Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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jueves, 5 de marzo de 2026

¿En quién ponemos realmente nuestra confianza?

 La Cuaresma nos vuelve a colocar ante una pregunta muy concreta: ¿en quién ponemos realmente nuestra confianza? No es una cuestión teórica. De esa respuesta depende el rumbo de la vida. Las lecturas de hoy lo dicen con una claridad impresionante.


1 Jeremías transmite una palabra muy fuerte de Dios: «Maldito quien confía en el hombre… apartando su corazón del Señor» (Jer 17,5). No se trata de despreciar a las personas, sino de recordar que cuando el corazón se apoya sólo en lo humano termina vaciándose.

2 En cambio, «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza» (Jer 17,7). El profeta utiliza una imagen preciosa: un árbol plantado junto al agua, con raíces profundas. Puede venir la sequía, pero sigue dando fruto.

3 El Salmo lo repite con la misma imagen: «Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas» (Sal 1,3). La vida espiritual no consiste en emociones pasajeras, sino en tener las raíces en Dios.

4 El Evangelio nos presenta la parábola del rico y Lázaro (Lc 16,19-31). El rico no aparece cometiendo grandes crímenes. Su problema es otro: vivía encerrado en sí mismo. Tan cerca tenía a Lázaro… y tan lejos estaba de su corazón.

5 Lázaro, en cambio, no tenía nada. Sólo sufrimiento y pobreza. Pero su nombre significa «Dios ayuda». Y eso es lo que ocurre al final: Dios no abandona al que pone en Él su esperanza.

6 El rico descubre demasiado tarde una verdad que vale para todos: la vida no se decide después de la muerte. Se decide ahora, en las pequeñas decisiones de cada día, en cómo miramos al pobre, al que sufre, al que está a nuestra puerta.

7 El diálogo final es muy serio. El rico pide un milagro para sus hermanos. Pero Abrahán responde: «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen» (Lc 16,29). Es decir: la Palabra de Dios ya nos ha sido dada.

8 Y termina con una frase impresionante: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto» (Lc 16,31). Sabemos que Cristo sí resucitó… y aun así muchos siguen sin escuchar.

La Cuaresma es un tiempo para revisar dónde están nuestras raíces: si en lo pasajero o en Dios. Quien confía en el Señor, incluso en medio de la sequía, sigue dando fruto.


Fuente:https://x.com/SacerdosMariae

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