Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

domingo, 13 de septiembre de 2026

Derrotar al rencor

El alma en el Juicio Particular

Cada uno de nosotros tiene una cita puntual con Dios al final del tiempo, cuando el alma se separe del cuerpo. Es Jesús quien vendrá a juzgar. En ese momento del juicio desaparecen títulos, cuentas bancarias, propiedades y seres queridos. Sola se queda el alma con sus obras, frente al rostro de Cristo.

Dice el profeta Daniel: "El tribunal se sentó y se abrieron los libros" (Dn 7,10). San Alfonso María de Ligorio enseña que esos libros son el Evangelio y la conciencia de cada uno. En los Evangelios se lee lo que el alma debía haber hecho; en la conciencia se lee lo que realmente hizo. Quedarán manifiestos los pensamientos, las omisiones, las gracias no correspondidas, y los rencores guardados. Recordar nuestro final es imaginar a Cristo mirándonos y darnos cuenta de que no hay tiempo para reescribir nuestra historia.

¿Cómo, frente al juicio particular, se verán nuestros rencores, odios y resentimientos? Se verán como una deuda que nos negamos a condonar, habiendo recibido una deuda inmensa que nos fue perdonada por Cristo. Para ser juzgados dignos del cielo nuestros corazones deben parecerse en algo al de Jesús. El odio y el rencor aparecen entonces como una locura. Es llegar al juicio con el corazón cerrado cuando se va a comparecer ante Aquel que nos perdonó en la cruz.

El texto del Eclesiástico no se anda con sentimentalismos. Va directo al grano: "piensa en tu fin y deja de odiar; piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos". Una persona sabia sabe que las ofensas duelen y que las injusticias existen. Pero sabe que el odio no puede tener lugar en una vida que sabe que va a morir y que tendrá qué comparecer.

Santa María Goretti a los once años, herida de muerte por Alejandro Serenelli, que le dio varias puñaladas destrozándole la vida, ella, dijo en el hospital, viendo cercana su muerte: "Por amor a Jesús perdono a Alejandro y quiero que esté conmigo en el paraíso". Años después, Alejandro se convirtió. Pidió perdón a la madre de María Goretti, Asunta, quien le respondió: "Si mi hija te perdona, ¿quién soy yo para no perdonarte?". Alejandro terminó como hermano lego capuchino y asistió a la canonización de María, su víctima. El perdón abrió caminos de luz que el odio habría cerrado.

El rencor es un tormento

La parábola de Mateo 18, el siervo actúa como si tuviera todo el tiempo del mundo para cobrar, humillar y encerrar. Su deuda pequeña se ha convertido en el centro del universo. Olvida que él mismo acaba de ser sacado de una deuda impagable. El que no recuerda su propio fin —ni el perdón recibido— se convierte en un hombre pequeño, duro y ciego. Y vivir así es un tormento para el corazón.

Cuando guardamos rencor alimentamos la ilusión de que la ofensa que recibimos debe quedar grabada para siempre. El que guarda rencor quiere que su herida no pase, que el otro no escape de la mente, que la historia quede fijada en el momento del daño. El rencor es una prisión más estrecha que la ofensa original.

El que guarda rencor dispone su alma para vivir en la tristeza. Vive dándole vueltas al mal sufrido, se alimenta de conjeturas, de lamentos y proyecciones. Así se vive en un caldo de cultivo de frustración y sinsabores. La tristeza y el rencor son primos hermanos. El rencoroso imagina constantemente lo que debió ser, lo que el otro debería de pagar. Y así los demonios de la tristeza y de la ira encadenan el alma.

Derrotar al rencor

El 13 de mayo de 1981 Mehmet Ali Ağca le disparó al papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Desde el hospital, el papa dijo que lo ha perdonado. En 1983 Juan Pablo fue a la cárcel, se sentó con él, le habló como a un hermano. No fue un gesto mediático sino que mantuvo una relación con él y con su familia. El perdón no anuló la pena judicial, pero negó que el atentado tuviera la última palabra sobre los dos.

