En ese momento se revela algo esencial de la fe: Dios no se impone, no se explica primero… se da a conocer en un encuentro.
María no reconoce a Jesús por la vista, ni por una idea clara, ni por una prueba evidente… lo reconoce cuando es llamada por su nombre.
Y eso no es un detalle pequeño.
Ahí se muestra que la fe no nace de entenderlo todo, sino de ser alcanzado personalmente. No comienza en lo general, comienza en lo íntimo.
Dios llama.
Y cuando llama, no lo hace en abstracto… llama a cada uno, conoce la historia, la herida, la búsqueda, y se acerca hasta ese lugar.
Por eso la Resurrección no es solo un acontecimiento que se contempla, es un encuentro que sucede.
Un encuentro que no siempre es evidente, que no siempre se reconoce de inmediato, pero que tiene la fuerza de transformar cuando el corazón lo percibe.
Porque ser llamado por Dios no es solo ser nombrado… es ser reconocido, es descubrir que no se es anónimo, que no se está perdido, que la propia vida es mirada y sostenida.
Y ahí algo cambia.
No por una explicación… sino por una presencia.
Porque la fe no empieza cuando todo se entiende… empieza cuando alguien descubre que ha sido llamado.
Fuente:MujerCatólica
