Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

martes, 22 de marzo de 2022

¡Misericordia inefable de Dios!

 

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” ¡Oh misericordia inefable de Dios! No sólo nos da un modelo de oración e instituye la regla de vida para que seamos gratos a sus ojos. No sólo saca las raíces de la cólera y la tristeza, con las palabras mismas que nos enseña y con las que nos pide de rezar continuamente. Más todavía. En la misma oración nos ofrece la ocasión y la facilidad para provocarlo a tener con nosotros un juicio indulgente y misericordioso. Nos da, en cierta forma, el poder de atenuar nosotros mismos nuestra sentencia y de obligarlo al perdón con el ejemplo de nuestra propia indulgencia, cuando decimos: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos…”.
Con la fuerza de esta oración, pediremos el perdón de nuestras faltas con seguridad, mostrándonos suaves con los deudores.(…) Si queremos ser juzgados con misericordia, seamos misericordiosos con los que han cometido faltas contra nosotros. Nos será perdonado en la medida que perdonamos a los que nos hicieron mal, cualquier haya sido su maldad. Muchos tiemblan ante este pensamiento y cuando en la iglesia, el pueblo recite el Pater, no dicen estas palabras por el temor de condenarse ellos mismos. No perciben que son vanas sutilidades y tratan vanamente de esconderlas a los ojos del Soberano Juez. Él quiso mostrar a quienes le rezan, la forma cómo él juzga. No quiere que lo encontremos severo e inexorable. Por eso nos marcó la regla de sus juicios, para que juzguemos a nuestros hermanos si ellos cometieron una falta con nosotros, como deseamos ser juzgados por él.
 
 
San Juan Casiano (c. 360-435)
fundador de la Abadía de Marsella
De de la oración, Conferencias (SC 54, Conférences VIII-XVII, Cerf, 1958), trad. sc©evangelizo.org
 

 
 

Reflexión Papa Francisco.

No es fácil, perdonar. Porque nuestro corazón egoísta siempre está apegado al odio, a la venganza, al resentimiento... Y cuando Dios nos perdona, olvida todo el mal que hemos hecho. Alguien dijo: "Es el mal de Dios" Él no tiene memoria, es capaz de perder la memoria, en estos casos. Dios pierde la memoria de las historias horribles de tantos pecadores, de nuestros pecados. Nos perdona y sigue adelante. Sólo nos pide: "Haz lo mismo: aprende a perdonar", no cargues con esta infecunda cruz de odio, y resentimiento, "lo pagarás". Esta palabra no es cristiana ni humana. La generosidad de Jesús que nos enseña que para entrar en el cielo hay que perdonar

pildorasdefe


 

lunes, 21 de marzo de 2022

Acoger a Cristo


La viuda de Sarepta acoge al profeta Elías con toda generosidad y agota toda su pobreza en su honor, aunque sea un extranjero de Sidón. Jamás había escuchado lo que dicen los profetas sobre el mérito de la limosna, y menos todavía la palabra del Cristo: " Tuve hambre y me disteis de comer " (Mt 25,35).
¿Cuál será nuestra excusa, si después de de tales exhortaciones, después de la promesa de recompensas tan grandes, después de la promesa del Reino de cielos y de su felicidad, no alcanzamos el mismo grado de bondad que esta viuda? Una mujer de Sidón, una viuda, encargada del cuidado de una familia, amenazada por el hambre y que ve venir la muerte, abre su puerta para acoger a un hombre desconocido y le da la poca harina que se le queda...
¿Pero nosotros, que hemos sido instruidos por los profetas, que escuchamos las enseñanzas de Cristo, que tenemos la posibilidad de reflexionar sobre el futuro, que no estamos amenazados por el hambre, que poseemos mucho más que esta mujer, tendremos excusa, si no nos atrevemos a compartir nuestros bienes? ¿ Descuidaremos nuestra propia salvación?...
Manifestemos pues hacia los pobres una gran compasión, con el fin de ser dignos de poseer para la eternidad los bienes futuros, por gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo.
 
 
San Juan Crisóstomo (c. 345-407)
presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
 

domingo, 20 de marzo de 2022

Quizá dará fruto en el futuro

 

No me maldigas como a la higuera (cf Mt 21,19),
aunque me parezco al árbol estéril,
por miedo a que el follaje de la fe,
sea desecado con el fruto de mis obras.
Mas fíjame en el bien,
como el sarmiento sobre la vid santa,
del que se ocupa tu Padre celestial (Jn 15,2)
y que hace fructificar el Espíritu por el crecimiento.
Y el árbol que soy, estéril en frutos sabrosos,
pero fecundo en frutos amargos,
no lo arranques de tu viñedo,
pero cámbialo, cavando en el estiércol.
 
 
San Nersès Snorhali (1102-1173)
patriarca armenio
Jesús, Hijo único del Padre §677-679; SC 203
 

Fusión del alma en la Voluntad de Dios

 

Jesús, hagamos todo juntos, fundámonos mutuamente en la voluntad, en los deseos y en el amor, para poder fundirme en los deseos, en la voluntad, en el amor de todas las criaturas, para que todas queden renovadas en tu Querer; y luego fundo todas mis pequeñas partículas en las tuyas, para poder fundirme en todas las partículas de las criaturas y darte por todas ese amor, esa gloria y esa satisfacción que todos te niegan; y para confirmarlo te pido, Jesús, tu bendición para mí y para todos.

Por siempre Fiat.
 