Seguramente san Juan Pablo II oró mucho por su agresor, y este es el primer paso que hemos de dar para perdonar. Una persona que todos los días hace oración por quien lo ofendió, al poco tiempo cambiará su perspectiva de las cosas y terminará por olvidar la ofensa del otro.

Segundo, aprendamos a perdonar por adelantado. ¿Qué significa? El hermano Christian de Chergé, prior del monasterio trapense de Nuestra Señora del Atlas en Argelia, redactó un testamento espiritual donde perdonó explícitamente y por adelantado a su futuro asesino. Este documento fue abierto por su familia poco después de que él y seis de sus hermanos monjes fueran secuestrados y asesinados por el Grupo Islámico Armado (GIA) en mayo de 1996. Decía su escrito: "Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este “gracias” y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos".

Estos ejemplos heroicos pueden ser una inspiración para aquellos que aún no podemos perdonar. Dios no nos pide heroísmo en este momento, pero sí nos pide, al menos, tener el deseo de perdonar. En nuestras vidas hay heridas, abusos, violencia, traiciones. Todo esto pide tiempo, acompañamiento, el sacramento de la confesión y a veces tomar distancia. Pidamos la gracia al Señor de perdonar de corazón. Puede ser difícil, pero no es imposible.

Durante la Santa Misa de este domingo, cuando el sacerdote levante la Hostia, pensemos cada uno en nuestro último fin, en el Juicio Particular. No para que nos asustemos sino para que soltemos todo sentimiento malo contra los demás. Y cuando digamos "Amén" no sólo sea para decir "creo que es Cristo" sino también para decir: "Recibo la misericordia que no merezco, que no se retenga en mí y que fluya de mí a mis hermanos".

Padre Eduardo Hayen Cuarón



Tenme paciencia


Tenme paciencia, Señor
porque voy despacio.
Miro, y no veo.
Oigo y no entiendo.
Camino y no llego.
Busco y no encuentro.
Cargo tu evangelio
como una hipoteca.
Tropiezo seguido
con las mismas piedras.
Me puede el hastío.
Me muerde el encono
Se me instala dentro
un pozo sin fondo
Allí caen a plomo
buenas voluntades,
empeños, perdones,
bienaventuranzas
tu cruz y tu entrega.

Y aun así, me esperas.
No exiges un plazo,
no pones barreras,
no cierras los brazos
no dejas de darme
con tu voz aliento
con tu vida escuela.

Tardaré en llegar,
pero estoy en marcha.
tú tenme paciencia





ORACIÓN DE LA MAÑANA

Señor, que nunca olvidemos cuánto has hecho por nosotros; enséñanos a vivir agradecidos, confiando siempre en Tu infinita misericordia y descansando en Tu amor de Padre.

ORACIÓN DE LA MAÑANA
(Cf. Salmo 102)
Domingo, 13 de septiembre de 2026

Señor mío y Dios mío:

Al comenzar este día acudimos a Ti con un corazón agradecido. Bendice al Señor, alma mía, y no olvides ninguno de sus beneficios. Ayúdanos a recordar cuánto hemos recibido de Tus manos y a reconocer Tu presencia también en aquellas gracias sencillas que tantas veces pasan inadvertidas.

Gracias, Señor, por la vida, por las personas que has puesto a nuestro lado, por las veces que nos has sostenido sin que apenas lo advirtiéramos y por cada oportunidad que nos has concedido para levantarnos y comenzar nuevamente. Que la costumbre nunca nos haga olvidar Tus bondades ni demos por merecido aquello que hemos recibido gratuitamente de Ti.

Tú conoces nuestras debilidades y nuestros pecados y, sin embargo, Tu respuesta es la misericordia. No nos tratas según nuestras culpas ni guardas rencor contra nosotros. Cuando acudimos a Ti con un corazón arrepentido, encontramos al Padre que perdona, sana, rescata y vuelve a cubrirnos de amor y ternura.

