Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

lunes, 12 de mayo de 2014

María socorre a sus devotos en el purgatorio

Lectura espiritual


1. María asiste a sus devotos en el purgatorio 

Muy felices son los devotos de nuestra piadosa Madre, pues no sólo son socorridos por ella en la tierra, sino que también los asiste y consuela con su protección en el purgatorio. Y necesitando tanto más alivio cuanto más padecen, sin poder valerse por sí mismos, mucho más se empeña en socorrerlas esta Madre misericordiosa. Dice san Bernardino de Siena que, en aquella cárcel de unas almas que son esposas de Jesucristo, María tiene como un cierto dominio y plenos poderes tanto para aliviar como para liberar de aquellas penas.

En cuanto a aliviar, dice el mismo santo comentando las palabras del Eclesiástico: “Me paseé sobre las olas del mar” (Ecclo 24, 8): “Es decir, visitando y socorriendo en las necesidades y en los tormentos de mis devotos que son mis hijos”. Dice el mismo santo que las penas del purgatorio son llamadas olas porque son transitorias, a diferencia de las del infierno que no pasan jamás. Y se llaman olas del mar, porque son penas muy amargas. Afligidos por estas penas, los devotos de María se ven constantemente visitados y socorridos por ella. Ved cuánto importa, dice Novarino, ser devoto de esta Señora tan buena, pues ella no sabe olvidarse de ellos cuando padecen en aquellas llamas. Y si María socorre a todas las almas del purgatorio, sin embargo sus mayores indulgencias y cuidados son para las que le son más devotas.

Reveló la Virgen María a santa Brígida lo siguiente: “Yo soy la Madre de todas las almas que estén en el purgatorio, y todas las penas que tienen que purgar por las faltas cometidas, constantemente son aliviadas y mitigadas por mis plegarias”. Y no se desdeña esta piadosa Madre a las veces, hasta de hacerse presente en aquella santa prisión para visitar y consolar a sus hijas afligidas. “Yo me paseé por lo hondo del abismo” (Ecclo 24, 5). A lo que hace san Buenaventura este comentario: “Abismo, es decir, el purgatorio, por el que pasea María para aliviar con su presencia, ayudando a las almas santas”. Dice san Vicente Ferrer: “¡Cuán buena se manifiesta María con los que están en el purgatorio, ya que por ella obtienen continuos refrigerios!”.

¿Qué otra, sino María es su consoladora en medio de aquella penas, y quién su socorro, sino esta Madre de misericordia? Santa Brígida oyó que Jesús decía a su Madre: “Tú eres mi Madre, tú la Madre de misericordia, tú la consoladora de los que están en el purgatorio”. Y la misma Virgen dijo a santa Brígida que como un enfermo, afligido y abandonado en su lecho, se siente reconfortado con cualquier palabra de consuelo, así aquellas almas se sienten aliviadas con sólo oír su nombre. El solo nombre de María, nombre de esperanza y de salvación es el que constantemente invocan en aquella cárcel sus hijas queridas, siéndoles de gran consuelo. Y después, dice Novarino, la Madre amorosa, sintiéndose invocar por ellas, las une a sus plegarias ante Dios, con lo que socorre a aquellas almas, y así quedan como refrigeradas de sus grandes ardores, con celestial lluvia. 

2. María libera a sus devotos 

Pero María no sólo consuela y socorre a sus devotos en el purgatorio, sino que también rompe sus cadenas y los libra con su intercesión. Desde el día de su gloriosa Asunción, en el que se cree que quedó vacía la cárcel del purgatorio, como dice Gersón y confirma Novarino, diciendo basarse en graves autores, día en que María al entrar en el paraíso, pidió a su Hijo poder llevar consigo todas las almas que estaban en el purgatorio, desde entonces, dice Gersón, María tiene el privilegio de librar a todos sus devotos, de aquellas penas. Y esto lo afirma sin titubeos san Bernardino de Siena, diciendo que la Santísima Virgen tiene la facultad, con sus ruegos y con la aplicación de sus méritos, de librar las almas del purgatorio y principalmente las de sus más devotos. Lo mismo dice Novarino, opinando que por los méritos de María, no sólo se tornan más llevaderas las penas de aquellas almas, sino también más breves, abreviándose por su intercesión el tiempo de su purgatorio. Para lo cual, basta que ella lo pida.