Tomado del libro de oraciones :
Señor Enseñanos a Orar
Del Padre Pablo Martín S.
Pág. 155
 

 

sábado, 19 de marzo de 2022

“José, su esposo, como era justo….”

SAN JOSÉ

“José, su esposo, como era justo….”
“José, el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia.”
Bastarían estas alabanzas, ¡oh, buen José!, para que rindiéramos nuestras almas a tu paternal protección, para que cualquier corazón sediento de amor y consuelo encontrara, al escuchar tu nombre, ese deseado cobijo.
Déjame, José, que desgrane tu nombre para, así, saborear y recrearme en tu poderosa protección.
J: justo.
Y por “justo” se entiende el que es digno de Dios, el que es grato a sus ojos. Tú, José, fuiste alzado a los primeros puestos, junto al trono de Dios, para que Él, al verte, se recreara en tu creación.
O: obediente.
No tenías tiempo para pensar en ti mismo, solo lo tenías para Dios, es decir, para ponerte al servicio de María y de Jesús. Tu obediencia es reflejo de esos corazones fuertes, capaces de sobreponerse a sí mismos y rendirse a la voluntad de Dios.
S: silencio.
Sí, son esas omisiones las que te ensalzan; son esas obras, desnudas de palabras y llenas de amor, las que hacen de ti ejemplo de una entrega que solo puede impulsar un amor puro y limpio.
É: esposo.
No podía faltar ese don con el que fuiste coronado, porque es un don el ser elegido como el hombre que cuidara y amara a la Madre de Dios.
Esposo casto, entregado, sumiso al bien de esa familia que el Señor puso en tus manos.
José, no puedo evitar al invocarte, que en mi alma y corazón brote una emocionada lágrima y un mar de ternura, no puedo evitar que al rezarte, mire con infinita gratitud al Cielo y verte en la santa compañía de María y del Niño Jesús.
San José, ¿quién tiene privilegio semejante al de que María te llame esposo y Jesús te llame padre?
San José, mi padre y señor, ruega por nosotros. 
 
Madrid, España
 

 

Oh glorioso patriarca San José

 «Oh glorioso patriarca San José, cuyo poder sabe hacer posibles las cosas imposibles, ven en mi ayuda en estos momentos de angustia y dificultad. Toma bajo tu protección las situaciones tan graves y difíciles que te confío, para que tengan una buena solución. Mi amado Padre, toda mi confianza está puesta en ti. Que no se diga que te haya invocado en vano y, como puedes hacer todo con Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder. 

Amén».

 


 

El hombre a quién Dios quiso llamar "padre"

 

San José, guardián de Jesús y casto esposo de María,

Tu empleaste toda tu vida en el perfecto cumplimiento de tu deber,

Tu mantuviste a la Sagrada Familia con el trabajo de tus manos.

Protege bondadosamente a los que recurren confiadamente a ti.

Tu conoces sus aspiraciones y sus esperanzas.

Se dirigen a ti porque saben que tu los comprendes y proteges.

Tu también conociste pruebas, cansancio y trabajos.

Pero, aun dentro de las preocupaciones materiales de la vida,

tu alma estaba llena de profunda paz y cantó llena de verdadera alegría

por el íntimo trato que has tenido con el Hijo de Dios,

el cual te fue confiado a ti a la vez que a María, su tierna Madre. Amén.


San Juan XXIII



AMÉNLA

 Ámenla como un San Felipe Neri, quien con solo pensar en María se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias. 

Ámenla como un San Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y madre, sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla su corazón y su alma. 

Ámenla como aquel gran amante de María, San Bernardo, que amaba tanto a esta dulce madre que la llamaba robadora de corazones, por lo que el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: “¿Acaso no me has robado el corazón?” 

Llámenla “su inmaculada”, como la llamaba San Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota imagen para declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía con su reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba todos los días, le respondía que iba a buscar a su enamorada.

Ámenla cuanto un San Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo con oír el dulce nombre de su querida madre al instante se le inflamaba el corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos. 

Ámenla cuanto un San Francisco Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María, acompañándose con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen, diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su amada reina.

Ámenla cuanto la han amado tantos siervos suyos que no sabían qué hacer para manifestarle su amor. 


† San Alfonso María de Ligorio

"Las Glorias de María"

IcDS


“José, hijo de David” (Mt 1,20)

 


Sin duda, José fue un hombre santo y digno de toda confianza ya que la Madre del Salvador había de ser su esposa. Fue el “servidor fiel y solícito” (Mt 24,45) el que Dios escogió como amparo y ayuda de su Madre, el padre putativo de su carne y el instrumento en su designio de salvación.
Acordémonos que era de la estirpe de David. Era hijo de David no sólo por la carne, sino también por la fe, la santidad y la piedad. El Señor encontró en él un segundo David a quien pudo, con toda seguridad, confiar sus designios más secretos. Le reveló, como otrora a David, los misterios de su sabiduría y le descubrió lo que ningún sabio del mundo conocía. Le permitió ver y entender lo que tantos reyes y profetas, a pesar de su deseo, no vieron ni entendieron. (Mt 13,17) Mejor dicho: le dio a llevar, a conducir, a abrazar, a alimentar, a proteger este mismo misterio. María y José pertenecían, pues, los dos a la raza de David; en María se cumplió la promesa hecha antaño a David, mientras que José era el testimonio de este cumplimiento.

San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Homilía sobre el “Missus est”, 2,16

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