Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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domingo, 12 de agosto de 2018

RECIBIMOS AL MISMO CRISTO EN LA EUCARISTÍA



La Eucaristía es acto central de la Iglesia católica y el acto supremo de culto a Dios. El mismo Cristo que se ofreció a sí mismo una vez en el altar de la cruz, está presente y se ofrece en la Misa. 

No es otro sacrificio, no es una repetición. 

Es el mismo sacrificio de Jesús que se hace presente, pero esta vez de manera incruenta.

Cristo está presente en el cielo y también en el altar, y se entrega cada día al Padre como el Viernes Santo. 

La Misa es un sacrificio de propiciación (aplaca la justicia divina) por nuestros pecados. 

La Misa es un memorial: Se conmemora la muerte de Jesús, pero no como un recuerdo psicológico, sino como una REALIDAD MÍSTICA.

Cristo se ofrece a sí mismo tan realmente como lo hizo en el Calvario. Decía el Padre Pío, que debemos de vivir la Misa como María Magdalena, al pie de la cruz.

La Misa es un banquete sagrado: El mismo Cristo que se ofrece, lo recibimos en la Eucaristía. La Misa es el medio principal que Dios ha establecido para aplicar los méritos que Cristo ganó en la Cruz para toda la humanidad. 

 La Eucaristía es prenda de la gloria futura. Es la fuente, el corazón y la cumbre de toda la vida cristiana. 

 En la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: Jesucristo, que asocia a su Iglesia, y a todos sus miembros, a su sacrificio pascual, ofrecido una vez por todas en la cruz al Padre; y, por medio de este sacrificio, derrama la gracia de la salvación sobre su Cuerpo que es la Iglesia. 

La Santa Misa y el sacrificio de la Cruz son un único sacrificio, pues se ofrece una y la misma víctima: Jesucristo. Sólo es diferente la manera de ofrecerse: Cristo se ofreció a sí mismo una vez en la cruz de manera cruenta –con derramamiento de sangre–, mientras en la Eucaristía se ofrece por el ministerio de los sacerdotes de modo incruento –sin derramamiento de sangre–. Así, el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual. Y cuantas veces se celebra la Eucaristía, se realiza la obra de nuestra redención. 

(Reflexiones católicas)


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