Refiere san Pedro Damiano que una señora llamada Mazoria, ya difunta, se apareció a una comadre y le dijo que en el día de la Asunción ella había sido librada del purgatorio con un número de almas que superaban a la población de Roma. San Dionisio Cartujano afirma que lo mismo sucede en la festividad de Navidad y de la Resurrección de Jesucristo, diciendo que en estas fiestas, María se presenta en el purgatorio acompañada de legiones de ángeles y que libra de aquellas penas a multitud de almas. Novarino dice que esto sucede igualmente en todas las fiestas solemnes de María. 

3. María acorta el tiempo de purificación, y hasta lo suprime a sus devotos 

Muy conocida es la promesa que María hizo al Papa Juan XXII al que, apareciéndose le ordenó que hiciera saber a cuantos llevasen el escapulario del Carmen que, en el sábado siguiente a su muerte, serían librados del purgatorio. El mismo Papa, como refiere el P. Crasset, lo declaró en la bula que publicó y que luego fue confirmada por Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XII y Pablo V, el cual, en una bula de 1612 declara: “El pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen ayudará con su continua intercesión, y con sus méritos y protección especial, después de la muerte, y principalmente en el día de sábado –consagrado por la Iglesia a la misma Virgen María– a las almas de los hermanos de la Cofradía de Santa María del monte Carmelo, que hayan salido de este mundo en gracia, y hayan llevado su escapulario, observando castidad según su estado, y hayan rezado el Oficio Parvo de la Virgen, y si no han podido recitarlo, habiendo observado los ayunos de la Iglesia”. Y en el Oficio Solemne de Santa María del Carmen se lee que se ha de creer piadosamente, que la Santísima Virgen consuela con amor de Madre a los cofrades del Carmen en el purgatorio, y con su intercesión los leva pronto a la patria celestial.
Y ¿por qué no vamos a esperar también las mismas gracias y favores si somos devotos de esta buena Madre? Y si le servimos con muy especial amor ¿por qué no hemos de esperar también la gracia de que, al morir, entremos al instante en el paraíso sin pasar por el purgatorio? Esto es lo que la Santísima Virgen María mandó decir al B. Godofredo por medio de fray Abundio, con estas palabras: “Di a fray Godofredo que progrese en la virtud, que así será de mi Hijo y mío; y cuando su alma parta de su cuerpo, no dejaré que vaya al purgatorio, sino que la tomaré y la ofreceré a mi Hijo”.

Y si queremos aliviar a las benditas almas del purgatorio, procuremos rogar por ellas a la Santísima Virgen, aplicando por ellas de modo especial el Santo Rosario que les servirá de gran alivio. 

EJEMPLO 

Detalles de bondad de María hacia un perfecto devoto suyo 

El B. Joaquín Picolomini, muy devoto de María, desde su infancia, visitaba hasta tres veces al día una imagen de la Virgen de los Dolores que se veneraba en una iglesia, y los sábados ayunaba para mejor honrarla. A media noche se levantaba para meditar en sus dolores. Y María Santísima le recompensó estos obsequios. En su juventud le dijo que entrara en la Orden de los Servitas, lo que, sin demora, ejecutó el Beato. Al final de su vida, se le apareció también la Virgen María trayéndole dos coronas: una de rubíes, en premio de la compasión que había tenido de sus dolores, y otra de perlas, como premio a la virginidad que le había consagrado. Poco antes de morir, se le volvió a aparecer, y el enfermo le pidió la gracia de morir el mismo día en que murió Jesucristo. La Virgen Santísima le consoló diciendo: “Pues bien, prepárate, porque mañana, viernes, morirás de repente, como deseas, y estarás conmigo en el paraíso”. En efecto, así sucedió. Mientras en la iglesia cantaban la Pasión de Cristo según san Juan, al decir las palabras “Estaba junto a la cruz de Jesús su Madre”, el paciente entró en agonía, y al decir: “E inclinando la cabeza entregó su espíritu”, el bienaventurado entregó también su alma al Señor, a la vez que el templo se iluminaba con misterioso resplandor, y un suave y desconocido aroma se esparcía en el ambiente. 

