Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

viernes, 23 de agosto de 2013

Ser valiente



No es difícil ser valiente, sentirse valiente, cuando todas las cosas nos van saliendo bien; y aún tampoco es difícil sentirse valiente mientras se está en la lucha. 

Es que la lucha templa los aceros del espíritu. Pero sentirse valiente en la derrota, eso ya no es tan fácil. 

Sentirse con ánimo de seguir adelante cuando todo se derrumbó, cuando todo salió mal, cuando todo se complica, eso es propio solamente de los verdaderos valientes.

Sentirse con fuerza y ánimo aún en la propia derrota, eso está reservado a los hombres auténticos, que han puesto su confianza en Dios, que de la derrota más humillante son capaces de hacer surgir la más espléndida victoria.

No te olvides de que las grandes victorias pueden estar muy cercanas a las grandes derrotas; está en ti, en cada uno de nosotros, y en Dios, el que la derrota se convierta en victoria. 

celebrandolavida.org

jueves, 22 de agosto de 2013

San Imprudente



Una «virtud» maniatadora que nos invitaría a apostar siempre por el «no» en caso de duda o de riesgo




Gilbert Cesbron se pregunta en uno de sus libros si la prudencia es «todavía» una virtud. Y Bernanos -mucho más radical- dice rotundamente que «la prudencia es la coartada de los cobardes». Algo muy parecido suelen pensar todos los jóvenes que dicen estar hartos de que amordacen su fuego a base de consejos prudentitos. Y habría que reconocer, cuando menos, que la palabra «prudencia» tiene dos sentidos muy diferentes, dependiendo de que la pronuncie un santo o un mediocre. Para este último, desde luego, todos los santos han sido imprudentísimos.

Me ha impresionado releer el otro día los informes que unos «prudentísimos» superiores daban hace tres siglos sobre San Pedro Claver. Helos aqui:

Informe de 1616 - Ingenio: por debajo de la mediocridad. Prudencia: escasa. Aprovechamiento en las letras: exiguo. Carácter: colérico.

Informe de 1642 - Ingenio: mediocre. Juicio: mediocre. Prudencia: exigua. Adelantamiento en las letras: bueno. Carácter.- muy melancólico

Informe de 1649 - Ingenio: bueno. Juicio: mediocre. Prudencia: exigua. Experiencia de la vida y de las cosas: mediocre.

Un desastre, como puede verse. A San Pedro Claver, ciertamente, ninguno de sus tres superiores le habría canonizado. Pero parece que el Espíritu Santo pensaba de otra manera. Y hoy conocemos a esos tres superiores porque firman esos ingenuos informes. Y a San Pedro Claver le tenemos en los altares, tal vez para que sirva de patrono a tantos audaces que fueron calificados de imprudentes por superiores cobardes.

Entonces, ¿hay que decir adiós a la prudencia como virtud? No, ciertamente, pero sí habría que revisar el concepto de prudencia que suele circular por este mundo, ya que es un hecho que todos los santos han sido considerados excesivos, imprudentísimos.

Y tal vez empecemos a entendernos si recordamos aquellas dos preciosas definiciones que de esta virtud daban San Agustín y Santo Tomás. La de San Agustín era más aguda y brillante: «La prudencia es un amor que elige con sagacidad.» La de Santo Tomás es más concreta e iluminadora: «La prudencia es una virtud que se refiere a los medios y nos dice cómo debemos hacer lo que debemos hacer».

Esto ya es otra cosa. Entonces la prudencia no sería esa extraña forma de comodidad que nos invitaría a dejar de hacer lo que debemos hacer cuando el hacerlo nos trae problemas o disgusta a alguien, que es como la prudencia suele entenderse en nuestro mundo, una «virtud» maniatadora que nos invitaría a apostar siempre por el «no» en caso de duda o de riesgo. Prudente sería, entonces, el que nunca asume un riesgo. El egoísta -que prefiere no tener problemas a cumplir con su deber.

Para Santo Tomás, lo que se debe hacer se debe hacer. La prudencia es sólo la amorosa reflexión para encontrar los mejores modos de hacerlo. No la virtud que dice: «No comas esa fruta», sino la que nos dice: «Antes de comerla piensa si está ya madura, porque si la comes demasiado pronto estará ácida y porque si, por vacilaciones o miedos, la dejas más tiempo del justo sin comerla la comerás cuando ya esté podrida». No es la virtud que nos dice: «Cállate, no digas la verdad», sino la que nos invita a decir la verdad, de tal manera que no hagamos daño ni a la misma verdad ni a quienes la escuchan.

Suele decirse que hay verdades que no deben ser dichas. Personalmente pienso que toda verdad puede y debe ser dicha. Siempre que, por amor a la propia verdad, se diga dónde, cuándo y cómo debe decirse. Y no es prudente el que se calla la verdad. Es prudente el que reflexiona con seriedad sobre el modo y la ocasión de decirla.

Se ha escrito que una herejía es una verdad que se ha vuelto loca, una verdad que se ha dicho antes de tiempo o que se ha expresado de manera incompleta y desequilibrada. Es cierto: todos los herejes tenían parte de razón, pero añadieron las suficientes dosis de su propio desequilibrio para que sus verdades resultaran falsas. Y quizá, con su precipitación o su falta de medida, impidieron que esas verdades madurasen en ellos y quizá se retrasasen un siglo en su maduración para los demás.

La prudencia no es, entonces, una forma defensiva del egoísmo que me evita problemas e incomprensiones. La prudencia es un amor que elige, un amor a la propia verdad o a la propia acción que emprendemos. Y se cuida lo que se ama.

