Señor Jesús, hoy vengo ante ti con el corazón quebrantado y la frente baja, reconociendo mi ingratitud.
Te pido perdón desde lo más profundo de mi ser por haberte dejado en el olvido, por permitir que el ruido del mundo y mis propios afanes silenciaran tu voz y me hicieran ignorar tu presencia constante.
Me arrepiento profundamente por no valorar el peso de tu sacrificio. Me duele reconocer que muchas veces vivo como si tu entrega en la cruz no hubiera tenido un precio, despreciando con mi indiferencia el dolor que sufriste por mi libertad.
Perdóname por no agradecerte cada respiro y por ser incapaz de ver tu mano en cada bendición que me regalas.
Límpiame, Señor, y crea en mí un corazón nuevo que no se canse de alabarte. Que tu muerte no sea en vano en mi vida; enséñame a vivir con la conciencia de que soy amado a un precio infinito y que mi mayor propósito es honrarte.
Gracias por tu paciencia y por tu amor inagotable, que me recibe incluso cuando me he alejado.
Amén.

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