ORACIÓN DE AMOR HACIA MARÍA 

¡Reina del cielo y de la tierra!
¡Madre del soberano Señor del Universo!
¡Criatura la más sublime, excelsa y amable!
Es verdad que muchos ni te conocen ni te aman;
pero miríadas de ángeles y santos en el cielo
te aman y no cesan de cantar tus alabanzas;
y aun en la tierra ¡cuántos felizmente
se consumen en tu amor,
y andan de tu bondad enamorados! 
¡Ojalá te amara yo también, mi amable Señora!
¡Quién me diera el pensar siempre en ti
servirte, alabarte y honrarte,
y trabajar para que de todos fueras honrada y amada!
Has llegado a enamorar a Dios,
y con tu belleza, por decirlo así,
lo has atraído del seno del eterno Padre,
y lo has hecho venir a la tierra
para hacerse hombre e Hijo tuyo. 
Y yo, pobre gusanillo, ¿viviré sin amarte?
También yo te quiero amar de verdad,
y hacer cuanto pueda por verte amada por todos.
Ya ves, Señora, el deseo que tengo de amarte;
ayúdame para cumplirlo.
Sé que a tus amantes,
tu Dios los mira complacido;
Él, después de su gloria, nada desea más que la tuya,
verte honrada y amada por todos. 
Toda mi dicha la espero de ti, Señora,
tú me has de obtener
el perdón de todos mis pecados;
tú, la perseverancia;
tú me has de asistir en la hora de la muerte;
tú me has de librar del purgatorio;
tú, en fin, me has de conducir al paraíso. 
Todo esto han esperado de ti los que te aman,
y ninguno se ha visto defraudado.
Lo mismo espero yo,
ya que te amo con todo el corazón,
y sobre todas las cosas, después de Dios. 

(“Las Glorias de María” – San Alfonso María de Ligorio)

domingo, 11 de mayo de 2014

ORACION DE SAN JUAN PABLO II

Señor Jesús,


Como llamaste un día a los primeros discípulos

para hacerlos pescadores de hombres,

continúa también haciendo resonar hoy

tu dulce invitación: ¡Ven y Sígueme!


Da a los jóvenes y a las jóvenes la gracia

de responder prontamente a Tu voz.

Sostén en sus fatigas apostólicas

a nuestros obispos, sacerdotes

y personas consagradas.


Da perseverancia a nuestros seminaristas

y a todos los que están realizando

un ideal de vida

totalmente consagrado a tu servicio.

Despierta en nuestra comunidad

el empeño misionero.


Manda, Señor, operarios a tu mies

y no permitas que la humanidad se pierda

por la falta de pastores, misioneros,

y de personas consagradas a la causa del Evangelio.


María, Madre de la Iglesia,

modelo de toda vocación,

ayúdanos a decir "SI" al Señor

que nos llama a colaborar

en el designio divino de Salvación. Amén.

 

 

 http://betharram.info/oraciona/orac9.html

sábado, 10 de mayo de 2014

María Santísima, Mujer Eucarística

 
«Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió “por obra del Espíritu Santo” era el “Hijo de Dios” (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino. “Feliz la que ha creído” (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en “tabernáculo” - el primer “tabernáculo” de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como “irradiando” su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el Rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?
 Santo Súbito!

