Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

lunes, 29 de marzo de 2010

El Sufrimiento


Lecturas: 375
El sufrimiento es una realidad tan innegable como misteriosa. Entre las múltiples filosofías que se levantan cual vendavales ideológicos no faltan las que dan respuestas facilistas a la naturaleza pasible del hombre. Así, algunos elevan su voz proclamando el sufrimiento como consecuencia de “vidas pasadas” -¡como si tuviésemos que pagar por lo que otro “yo” hizo en el ayer!-, otros insisten en ver el dolor como una mera sugestión mental -¿le dirías a una mamá que acaba de perder su hijo que está “sugestionada” y que su dolor es “mental”?-; no faltan, tampoco, los que encuentran la raíz del sufrimiento en un dios perverso que goza con el sufrimiento de sus criaturas -¡estos no han entendido qué significa “Padre Nuestro…”!

En medio de este vaivén de ideas persiste la terrible realidad: el hombre sigue sufriendo. Entonces, como en todo, nos preguntamos por la causa del sufrimiento (¿por qué sufro?), y también por la finalidad del mismo (¿para qué sufro?) (Cfr. Salvifici Doloris 9). Un silencio llano lo enmudece todo… no encontraremos más que respuestas insatisfactorias en el profundo abismo de la incertidumbre. El hombre sincero clama con el salmista, buscando una respuesta: “Desde lo hondo, a ti grito, Señor” (Sal 130,1).
Dios, sin el cual nada podemos hacer (Jn 15,5) ni comprender, viene en nuestra ayuda. Da luz a este misterio. “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... (Cristo) manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et Spes 22). Así pues, desde el Antiguo Testamento Dios nos muestra la raíz del sufrimiento en el pecado, por el cual el hombre ha desordenado la creación.

El sufrimiento como consecuencia del pecado es una constante que atraviesa toda la vida del Antiguo Testamento: el pentateuco, los profetas, los salmos, etc. Sin embargo, el problema no queda completamente resuelto: ¿Por qué el hombre justo también sufre? Es la pregunta que recorre todo el libro de Job. Ciertamente el pecado ha afectado toda la creación y sus nefastas consecuencias golpean incluso al justo, al santo.
Dios, entonces, envía su respuesta definitiva: Cristo. Él “pasó obrando el bien” (Hec 10,38) y sin embargo sufrió como nadie. “En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano.” (Salvifici Doloris 16). Sufrió y estuvo cerca de los que sufren. Pero su sufrimiento nos trajo la Redención. En Cristo el sufrimiento toma un nuevo sentido: es redentor. Cristo quiso cargar con la consecuencia del pecado y morir para que fuésemos limpiados de este. Con su sufrimiento nos vino a liberar de un sufrimiento mayor, el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. (Cfr. Salvifici Doloris 14).

Así pues, viene a mostrar al hombre que mientras estemos en el mundo no es posible vivir sin sufrimientos, sin embargo, él está para consolarnos: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo les aliviaré” (Mt 11,28). El ser capaz de sufrir por su amor se convierte en condición sine qua non, es decir, en condición indispensable para su verdadero seguimiento (Mt 16,24); nos llama, como buenos samaritanos, a aliviar el dolor del hermano necesitado (Lc 10,25-37) y nos ofrece el fin definitivo del sufrimiento como promesa de bienaventuranza (Mt 5,1-12).

Que podamos decir con San Pablo “completo lo que en mi carne falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24), y así, unidos en Cristo en un solo amor y abrazados de La Dolorosa podamos gritar a los hermanos que sufren: ¡Nadie como Dios! ¡Nadie como él te puede entender! ¡Nadie como Dios te puede ayudar!
Que la gracia de Dios sea con ustedes,
Wilson Tamayo, Misionero LAM (Medellín).

http://www.lazosdeamormariano.net

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