Venía con dudas, preguntas, inquietudes, deseo de consejo y también con intención de confesarse.
Le pregunté con claridad (porque me lo imaginaba):
—¿Confesionario o despacho?.
Me respondió:
—Quiero confesarme.
Y fuimos al confesionario.
Allí empezó a abrir el corazón. Pero me alegró mucho una cosa: supo diferenciar.
Primero confesó sus pecados. Después, con mucha delicadeza, preguntó:
—¿Ya puedo hablar de otra cosa?
Le dije que esperara un momento.
Le impuse la penitencia, le di la absolución y, entonces sí, seguimos hablando.
Antes de continuar, le dije algo que creo importante:
—Lo que vamos a hacer ahora se llama dirección espiritual. Y esto se puede hacer perfectamente en un despacho. Te lo digo para que lo sepas. Si alguna vez un sacerdote te dice que eso no es materia de confesión, no te sientas rechazado. Puede tener razón. Muchos sacerdotes van al confesionario a confesar, y hacen bien. No porque no sepan escuchar, sino porque conviene distinguir las cosas.
Lo entendió perfectamente. Obediencia y docilidad son señales inequívocas del Espíritu.
Y seguimos hablando casi media hora.
Dudas, luchas, discernimiento, vida cristiana, pasos concretos. Nada raro. Lo de siempre: un alma buscando a Dios, que ya es bastante.
Se marchó agradecido, tranquilo y contento.
Y yo pensé una cosa:
Cada vez entiendo mejor aquello de la acogida de la que tanto habló el Papa Francisco, de feliz memoria.
Acoger no es confundirlo todo.
Acoger no es convertir el sacramento en una tertulia.
Acoger tampoco es despachar a quien llega herido, como si molestara en la ventanilla equivocada.
Acoger es ayudar a poner cada cosa en su sitio, pero sin apagar la mecha que todavía humea.
A veces basta eso:
Confesión, absolución, una palabra clara, un poco de tiempo y la certeza de que la Iglesia no es una oficina fría, sino una madre.
Y, cuando la Iglesia actúa como madre, muchos hijos vuelven a respirar.
Fuente:https://x.com/SacerdosMariae

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