SAN JUAN PABLO II
CARTA ENCÍCLICA “ECCLESIA DE EUCHARISTIA”  
 
http://www.karol-wojtyla.org/Default.aspx

viernes, 9 de mayo de 2014

Nuestra Señora la que Desata los Nudos


"Eva, por su desobediencia, ató el nudo de la desgracia para el género humano; en cambio, María, por su obediencia, lo desató"
(San Irineo de Lyon)
 
 Antigua y respetable devoción
 
Aunque poco difundida en la Iglesia universal, la devoción a Nuestra Señora la que Desata los Nudos es practicada desde hace mucho tiempo en la ciudad alemana de Augsburg.
A principios del siglo XVIII, el sacerdote responsable de la iglesia St. Peter am Perlach, situada en el centro de aquella ciudad, resolvió encomendar al pintor Johann Schmittdner un cuadro de la Santísima Virgen, de 1,10 m de ancho por 1,82 m de alto.
Se trata de un cuadro al óleo, en estilo barroco alemán, muy piadoso y de notable valor artístico. María Santísima está representada de pie, cercada de luz, con la luna bajo sus pies y con éstos aplastando la serpiente. Sobre su cabeza se ve, envuelto por una luz aún más intensa, el Divino Espíritu Santo, representado por una paloma. Del lado izquierdo de la Señora, un Ángel le presenta una cinta larga llena de nudos que la Virgen, con la mirada compenetrada, pero muy dulce y suave, va deshaciendo; del otro lado pende la cinta, ya desenvuelta, recogida por otro Ángel cuya faz está vuelta hacia los fieles, como diciendo: "Ved cómo Ella resuelve todos los problemas". En la base del cuadro, en tamaño mucho menor, se ve otro Ángel que lleva de la mano a un hombre; según algunos, sería el Arcángel San Rafael conduciendo a Tobías, conforme lo narrado en el Libro de Tobías; según otros, el hombre no es Tobías sino que representa un fiel que es conducido por su Ángel de la Guarda, bajo la mirada benigna de la Reina de los Ángeles.
Como fondo del cuadro aparecen vuelos de ángeles.
Siempre se entendió que el pintor quiso, con ese conjunto de símbolos, representar a la Santísima Virgen tal como Ella es vista por San Irineo de Lyon (+202), o sea, como desatando el gran nudo de la Historia que es el Pecado Original.
 
La primera idea que nos sugiere el título de Nuestra Señora la que Desata los Nudos es Ella desatando nuestros nudos, o sea, resolviendo las incontables dificultades y problemas que incomodan y perjudican nuestra vida. En este caso, el sustantivo nudos, está tomado en sentido metafórico, para significar todo cuanto nos enreda y crea dificultades.
Es correcto pensar de ese modo, porque María Santísima, nuestra Madre, efectivamente procede con nosotros como las buenas madres habitualmente proceden con sus hijos y así, nos libra de innumerables lazos y problemas.
No es ese, sin embargo, el único ni el más alto significado del título de la que Desata los Nudos.
Por más que nuestros nudos individuales, subjetivamente hablando, puedan ser importantes para nosotros, mucho más lo es el gran nudo de la Historia. Ahora bien, Nuestra Señora efectivamente desató ese gran nudo.
 
