Un tiempo para volver al origen de nuestra vocación: Cristo.
No al activismo.
No a los números.
No al éxito humano.
A Cristo.
1️⃣ El sacerdote, antes que nada, es un hombre que está con el Señor.
Nuestra primera tarea no es hacer cosas, sino estar con Él.
Dejar que Él nos forme.
Dejar que Él nos purifique.
Sin esa intimidad con Cristo, el ministerio se vacía por dentro.
2️⃣ El sacerdocio se comprende mirando a Cristo Siervo.
El cuarto canto del Siervo de Yahvé nos lo recuerda:
“Despreciado y evitado por los hombres, varón de dolores… él soportó nuestros sufrimientos” (Is 53).
Cristo no salvó el mundo desde el éxito humano.
Lo salvó desde la cruz.
3️⃣ También el sacerdocio se comprende desde ahí.
El sacerdote no es dueño de nada.
Es siervo.
Siervo de Cristo.
Siervo de la Iglesia.
Siervo del pueblo de Dios.
Cuando olvidamos esto, el ministerio se deforma.
4️⃣ Muchas veces confundimos el éxito pastoral.
Pensamos que el éxito está en la actividad, en la visibilidad, en los resultados.
Pero el éxito del Siervo de Dios es otro:
hacer la voluntad del Padre.
Nada más.
Nada menos.
5️⃣ El Siervo aparece desfigurado.
No tenía belleza ni apariencia atrayente.
Así actúa Dios muchas veces en la historia de la salvación:
la fecundidad pasa por el aparente fracaso.
La cruz nunca es el final.
Pero siempre es el camino.
6️⃣ El sacerdote está llamado a entrar en esa lógica.
No estamos llamados a crucificar a otros.
Estamos llamados a dejarnos crucificar con Cristo.
Por Cristo.
Con Él.
Y en Él.
Ese es el camino del Evangelio.
7️⃣ El Siervo carga con los pecados de los demás.
Eso es profundamente sacerdotal.
El sacerdote vive muchas veces cargando con dolores que no son suyos:
los pecados, las heridas y los sufrimientos del pueblo.
Cristo nos enseña a llevarlos con Él.
8️⃣ El Siervo calla.
“Como cordero llevado al matadero… no abría la boca”.
No es resignación.
Es obediencia.
Jesús no se presenta como víctima.
Se ofrece como ofrenda.
Ese silencio de Cristo también forma el corazón del sacerdote.
9️⃣ El Siervo es triturado… pero de ese triturar nace vida.
Como el trigo que se muele para convertirse en pan.
La Eucaristía nos lo recuerda cada día.
La vida sacerdotal está llamada a ser vida eucarística:
entrega, oblación, donación.
Hasta la última gota.
🔟 Por eso la Cuaresma es una llamada fuerte para nosotros.
Volver al Cenáculo.
Volver al lavatorio de los pies.
Volver al Corazón de Cristo.
Y preguntarnos con verdad:
Señor, si tú has hecho esto por mí,
¿qué tengo que hacer yo por ti?
1️⃣1️⃣ El Siervo termina en victoria.
“Verá la luz y se saciará”.
La cruz no tiene la última palabra.
La tiene la Resurrección.
Cristo ya ha vencido el pecado y la muerte.
El sacerdote vive de esa esperanza.
1️⃣2️⃣ El Siervo de Dios José María García Lahiguera repetía a menudo algo muy sencillo y profundo:
El sacerdote debe ser víctima con Cristo.
No solo ministro del sacrificio.
También ofrecido en el sacrificio.
Ahí está la fecundidad del sacerdocio.
1️⃣3️⃣ Por eso, hermanos sacerdotes, no tengamos miedo.
Vale la pena entregar la vida por Cristo.
Vale la pena gastarse por Él.
Vale la pena sufrir por Él.
Porque nada es más grande que pertenecerle.
1️⃣4️⃣ Y a quienes sienten en el corazón la llamada al sacerdocio:
No tengáis miedo.
El mundo necesita sacerdotes.
Sacerdotes santos (perfectos a los ojos de Dios, no a los del mundo).
Sacerdotes enamorados de Cristo.
Sacerdotes que no busquen su propia gloria, sino la Suya.
1️⃣5️⃣ En esta Cuaresma pidamos una gracia.
Morir cada día un poco más con Cristo.
Para que Él viva en nosotros.
Para que su amor llegue a muchos.
Porque al final, todo se resume en esto:
Por Cristo vale la pena entregarlo todo.
Fuente:Sacerdos in æternum
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