Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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domingo, 29 de marzo de 2026

REFLEXIÓN...Granito de arena de Esperanza

 ¿Cuántos de nosotros hemos atravesado profundos momentos de depresión? ¿Cuántos hemos caminado por esa temible Noche Oscura del Alma, donde el dolor se vuelve tan intenso que parece insoportable y la luz de Dios se oculta tras densas nubes?

Muchos lo hemos vivido. En un primer instante, el alma tiende a hundirse, abrumada por el peso. Uno siente que las fuerzas lo abandonan. Que llegó "a tocar fondo" y que el alma no puede mas. Pero curiosamente, es allí, cuando, estando en lo más hondo del abismo que descubrimos que “ya no queda nada”… y precisamente ahí, en ese vacío radical, surge la invitación decisiva: levantarse, seguir adelante, confiar, reunir las "últimas fuerzas", salir a flote y continuar andando. Porque esa es la grandeza del alma humana creada a imagen de Dios: no rendirse ante la adversidad. Aprende a sortear las tormentas, a interrogarse con honestidad, a examinar su vida con humildad. Y entonces comprende una verdad liberadora: ese dolor tan agudo no es un castigo absurdo, sino un cincel divino que talla el alma, la purifica y la dispone para la gloria.

La gran mentira del mundo moderno -y que tiene un hedor diabólico- es convencernos de que hemos venido a este mundo "para ser felices" en el sentido superficial y terrenal. El problema de quien adopta esta idea es que empieza a compararse con los demás. Ve las vidas ajenas como un escaparate de supuesta felicidad y, al no encontrar en sí mismo esa imagen, se siente inferior, indigno, fracasado. Así, la frustración y la desesperanza van carcomiendo el alma poco a poco.

Los santos y doctores de la Iglesia nos enseñan mucho sobre lo que significa enfrentar el camino de la vida para hacerlo más profundo y verdadero. San Juan de la Cruz y santa Teresa nos hablan de la Noche Oscura del Alma NO como un fracaso, sino como una gracia purificadora. San Agustín, -que conoció bien el peso del corazón sufriente-, nos recuerda que solo descansaremos cuando reposemos nuestro corazón abrumado en Dios. Santa Catalina de Siena afirmaba con audacia que “todo procede de Dios, todo vuelve a Dios y todo está en Dios”.

Cuando comprendemos que nuestra existencia en la tierra no tiene como fin último “ser felices” según los criterios del mundo, sino purificar el alma, aprender a amar en medio de la fragilidad y prepararnos para la eterna Gloria de Dios, todo cambia. El dolor deja de ser un tormento sin sentido para convertirse en una estación necesaria del camino. Ya no es el enemigo a destruir, sino el maestro que Dios permite para tallarnos según su designio de amor.

Recuerda: tu historia de vida es única e irrepetible. El fracaso, el desgarro y el sufrimiento pasan. Lo que más agrava el dolor es nuestra obstinada pretensión de controlar todo: los acontecimientos, los tiempos, los resultados. La verdadera liberación llega cuando, con humildad filial, entregamos esos momentos de intenso sufrimiento a nuestro Padre celestial.

“Señor, confío en que Tú me sostienes aunque no Te sienta”.

Con esa sencilla y tierna entrega de hijos, todo se transforma.

A veces, Dios parece callar y dejarnos solos. No es abandono: es una invitación amorosa a quedarnos a solas con Él, a entregarle ese dolor punzante, ese vacío que lacera el alma. Y es aquí cuando recibimos el tierno abrazo de Padre, que su Amor Infinito no solo nos consuela, sino que nos infunde una fortaleza nueva. Entonces, desde el mismo quiebre del alma, volvemos a levantar la mirada al cielo. Descubrimos que ese cielo nunca nos faltó. Y comprendemos que aquellos momentos aciagos, que tanto nos hicieron sufrir, se han convertido, por gracia divina, en la estación en el camino de la vida que más profundamente ha tallado y embellecido nuestra alma para la eternidad.

Toda vida ha sido creada con un fin último y supremo: Dios mismo. No existe una sola vida que no merezca ser vivida, porque cada una ha sido concedida por el Creador precisamente para que aprendamos a amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas.

autor: Mar Mounier.



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