Devoción muy indicada para nuestros días
 
En esta época de crisis y caos, el hombre vive siempre sobresaltado, cercado de peligros y dificultades: en la vida personal, en la familiar, en los ambientes de trabajo, en las luchas cotidianas.
Su vida corre a velocidad rápida; más aún, vertiginosa. A todo momento surgen nuevos desafíos, nuevos riesgos y peligros. Un sentimiento parece dominar su existencia: la aflicción.
Cada vez más los hombres se sienten enredados en innumerables dificultades que lo atormentan; no consiguen "desatar los nudos" y librarse de los mismos.
Ahora bien, la acción de Nuestra Señora sobre las almas puede ser comparada, metafóricamente, a la de quien deshace un nudo.
Nuestro Señor Jesucristo, en lo alto de la Cruz, se dirigió a su Madre y señalando al Apóstol San Juan, dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Juan 19, 26). Unánimemente, los Santos, los Papas y los Padres de la Iglesia comentan que Nuestro Señor, cuando designó a San Juan como hijo de la Santísima Virgen, estaba confiriéndole la maternidad de todos los fieles representados por San Juan. De hecho, Nuestra Señora es nuestra Madre, Ella es Madre de todos y cada uno de nosotros individualmente considerados.
En todas nuestras dificultades y aflicciones, siempre sentimos su maternal protección, ayudándonos y aliviándonos como sólo saben hacerlo las madres. A veces Ella actúa de modo maravilloso y soberano, con una rapidez y eficacia impresionantes; otras veces, actúa de modo discreto y sereno, pero no con menos eficiencia.
Siempre su acción -es interesante notarlo- produce en nuestras almas el alivio que sentimos cuando conseguimos, después de un esfuerzo no pequeño, "desatar un nudo".
En todas las circunstancias de nuestra vida, siempre tendremos ocasión de experimentar la bondad misericordiosa de Nuestra Señora la que Desata los Nudos. En la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad, siempre nos será de valor esa Dama celestial que es Madre de Dios y que, en su Misericordia, el Señor quiso también que fuese nuestra Madre.
 
Oración
 
Santa María, llena de la Presencia de Dios, durante los días de tu vida aceptaste con toda humildad la voluntad del Padre, y el Maligno nunca fue capaz de enredarte con sus confusiones. Ya junto a tu Hijo intercediste por nuestras dificultades y, con toda sencillez y paciencia, nos diste ejemplo de cómo desenredar la madeja de nuestras vidas.
Y al quedarte para siempre como Madre nuestra, pones en orden y haces más claros los lazos que nos unen al Señor.
Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, tú que con corazón materno desatas los nudos que entorpecen nuestra vida, te pedimos que recibas en tus manos a........................................................................y que lo libres de las ataduras y confusiones con que lo hostiga el que es nuestro enemigo.
Por tu gracia, por tu intercesión, con tu ejemplo, líbranos de todo mal, Señora nuestra, y desata los nudos que impiden nos unamos a Dios, para que, libres de toda confusión y error, Lo hallemos en todas las cosas, tengamos en Él puestos nuestros corazones y podamos servirle siempre en nuestros hermanos. Amén.
 

jueves, 8 de mayo de 2014

EL EMPEÑO ECUMÉNICO

La fuerza del Espíritu de Dios hace crecer y edifica la Iglesia a través de los siglos. Dirigiendo la mirada al nuevo milenio, la Iglesia pide al Espíritu la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con los demás cristianos.
 
¿Cómo alcanzarlo? En primer lugar con la oración. La oración debería siempre asumir aquella inquietud que es anhelo de unidad, y por tanto una de las formas necesarias del amor que tenemos por Cristo y por el Padre, rico en misericordia. La oración debe tener prioridad en este camino que emprendemos con los demás cristianos hacia el nuevo milenio.
 
La oración, la comunidad de oración, nos permite reencontrar siempre la verdad evangélica de las palabras «uno solo es vuestro Padre» (Mt 23, 9), aquel Padre, Abbá, al cual Cristo mismo se dirige, Él que es Hijo unigénito de la misma sustancia. Y además: «Uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos» (Mt 23, 8).
 
La «oración ecuménica» manifiesta esta dimensión fundamental de fraternidad en Cristo, que murió para unir a los hijos de Dios dispersos, para que nosotros, llegando a ser hijos en el Hijo (cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la inescrutable realidad de la paternidad de Dios y, al mismo tiempo, la verdad sobre la humanidad propia de cada uno y de todos.
 
¿Cómo alcanzarlo? Con acción de gracias ya que no nos presentamos a esta cita con las manos vacías: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26) para disponernos a pedir a Dios lo que necesitamos.
 
¿Cómo alcanzarlo? Con la esperanza en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y los recuerdos dolorosos de la separación; El nos concede lucidez, fuerza y valor para dar los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño sea cada vez más auténtico.
 
Si nos preguntáramos si todo esto es posible la respuesta sería siempre: sí. La misma respuesta escuchada por María de Nazaret, porque para Dios nada hay imposible.
 
