María es Reina, pero su trono nunca la alejó de nosotros. Al contrario: cuanto más cerca está del corazón de Dios, más cerca permanece de nuestras heridas.
Su realeza no se impone con poder ni busca ser servida. María reina como aprendió de Jesús: amando, sirviendo, intercediendo y permaneciendo.
Es Reina del Cielo, pero también es la Madre que conoce nuestras lágrimas; la que escucha esas oraciones que pronunciamos cuando ya no sabemos qué decir; la que toma nuestras súplicas y las lleva hasta el corazón de su Hijo.
Santa Teresita decía algo bellísimo: «La Santísima Virgen es Reina del Cielo y de la Tierra, pero es más Madre que Reina».
Y quizá ahí está el misterio más hermoso: tenemos una Reina que podemos llamar Mamá.
Por eso, cuando la vida pese, cuando tengas miedo o cuando el camino se vuelva incierto, no temas acudir a María. Ella jamás se queda con nuestra mirada: siempre la conduce hacia Jesús.
Hoy dile desde el corazón:
Salve, Reina y Madre de misericordia. Tómame de la mano y llévame siempre hacia tu Hijo. Amén.
Fuente:IsraelMercado


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