Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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sábado, 25 de abril de 2026

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25).

 


Muchos no se dan cuenta, pero una de las obras más finas del demonio hoy es distorsionar la imagen de la Iglesia.

No suele atacarla de frente.
Eso sería demasiado evidente.
Prefiere algo más sutil: hacer que se vea mal, que se perciba deformada, que incluso los propios fieles la miren sin fe.

1️⃣ La Iglesia no se niega directamente.
Se reduce.
Se presenta como una ONG, como un poder político o como una institución más dentro del mundo.
Se habla de ella solo en categorías humanas.
Y así se borra lo esencial: que es Cuerpo de Cristo, sacramento de salvación, lugar donde Dios actúa realmente.
Cuando se pierde esto, todo lo demás se interpreta mal.

2️⃣ Se convierte la fe en moralismo.
Como si la Iglesia fuera un conjunto de normas, prohibiciones y límites.
Se insiste en lo que “no se puede hacer”, pero se oculta lo que Dios hace en el alma.
La gracia desaparece del discurso.
Los sacramentos dejan de entenderse como encuentro con Cristo.
Y entonces la Iglesia parece una carga, cuando en realidad es el lugar donde el hombre recibe la vida de Dios.

3️⃣ Se absolutizan los escándalos.
El mal real existe, claro que sí.
Y la Iglesia es la primera interesada en purificarse.
Pero el demonio amplifica esos pecados hasta hacerlos parecer lo único que hay.
Mientras tanto, la santidad silenciosa —sacerdotes fieles, religiosos entregados, laicos que viven el Evangelio— queda completamente oculta.
Resultado: una visión profundamente desequilibrada.

4️⃣ Se fomenta la división interna.
Esto es especialmente grave.
Se siembra sospecha constante: unos contra otros, unos grupos contra otros.
Se alimenta la crítica continua al Papa, a los obispos, a los pastores.
Se introduce una lógica ideológica dentro de la Iglesia.
Y así se rompe la comunión, que es uno de sus signos más visibles.
Donde falta comunión, la Iglesia deja de ser reconocible.

5️⃣ Se desfigura al sacerdote.
El sacerdote no es un funcionario.
Es instrumento de Cristo, mediador de la gracia, hombre configurado sacramentalmente con el Señor.
Pero se le presenta como un privilegiado, como alguien sospechoso o incluso como un problema.
Al desacreditar al sacerdote, se debilita la confianza en los sacramentos.
Y al final, se enfría la vida de fe de los fieles.

6️⃣ Se ridiculiza lo sagrado.
Aquí el tono burlón hace mucho daño.
La liturgia se trivializa, se convierte en algo opinable o en un espectáculo.
El lenguaje de la fe se caricaturiza.
Las cosas santas se tratan con ligereza.
Y la burla es muy eficaz, porque desarma sin necesidad de argumentar.
Cuando se pierde el sentido de lo sagrado, se pierde el sentido de Dios.

7️⃣ Y cuando la Iglesia queda vaciada…
aparecen sustitutos.
Espiritualidades sin verdad, sin cruz, sin Iglesia.
Una religión a la carta, hecha a medida de cada uno.
La llamada Nueva Era y tantas corrientes actuales no eliminan lo religioso: lo desvían.
El corazón sigue buscando a Dios, pero ya no sabe dónde encontrarlo.

8️⃣ Incluso dentro de los fieles se introduce una mirada puramente humana.
Se juzga a la Iglesia como se juzga cualquier realidad del mundo.
Se pierde la fe en su misterio.
Y entonces todo escandaliza, todo desconcierta, todo parece incoherente.
Pero el problema no es la Iglesia: es la mirada sin fe.

9️⃣ El demonio no destruye lo verdadero.
No puede.
Pero sí lo deforma, lo caricaturiza, lo ensucia.
Y cuando logra que la Iglesia se vea solo desde fuera, solo con criterios humanos, ha ganado mucho terreno.

🔟 Por eso hoy más que nunca hace falta mirar a la Iglesia con fe.
Con realismo, sí, pero con fe.
Sabiendo que en ella actúa Cristo, que en ella se nos da la gracia, que en ella encontramos los medios de salvación.
Porque, a pesar de las debilidades humanas, sigue siendo el lugar donde Dios sale al encuentro del hombre.

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25).

Y ahí se juega todo.

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