Vienen a mi mente las palabras con las que San Cipriano comenta el Padre Nuestro, la oración de todos los cristianos: «Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo».
 
Al alba del nuevo milenio, ¿cómo no pedir al Señor, con impulso renovado y conciencia más madura, la gracia de prepararnos, todos, a este sacrificio de la unidad?

SAN JUAN PABLO II

Que Dios incluya en este Rosario lo que le falta…



Reina del Santísimo Rosario, ruega por nosotros, para que Dios incluya en este Rosario que está acabando su pobre siervo lo que le falta. Eres tú la que me has dado este puñado de granos de madera en el año mil novecientos cincuenta en que me convertí.
Recuerdo a Dios en el jardín del hospital, la banda ingenua, el descenso de la cosecha bajo la brisa, las mujeres que, al acercarse la custodia, se doblaban como trigo segado.
Mi Rosario está dicho. Tengo la cruz áspera en mi mano al escribir estas líneas. Sé cuanta fuerza he sacado aquí desde el día que pensé que estaba muerto, hasta el momento cuanto, lleno de vida eterna, escucho, seguro de mi mismo, el viento (…)
Alabaré a mi Dios y pondré ante él mi corazón contra la tierra. Este puñado de granos, Oh Virgen, aquí te presento la pobre gavilla que produjo.



Francis Jammes
La coronación de la Santa Virgen (Oración)
En Le Rosaire au Soleil, Mercure de France, 1917

www.spiritualite-chretienne.com
Fuente:http://www.mariedenazareth.com/

miércoles, 7 de mayo de 2014

Cómo fueron capaces Jesús y María de ser perfectos en medio de la angustia


Pregunta: Estimado Padre John, frecuentemente, usted ha dicho cosas como «muy probablemente no proviene del Espíritu Santo la turbación interior que esta situación te esté causando». Me parece que san Ignacio dice algo similar cuando habla sobre el discernimiento del espíritu. Considerando que Jesús y María eran perfectos, ¿cómo puede usted explicar la gran angustia y tristeza que Jesús sintió en el huerto de Getsemaní o la ansiedad y miedo que María sintió cuando Jesús estuvo perdido por tres días? ¿No se supone que estas condiciones indican la ausencia del Espíritu Santo o algún tipo de imperfección del alma?

Respuesta: Iniciemos con el punto que hace san Ignacio y luego reflexionaremos sobre las experiencias de Jesús y María.

Básicamente, los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola son una guía para los directores de retiros que esboza una serie de temas de meditación, métodos de oración y principios para ayudar en el proceso de "discernimiento de los espíritus". El primer conjunto de principios de discernimiento trata sobre la interpretación de la experiencia del consuelo espiritual y de la desolación espiritual. San Ignacio entra en grandes detalles para definir esos términos y describir lo que quiere decir con ellos. Hace esto para ayudar a quienes asisten a un retiro, y a sus directores, a identificar y procesar lo que sucede dentro del alma cuando una persona busca seguir más de cerca de Dios. En las primeras dos reglas para el discernimiento de los espíritus, él hace dos observaciones cruciales.


Dos datos importantes


Primero, señala que dos «espíritus» están interesados en influenciar nuestras almas: El espíritu bueno (Dios y los mensajeros de Dios, como son los ángeles) y el espíritu malo (el diablo y sus secuaces). Dios desea dirigir, guiar y acercar más a cada uno de nosotros hacia Él mismo; el demonio quiere obstruir nuestro progreso hacia Dios y, si es posible, alejarnos totalmente de Él. Pero ambos «espíritus» tienen que trabajar dentro de los límites de la naturaleza humana, influenciándonos desde dentro de nuestra alma donde experimentamos sentimientos, atracciones, repugnancias, pensamientos, recuerdos, deseos... Al reflexionar sobre esas experiencias interiores, y al interpretarlas, ejercitamos nuestra libertad y tomamos decisiones, éstas nos llevan o bien a acercarnos a Dios o a distanciarnos de Él. Por eso, san Ignacio consideró tan importante poder identificar la fuente de esas experiencias interiores; necesitamos saber si están siendo causadas por el enemigo de nuestra alma en un esfuerzo por impedir nuestro progreso espiritual, o si son alientos y susurros de Dios.

