Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

domingo, 4 de marzo de 2018

Tengo sed!


¡Tengo sed! ¿Qué quiere decir esta sed de Cristo? ¿Qué significa esta voz que resuena en el Calvario y a través de los siglos?

María está allí, pero Él no le pide a Su Madre. Pide a los soldados, pide a los que le estamos matando, a todos nosotros. De María no tiene sed. María le ha saciado, María ha colmado y calmado su sed.

La sed física de Jesús debió de ser extrema. Nos podemos imaginar: la lengua partida, los labios resecos, el paladar como una teja… todo ello por la pérdida de sangre. ¡Una sed tremenda!

Era un tormento para Él esa sed física en ese momento, una sed que le abrasaba y Él grita esa sed, grita su sed física. Pero gritando esa sed, grita una sed mucho más profunda: la sed ardiente de Jesús es sed de que el Padre sea conocido y amado, sed de darnos Agua Viva, sed del don del Espíritu Santo. Óyele como nos dice: “¡Tengo sed! ¡Tengo sed de ti! ¡Tengo sed de tu fe, de tu amor, de tu entrega! ¡Tengo sed de unirte a Mí! ¡Tengo sed de entrar en ti, de inundarte, de anegarte, de empaparte con Mi Espíritu Santo!” ¡Jesús tiene sed de mi sed! ¡Jesús tiene sed de que yo tenga sed de Él!

“Si conocieras el don de Dios, tendrías sed de Él y lo pedirías, y Jesús te lo daría.” Nosotros, un poco como la Samaritana, podríamos decirle: “Pero, Señor, ¿cómo me vas a dar Tú agua a mí, si estás muerto de sed, si tienes una sed ardiente?”

La sed de Cristo es la sed de la fuente. Si una fuente tuviera sed, tendría sed de que vinieran a beber del agua que mana de ella. Jesús tiene sed de derramar en ti la vida divina, sed de que dejes paso en tu corazón y en todo tu ser a la misericordia de Su Corazón que ansía derramarse en el mundo.

Podría decirte también a ti el Señor: ¿Tuve sed, y no me diste de beber?

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