Haz de nosotros una llama que ilumine,
ame y lleve esperanza al mundo.
Fuente:Mujer Católica


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