1️⃣ Ezequiel lanza una acusación terrible:
«¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!».
El problema no es que falten pastores. Es que algunos pueden olvidar para quién son pastores.
2️⃣ Dios concreta la acusación:
«No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido».
Un examen de conciencia que atraviesa los siglos.
3️⃣ La autoridad en la Iglesia nunca puede convertirse en autorreferencialidad.
El sacerdote, el obispo, el catequista o cualquiera que tenga almas confiadas no las recibe para servirse de ellas.
Las recibe para servirlas y conducirlas a Dios.
4️⃣ Hay una frase particularmente dura:
«Con fuerza y violencia las habéis dominado».
El pastor según Dios no domina conciencias ni convierte el rebaño en propiedad privada.
El Buen Pastor conoce, acompaña, corrige, cura y conduce.
5️⃣ Pero después de la denuncia llega una de las promesas más hermosas de la Escritura:
«Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré».
Cuando los pastores humanos fallan, Dios no abandona a sus ovejas.
La Iglesia pertenece a Cristo.
6️⃣ Por eso respondemos con el Salmo 22:
«El Señor es mi pastor, nada me falta».
No dice: nada me dolerá.
Dice algo mayor:
«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo».
La seguridad cristiana es atravesar la noche acompañado.
7️⃣ Y llegamos al Evangelio.
El propietario sale al amanecer.
Vuelve a media mañana.
Al mediodía.
Por la tarde.
Y cuando casi ha terminado la jornada… vuelve a salir.
Así es Dios.
8️⃣ Dios nunca dice: «Ya es demasiado tarde para este».
Mientras queda vida, continúa buscando jornaleros para su viña.
Unos encuentran a Dios en la infancia. Otros después de muchas heridas. Otros cuando comienza a caer la tarde de su existencia.
9️⃣ Y hay una frase conmovedora:
«¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?».
Responden:
«Nadie nos ha contratado».
¡Cuántas personas podrían decir hoy lo mismo!
Nadie me habló de Cristo.
Nadie me invitó.
Nadie vino a buscarme.
🔟 Ahí vuelve a resonar Ezequiel.
Dios busca a la oveja perdida, pero quiere hacerlo también mediante sus pastores.
Una Iglesia encerrada en sí misma corre el riesgo de dejar plazas llenas de personas esperando que alguien salga a buscarlas.
1️⃣1️⃣ Después viene el escándalo de la gracia.
Los últimos reciben un denario.
Y los primeros también.
Entonces aparece una tentación muy antigua:
comparar lo que Dios da a los demás con lo que nos ha dado a nosotros.
1️⃣2️⃣ «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Esta pregunta debería inquietarnos un poco.
Aceptamos muy bien la misericordia divina mientras sea misericordia con nosotros.
Lo difícil comienza cuando Dios es misericordioso con quien creemos que merece menos.
1️⃣3️⃣ Pero el cielo no es un salario conquistado acumulando méritos frente a otros.
Es gracia.
Es don.
Es comunión con Dios.
El denario no se divide: Dios se entrega entero al que llegó al amanecer y al que llegó al caer el sol.
1️⃣4️⃣ Las lecturas de hoy dejan dos preguntas.
Para quienes somos pastores:
¿Estoy buscando a las ovejas o apacentándome a mí mismo?
Y para todos:
¿me alegro cuando la misericordia de Dios alcanza también al último?
1️⃣5️⃣ Porque toda la Palabra de hoy converge en una misma imagen:
Dios sale.
Sale a buscar la oveja.
Sale a buscar al jornalero.
Sale otra vez cuando cae la tarde.
Y seguirá saliendo mientras quede alguien esperando ser encontrado.
«Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré».