Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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lunes, 7 de octubre de 2013

EL SANTO ROSARIO, UN TESORO PARA RECUPERAR



El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, 'proclamar' a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».
El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del Rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.





«Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, 
vínculo de amor que nos une a los Ángeles, 
torre de salvación contra los asaltos del infierno, 
puerto seguro en el común naufragio, 
no te dejaremos jamás. 
Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. 
Para Ti el último beso de la vida que se apaga. 
Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre,
oh Reina del Rosario de Pompeya, 
oh Madre nuestra querida,
oh Refugio de los pecadores,
oh Soberana consoladora de los tristes. 
Que seas bendita por doquier, 
hoy y siempre, en la tierra y en el Cielo». 
  





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