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domingo, 24 de febrero de 2013

La transfiguración del Señor.




Hoy, en el segundo domingo de Cuaresma, la liturgia de la palabra nos lleva a ser testigos con Pedro, Santiago y Juan de un momento sublime donde Jesús nos muestra su divinidad: es la transfiguración del Señor. 

Los tres Apóstoles, aquí al igual que en Getsemaní, caen rendidos en el sueño debido al cansancio que tenían. Pero Jesús sigue presente, no se cansa de esperar. San Lucas muestra de manera muy profunda a Jesús orante, al Hijo de Dios que siempre está unido al Padre. Cristo nos enseña a orar, a dialogar con el Padre, a subir al monte Tabor para después bajar hasta los hombres y darles el amor que hemos recibido de Dios. La transfiguración del Señor se produjo "mientras oraba" (Lc 9,29). Es interesante profundizar en ese matiz.

Pedro, Juan y Santiago se despertaron y "vieron su gloria" (Lc 9,32). Vieron también a Moisés y Elías que hablaban con Él de la próxima muerte que iba a realizarse en Jerusalén para la remisión de los pecados. Los Apóstoles guardaron silencio porque Cristo lo pidió, pero después de la resurrección contaron la experiencia del 'Tabor' a los hombres. Recibieron ese consuelo espiritual para que pudieran enfrentarse mejor a la terrible realidad que les esperaba: la muerte y la resurrección de Jesús, el Hijo encarnado.

Este Evangelio nos hace recordar que la Cuaresma es un momento muy especial para orar, para estar en comunicación con el Padre, permitiendo que nuestra relación con el Señor sea más íntima, familiar, cercana. En estos momentos de crisis de fe a nivel mundial es de extrema urgencia dejarnos extasiar por el rostro del Transfigurado para poder decir al mundo: Jesús es Dios, Él ha muerto por nuestros pecados y está resucitado, vivo, realmente presente en la Eucaristía. 

Nosotros somos Apóstoles del siglo XXI mandados por Jesús a proclamar la buena noticia: la de la salvación, la alegría de sabernos amados por un Dios que es cercano. Aprendamos de Pedro, de Santiago y Juan que después de contemplar la gloria del Hijo, después de vivir los tormentos de la Pasión del Señor y tres días después verlo vivo y glorioso, dieron testimonio a todo el orbe de la verdad que defendían con sus palabras, con sus obras, entregando la propia vida en el martirio para defender toda la doctrina. Esa es la fuerza del resucitado, la que es capaz de hacer que un hombre entregue la vida por amor.

Señor, que entreguemos día a día nuestra vida por amor. Tu rostro, lleno de compasión y misericordia, bastará para cambiarnos.

Dios nos siga bendiciendo.
 





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