Segundo, san Ignacio distingue dos estados básicos en los cuales cada persona puede encontrarse. Por un lado, una persona puede estar en el camino del pecado, y vivir la vida buscando solamente la felicidad en diferentes ídolos en lugar de buscarla en una relación de obediencia y amor a Dios. Por el otro, una persona puede estar en el camino a la santidad, buscando crecer en su amistad con Dios y purificando su alma de aquellos afectos desordenados que perjudican esa amistad.


Influencias contrarias


Dios y el demonio influenciarán a una persona de maneras opuestas, dependiendo del camino en que se encuentre. Si alguien está en el camino del pecado, el demonio tratará de hacer que esa persona se sienta contenta, satisfecha y pagada de sí misma, a fin de mantenerla moviéndose de pecado en pecado –lejos de Dios. Dios, por su parte, despertará sentimientos de insatisfacción e inquietud en esa alma, a través del remordimiento de conciencia, de anhelos internos de «algo más» y a través de la luz de la razón que clama se busque el sentido de la vida y la verdad.

Si alguien está en el camino de la santidad, sucederá lo contrario. El demonio despertará desagrado, confusión, razonamientos falsos, inquietud –cualquier cosa para impedir el progreso del alma o la engañará para que deje «la entrada estrecha y el camino angosto que lleva a la Vida» (Mateo 7,14). En esta situación, Dios confirmará y confortará al alma, le dará serenidad, fortaleza –animará a la persona a seguir adelante en su búsqueda de una intimidad más profunda con Él.

Entonces, el pan de cada día del crecimiento espiritual consiste en rechazar las influencias del espíritu maligno y cooperar con la orientación del espíritu bueno.


«Un duro combate»


Por tanto, podrás ver que cada alma es realmente un campo de batalla donde los impulsos naturales, las reacciones y los deseos están siempre presentes, pero donde las influencias supernaturales –tanto las buenas como las malas – también están trabajando constantemente. Es por esto que la Iglesia enseña de manera tan clara y consistente que la vida en la tierra es una continua batalla: «A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo» (Catecismo Católico n. 409). Ésta es también la razón de porqué, cuando nuestro Señor prometió darnos el don de la paz, también explicó «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Juan 14,27).



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La tierra no es el cielo


En otras palabras, mientras estemos de peregrinos en el mundo, no experimentaremos la satisfacción completa y la plenitud que Dios está preparando para nosotros en el cielo. A medida que crece nuestra relación con Dios, nuestra experiencia de felicidad interior se irá profundizando y madurando, pero siempre estará acompañada de los pesares que necesariamente fluyen de la vida en un mundo caído. «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mateo 5:5). Asimismo, siempre estará acompañada por el combate espiritual (ver Efesios 6,10-20 y 1 Pedro 5,8) que nos rodea y perturba nuestra alma, el cual Dios permite pero también limita; «Fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará el modo de poderla resistir con éxito» (1 Corintos 10,13).

Ahora, espero que puedas comprender mejor por qué Jesús y María, experimentaron pesares, angustias y ansiedades durante su vida en la tierra. Ambos fueron plenamente humanos y aunque estuvieron exentos de la concupiscencia que el resto de nosotros heredó del pecado original (concupiscencia es esa división interior por la cual nos encontramos fuertemente atraídos al egoísmo y al mal), los dos vivieron su misión en un mundo caído y participaron completamente en «el duro combate con los poderes del mal».