¿Y cuando la prudencia ha elegido ya los modos en que se debe hacer lo que va a hacerse? Entonces, esa prudencia se retira y deja paso a la audacia. Porque cuando la virtud de la prudencia no abre la puerta a la otra virtud de la audacia... las dos se pudren.




Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor
Virtudes y Valores de Catholic.net

miércoles, 21 de agosto de 2013

Tiempo perdido



¿Tiempo perdido?

Es aquel en el cual no nos entusiasma ya nada, ni disfrutamos tampoco de nada, ni amamos a nadie.

¿Tiempo perdido?

Aquél en el cual cruzamos por un lugar o un momento, sin tener plenamente conciencia de ello por estar siempre añorando al otro tiempo:  al  ya  muerto,

o preocupándonos por aquél que aún no ha nacido.

¿Tiempo perdido?

Aquél en el cual no se aprende ya nada, ni damos nada, ni esperamos nada de nadie; aquél que construimos con mil esperanzas amortajadas

o tan sólo un intento fallido.

¿Tiempo perdido?

Aquél en el cual nos culpamos de todo, odiamos a todos y sufrimos de todo, permitiendo que un estúpido miedo o un abrupto enojo nos convierta en un individuo vencido.

¿Tiempo perdido?

Aquél que, de repente y sin darnos cuenta, ya se ha ido por guardar avariciosamente una espontánea sonrisa, un dulce “te quiero”,un esperado perdón o un olvido.

¿Tiempo perdido?

Aquél en el cual decidimos guardar tras un viejo armario el respeto a los demás o a nosotros mismos y en el que, además, cínicamente gritamos: “¡que bien a mí me ha ido!”

¿Tiempo perdido?

Aquél que se aparece en el umbral de nuestra muerte y al cual le echamos la culpa de todo lo que fallamos o de la mala suerte, en vez de reconocer que a Dios lo pusimos siempre de lado y en un lugar escondido.

¿Tiempo perdido?

Aquél que, tú y yo, permitamos que siga fluyendo sin mayor conciencia, amor o esfuerzo, evitando de esa forma que nuestro ser pueda al cien por ciento vivirlo.

Eduardo Orellana
celebrandolavida.org

martes, 20 de agosto de 2013

TODO EL MUNDO ESPERA LA RESPUESTA DE MARÍA


De las Homilías de San Bernardo, Abad, sobre las excelencias de la Virgen Madre

Hoy San Bernardo - clik en la imagen para ver  biografía
 
(Homilía 4, 8-9: Opera Omnia, Edición Cisterciense, 4 [1966] 53-54)
Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el Ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.
Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.
Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.
Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.
Da pronto tu respuesta. Responde presto al Ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del Ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.
¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.
Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.


 http://www.caminando-con-maria.org/MESDEMARIA/SANBERNARDOYLAVIRGENMARIA.htm

lunes, 19 de agosto de 2013

Sé qué es sufrir



Vivir con la seguridad de la fe y la fuerza de la esperanza no es motivo de orgullo, pero sí de gran satisfacción.

Por eso no extraña que el célebre Fernando de los Ríos dijera una vez a Manuel de Falla:

– Qué feliz es usted por creer.

Y Falla le contestó:

– Don Fernando, empiece usted por practicar; hay quien nace con fe y otros tenemos que luchar por mantenerla.



De fe se tuvo que armar santa Teresita, quien, nueve días antes de morir, habiéndole ponderado su hermana Inés lo terrible de su enfermedad y lo muchísimo que sufría, comentó:

“Sí. Qué gracia más grande es tener fe.

Si no hubiera tenido fe, me hubiera matado sin dudarlo”.

El médico afirmó de ella: “Es horrible lo que padece”.

Y estas palabras se quedaron cortas ante las de la misma santa:

“¡Nunca hubiera creído que fuese posible sufrir tanto!”.



El mundo sigue sufriendo.Millones de personas pueden repetir con el salmista:

“Las lágrimas son mi pan día y noche”. (Sal 42, 4)

El sufrimiento, sobre todo el injusto, sigue siendo un gran mal.

Y es más inaguantable cuando nos faltan la fe y el amor.

Es éste el que nos salva. Es el amor el que da valor al sufrimiento. “La extrema grandeza del cristianismo proviene del hecho de que no busca un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino que hace un uso sobrenatural del mismo”. (Simone Weil)



Dios no quiere que suframos, pero tampoco ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera ha venido a explicarlo.

Ha venido a llenarlo con su presencia. A Dios no podemos echarle en cara: “Tú no sabes lo que es sufrir”. (Paul Claudel)



Ante cualquier problema, enfermedad o dolor, el ser humano, sobre todo el que no tiene fe, se siente desconcertado y se hace muchas preguntas. Pero “Cristo no responde directamente ni en abstracto a estas preguntas humanas…

El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo”. (SD 26)

“A medida que el hombre toma su cruz uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento.

En Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que, fuera de su Evangelio, nos aplasta”. (GS 22)

Cristo se ha comprometido con el sufrimiento. Con él hay esperanza y victoria segura.



El sufrimiento purifica. Ante cualquier tragedia o cruz, sobran todas las explicaciones. Sólo la fe, el silencio y el misterio tienen la respuesta acertada.

Cuando el dolor aprieta, cuando las calamidades públicas azotan sin compasión, en momentos de dificultad la gente eleva los ojos a Dios.

Así rezan estos versos:

“En un pueblo de la costa, cuando el mar da poca pesca, a la iglesia van los hombres. Cuando mucha, a la taberna”.

P. Eusebio Gómez Navarro OCD 
celebrandolavida.org
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