Lo que somos ante Dios, eso es lo que somos realmente, y no lo que aparentamos ante los hombres o ante nosotros mismos, tratando de engañar o engañarnos.
Por eso ¡qué santa tiene que ser toda nuestra conducta!, viendo si en cada acción que hacemos, en cada pensamiento, estamos agradando a Dios, o tratando de agradar a los hombres, o lo que es peor, de agradar al diablo.
Recordemos que en el momento de nuestra muerte, en el juicio particular que tendremos ante Dios, estaremos solos frente al Juez eterno, y con el demonio acusándonos y tratando de convencer a Dios de que merecemos el Infierno con él. ¡Qué terrible momento! ¿Y para qué habrá servido el tratar de aparentar ante los hombres, ante el mundo, y ante nosotros mismos, si en ese momento crucial y definitivo, estaremos desnudos ante la mirada de Aquél ante quien todo está manifiesto?
Entonces no miremos tanto lo que el mundo piensa de nosotros, lo que piensan los hombres, porque lo que realmente vale y cuenta es lo que piensa Dios de nosotros. El resto es, como suele decirse, cartón pintado.
Estamos a tiempo todavía, porque si estamos leyendo esto, es que Dios nos ha querido dar una gran luz para que iluminemos toda nuestra historia de vida, y veamos si estamos agradando realmente a Dios o no.
Porque, aunque todo el mundo nos condene, y aunque todos los hombres nos acusen y señalen con el dedo, lo importante es que Dios no nos acuse, de que Dios no nos señale como réprobos.
El mundo pasa, los hombres pasan, pero Dios no pasa, y los juicios de Dios tampoco pasan. Por ello si Dios nos juzga bien, ¿qué importa que los hombres nos juzguen mal? Basta que Dios no tenga nada que reprocharnos, y con ello tenemos ganada nuestra felicidad en este mundo y en el venidero.
La gente se preocupa mucho por el qué dirán. Pero pocos son quienes se ocupan y preocupan por el qué dirá Dios de ellos. Por lo menos que esto no nos suceda también a nosotros que tenemos fe.
Fuente:Santísima Virgen