El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el Altar en las manos del sacerdote.
San Padre Pío
El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el Altar en las manos del sacerdote.
Este 25 de marzo, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Anunciación del Señor. Es decir, se recuerda de manera solemne que, un día como hoy, se produjo un acontecimiento que cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
María, quien había consagrado su virginidad a Dios, responde a la propuesta divina con un valiente y generoso “¡Sí!” (Cfr. Lc 1, 26-38); por lo que será llamada la ‘llena de gracia’. Es necesario recordar que desde el preciso momento en que la Virgen de Nazareth queda encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, las puertas del cielo se abren nuevamente y la amistad entre Dios y el hombre, quebrada antaño por el pecado, habrá de ser restablecida.
Para alegría y gratitud de todas las generaciones, la “bendita entre las mujeres” aceptó la voluntad de Dios con amor y docilidad. Dios no había puesto vanamente su confianza en María: “Hágase en mí según tu palabra”, contesta, y se produce el más grande de todos los milagros: la Encarnación del Verbo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
“He aquí la sierva del Señor; hágase en mí conforme a tu palabra.”
Hubo un hombre que sostuvo a DIOS en sus brazos
Hoy celebramos a santa Catalina de Suecia, virgen, hija de santa Brígida. Y su figura tiene algo muy actual: recordar que no basta con venir de una buena familia, ni siquiera de una familia santa; cada uno tiene que responder personalmente a la gracia de Dios. Su memoria se celebra el 24 de marzo y el Martirologio la presenta como virgen, hija de santa Brígida, perseverante en la piedad y en la vida consagrada.
Hoy celebramos a santa Rebeca de Himlaya, conocida también como santa Rafqa, una gran santa libanesa de rito maronita. Su vida recuerda algo muy serio: que la cruz, cuando se abraza con Cristo, no destruye el alma, sino que la purifica, la ensancha y la llena de fecundidad escondida. Nació en Himlaya, en el Líbano, el 29 de junio de 1832, y murió el 23 de marzo de 1914. Fue canonizada por san Juan Pablo II el 10 de junio de 2001.