Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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martes, 10 de abril de 2012

La materia misteriosa de nuestra propia vida - III

15.Dios da al hombre la vida nueva y capaz de vivir sin pecado, sin mal, esa vida nueva es la gracia santificante que nos permite convertir lo malo en bueno. Esta recreación es una conversión. El corazón huye de todo hacia Dios y quiere aferrarse a El. Esta huída de todo y vuelta hacia Dios es también un camino de sacrificio que debemos conocer. Hemos de aprender a usar nuestro dolor y sacrificios para andar ese camino de retorno. Es largo; llega hasta la muerte.
 
16.Es que llegamos a una confusión: ¿el mal es el bien? No es así. “No hay mal que por bien no venga”. Esto es lo que tenemos que aprender. A veces creemos saberlo. Pero tengamos cuidado: es una lección difícil.
 
17.El mal es una privación de algún bien. Ahora, si Dios quiere privarnos de un bien, es sin duda para ponernos en el estado de privación de ese bien que hemos perdido. En ocasiones, nos parece que Dios no lo sustituye por nada. Parecería que no hay “bien que venga”. Pero esto no es así. Siempre estamos en un nuevo estado posterior a la pérdida y al sufrimiento. Este nuevo estado es querido por Dios como lo que viene. Debe ser bueno. A veces podemos ver con claridad cuál es el nuevo bien producto de la sustitución. Pero otras, no vemos nada bueno en cambio. Sin embargo, debemos estudiar con atención nuestra vida para ver si viene o ha venido el nuevo bien. La materia más difícil de estudiar es nuestra propia vida. Ello hace que nosotros no podamos ver bien. Necesitamos ayuda. No autoayuda.
 
18.Nosotros somos esencialmente menesterosos, privados de bienes, necesitados de ayuda. De otros y sobre todo de Dios. Pero no debemos olvidar jamás que la omisión de la ayuda que podemos prestar es también un mal. Basta con recordar al samaritano. Si no aprendemos en esta escuela corremos peligro. El peligro es de un mal terrible: “no os conozco”. Debemos esforzarnos enormemente, sobre todo en algunos países del mundo, por ayudar mucho más en nuestra vida privada y social; y nuestra vida privada es social.
 
19.¿Dónde está lo que hacemos por cada niño de la calle “privado de casi todo”? Esos niños aún homicidas son otros Cristos, con quienes estamos obligados a sufrir, ayudándoles.
 
20.Si es necesario, prescindamos de los que accidentalmente gobiernan. Cuando no hay quien sepa y quiera ayudar habrá que buscar a otro. Es lo que pasa también con nosotros cuando no ayudamos de corazón a nuestros hermanos y los abandonamos a la persecución, al daño y buscamos todavía excusas que nos justifiquen por trabajar en obras apostólicas. Ojalá no seamos juzgados de fariseos hipócritas. Hemos de comprender que esos menesterosos de la calle son Él. Tenemos que ir a Él, en ellos. Él es quien dijo: “Sin Mí nada podéis hacer”.
 
21.Mientras no vayamos a nuestros “pobres Cristos” nada podemos hacer.
 
22.Recuerdo a mi padre cuando pasábamos al lado de un mendigo y él decía: “Pobre Cristo”. Me quedó esa idea en la cabeza y me preguntaba por qué “pobre Cristo”.
 
23.¿A cuántas personas deberíamos salvar del “dominio de la muerte”?
 
24.Las obras de apostolado deben abrirse a estos “pobres Cristos”, con cierta predilección incluso, porque serán responsables por ello. Han de ir de verdad a todos. Y llenar sus casas confortables con esos pobres. Si no ¿qué mérito tendrán? La Iglesia debe ir con urgencia a socorrer a esos nuevos devorados por los leones, por todos los que están sujetos al dominio “de la muerte”.
 
25.Cristo mismo se dirigía preferentemente a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Si ni siquiera lo seguimos, ayudando a nuestros hermanos más íntimamente próximos ¿qué mérito tenemos? ¿qué cruz llevamos? Si en una familia un hijo sufre un grave mal, van todos, el padre, la madre y todos los hermanos a socorrerlo. Y si no decimos: “No tiene una familia”. Yo conocí personalmente a un santo sacerdote que una vez fue a un poderoso de la tierra a decirle: “Este hijo mío tiene familia; es mi familia”.
 
26.Curaba a los enfermos. Consolaba a los afligidos. Alimentaba a los hambrientos, liberaba de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas. Tres veces devolvió la vida a los muertos (Salvifici Doloris, 16).
 
27.No podemos omitir que también llamó bienaventurados a los que ahora padecen hambre. Pero ¡cuidado! No sólo los mendigos padecen hambre … Hay señoras distinguidísimas que también padecen hambre ¿qué hacen sus amigos? ¿No se quieren?
 
28.Ahora veo que, aún cuando se produzca un escenario estéticamente deplorable la tarea de dar de comer a los mendigos es una obra de puro Amor de Dios. Y sin embargo, es dolorosa.
 
29.No podemos sustraernos a la rotunda verdad que significa el llamado de Cristo a participar de los sufrimientos en los que Él mismo participó.


TEOLOGÍA DE LA CRUZ
MYSTERIUM SALUTIS
Antonio Boggiano
 Fuente:www.mariamediadora.com

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