La ansiedad de Jesús y María


El huerto de Getsemaní no fue el único episodio en la vida de Cristo donde Él sufrió: lloró por la muerte de Lázaro, experimentó frustración por la lentitud de sus seguidores para comprender su mensaje, enfrentó intensas tentaciones en el desierto, sufrió santo enojo ante la terca hipocresía de los fariseos y la mundanidad de los líderes del templo... En Getsemaní, y durante su Pasión, sus sufrimientos alcanzaron su máxima intensidad, porque fue entonces que tomó sobre sí mismo la culpa de nuestros pecados, de todo pecado: «A quien no conoció pecado, le hizo pecado (Dios) para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Corintios 5,21). Esto, para una naturaleza humana tan pura en amor y santidad, fue el mayor de los tormentos. Al mismo tiempo, el demonio hizo todo lo posible para disuadir a nuestro Señor de seguir adelante con la voluntad del Padre. Obviamente, Jesús estaba en el camino de santidad, por tanto el demonio suscitó una turbación interior para desviarlo del camino, pero Jesús respondió con oración y obediencia, y el espíritu bueno lo consoló y lo fortaleció: «Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba» (Lucas 22,43). Éste es un ejemplo para todos nosotros que debemos imitar.

María sufrió cuando Jesús se le perdió durante tres días porque se había quedado en el templo, pero ciertamente ella sufrió a lo largo de toda su vida, especialmente durante la pasión y muerte de su divino Hijo, cuando la profecía de Simeón de que una espada atravesaría su corazón se cumplió. (ver Lucas 2,35) Esta turbación interior también fluyó de un mundo caído, donde el pecado y el mal chocan contra nuestra naturaleza como tormentas, oleajes e inundaciones (ver Mateo 7,24-27). Pero ella no permitió que este sufrimiento, esta turbulencia, esta ansiedad, minara su fe y su confianza en Dios, ni siquiera en el Calvario, «Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre...» (Juan 19,25). Ella estuvo firme y fiel porque su amor era verdadero y total. Al igual que todos nosotros, ella también creció en su relación con Dios a través de los sufrimientos que la vida, en un mundo caído, le impuso, ejercitando su confianza, su valor, su amor, su resistencia en medio de ellos: «... Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hechos 14,22).




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En resumen, continuamente seguiremos experimentando tanto el consuelo como la desolación en el campo de batalla de nuestras almas. Lo que importa es cómo reaccionamos en cada ocasión. La verdadera luz del progreso espiritual –la voluntad de Dios- brilla fuerte y luminosa aun en las tormentas y siempre debemos alzar nuestros ojos a ella, guiando cada decisión de acuerdo a su luz salvadora: «Jesús les dijo, "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra"» (Juan 4,34).

http://la-oracion.com/articulos/como-rezar/item/4075-como-fueron-capaces-jesus-y-maria-de-ser-perfectos-en-medio-de-la-angustia.html

 

Dame tus ojos, Señor...



Dame tus ojos, Señor, quiero ver como tú ves; dame tu entendimiento, quiero entender, como tú entiendes, dame tu corazón, para tener tus mismos sentimientos. Enséñame a permanecer en paz mientras está la tormenta y dejándote actuar, pues sé que es ahí donde tu poder se manifiesta con mayor majestad.



 Hoy, a pesar de cualquier situación difícil que viva, mantendré una actitud de paz y de fe en que es el Señor, quien está moldeando mi vida.

martes, 6 de mayo de 2014

¡Caminemos con esperanza!



¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos. ¿No ha sido quizás para tomar contacto con este manantial vivo de nuestra esperanza, por lo que hemos celebrado el Año jubilar? El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza «que no defrauda» (Rm 5,5).

Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Los caminos, por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias camina, son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo, donde al atardecer del día «primero de la semana» (Jn 20,19) se presentó a los suyos para «exhalar» sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos en la gran aventura de la evangelización.

Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la he presentado e invocado como «Estrella de la nueva evangelización». La indico aún como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. «Mujer, he aquí tus hijos», le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz, ante Ella, del cariño filial de toda la Iglesia.



SAN JUAN PABLO II
CARTA CARTA APOSTÓLICA “NOVO MILLENNIO INEUNTE”  


http://www.karol-wojtyla.org/Default.aspx
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