Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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jueves, 25 de marzo de 2010

Mensaje de confianza




Se regocija incluso con la privación de socorros humanos

No desanimarse cuando se disipa el espejismo de las esperanzas humanas. No contar sino con el auxilio del Cielo, ¿no es ya una altísima virtud?

El vigor de la verdadera confianza vuela, sin embargo, hacia regiones aún más sublimes. A ellas llega por una especie de elevado refinamiento en el heroísmo; alcanza, entonces, el grado más alto de su perfección.

Ese grado consiste en que el alma se regocije cuando se ve abandonada de todo apoyo humano, abandonada de sus parientes, de sus amigos y de todas las criaturas que no quieren o no pueden socorrerla; que no pueden darle consejo ni servirle con su talento o su crédito; cuando le faltan todos los medios de ser auxiliada. ¡Qué sabiduría profunda demuestra semejante alegría en circunstancias tan crueles!

Para poder entonar el cántico del Aleluya bajo golpes que, naturalmente, deberían quebrantar nuestro coraje, es preciso conocer a fondo el Corazón de Nuestro Señor; es preciso creer ciegamente en su piedad misericordiosa y en su bondad omnipotente; es preciso tener la absoluta seguridad de que Él escoge, para sus intervenciones, la hora de las situaciones desesperadas.

Después de convertido, San Francisco de Asís despreció los sueños de gloria que antes lo habían deslumbrado. Huía de las reuniones mundanas, se retiraba a los bosques para, allí, entregarse largamente a la oración; daba limosnas generosamente. Este cambio desagradó a su padre, que arrastró a su hijo a la autoridad diocesana, acusándole de disipar los bienes. Entonces, en presencia del obispo maravillado, Francisco renuncia a la herencia paterna; deja incluso la ropa que le venía de familia; se despoja de todo. Y vibrando de una felicidad sobrehumana, exclama: “¡Oh, Dios mío! ¡Ahora sí podré llamaros con más verdad que nunca: Padre nuestro que estás en los Cielos!”

He aquí cómo actúan los santos.

Almas heridas por el infortunio, no murmuren en el abandono universal al que se encuentren reducidas. Dios no les pide una alegría sensible, imposible a nuestra debilidad. Solamente, reanimen su Fe, tengan valor y, según la expresión usada por San Francisco de Sales, “en la fin a punta del espíritu”, esfuércense por tener alegría.

La Providencia acaba de darles la señal cierta por la cual se conoce su hora: Ella les privó de todo apoyo. Es el momento de resistir a la inquietud de la naturaleza. Han llegado al punto del oficio interior en que se debe cantar el Magníficat y quemar el incienso. “¡Alegraos siempre en el Señor! De nuevo os digo, ¡alegraos! ¡El Señor está próximo!” (Filip 4, 4-5).

Sigan este consejo y se encontrarán bien. Si el Divino Maestro no se dejase tocar con tan grande confianza, no sería Aquel que los Evangelios nos muestran tan compasivo, Aquel a quien la visión de nuestros sufrimientos sacudía con dolorosa emoción.

Nuestro Señor decía a un alma privilegiada: “Si soy bueno para todos, soy muy bueno para los que confían en mí. ¿Sabes cuáles son las almas que más aprovechan mi bondad? Son las que más esperan. ¡Las almas que confían roban mis gracias!”.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent
http://www.devocion esypromesas. com.ar

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