Por eso hoy ponemos ante Ti aquello que necesita ser sanado en nosotros. Perdona nuestras faltas, cura nuestras heridas, libera nuestro corazón de cuanto nos impida amar y ayúdanos a recibir Tu misericordia con la humildad de quien sabe cuánto necesita de Ti.

Y así como experimentamos Tu compasión, enséñanos también a ser misericordiosos. Que no guardemos rencores, que sepamos perdonar, que no juzguemos con dureza las debilidades de los demás y que aprendamos a mirar a nuestros hermanos con algo de aquella ternura con la que Tú nos miras.

Mira especialmente, Señor, a quienes hoy necesitan experimentar Tu misericordia: a quienes sufren, a quienes están enfermos, a quienes cargan con el peso de sus errores, a quienes se sienten lejos de Ti y a quienes han perdido la esperanza. Acércate a ellos, abrázalos con Tu amor y hazles descubrir que Tu misericordia es siempre más grande que sus miserias.

En este domingo, al acercarnos a la Santa Misa, concédenos presentarnos ante Ti con humildad y gratitud. Que al escuchar Tu Palabra y participar de la Eucaristía reconozcamos nuevamente cuánto nos amas y cuánto recibimos de Ti.

Señor, que todo nuestro ser bendiga Tu santo nombre. Que nunca olvidemos Tus beneficios y que, en cada circunstancia de nuestra vida, sepamos volver la mirada hacia Ti, confiando en que Tu misericordia es inmensa y Tu amor de Padre nunca nos abandona.





HIMNO, PRIMICIAS SON DEL SOL DE SU PALABRA


Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.

Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.

Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.

El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.

Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella.
Amén.

Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a os que nos han ofendido




El Señor nos obliga a perdonar las ofensas de los que nos han ofendido, tal como nosotros pedimos que nos perdone las nuestras (Mt 6,12). Hemos de saber que no podemos obtener lo que pedimos en lo referente a nuestros pecados, si no hacemos lo mismo con los que han pecado contra nosotros. Por esto Cristo dice en otra parte: «La medida que usaréis la usarán también con vosotros» (Mt 7,2). Y el siervo que, después de haber sido perdonado de toda su deuda, no ha querido hacer él lo mismo con el compañero de servicio que le debía, es metido en la cárcel. Porque no quiso tener compasión con su compañero, perdió lo que su amo le había concedido gratuitamente. Y esto, Cristo lo establece aún con más fuerza en sus preceptos, cuando decreta...: «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en el cielo os perdonará vuestras culpas» (Mc 11,25-26)...

Cuando Abel y Caín, ofrecieron los primeros sus sacrificios, no fueron su ofrendas lo que Dios miró, sino su corazón (Gn 4,3s). Aquel cuya ofrenda le agradó, es aquel cuyo corazón le agradaba. Abel, pacífico y justo, ofreciendo en su inocencia un sacrificio a Dios, enseñaba a los demás a acercarse con el temor de Dios a ofrecer su ofrenda sobre el altar, con un corazón sencillo, el sentido de la justicia, y mereció llegar a ser él mismo una preciosa ofrenda y dar el primer testimonio de martirio. Prefiguró, por la gloria de su sangre, la Pasión del Señor, porque poseía la justicia y la paz del Señor. Los hombres semejantes a él son los que se ven coronados por el Señor, y que, en el día del juicio, obtendrán la justicia.

 San Cipriano (c. 200-258) obispo de Cartago y mártir La Oración del Señor, 23-24.evangelizo.org

sábado, 12 de septiembre de 2026

María Desatadora de Nudos

 


𝑴𝒂𝒅𝒓𝒆, 𝒉𝒐𝒚 𝒏𝒐 𝒗𝒆𝒏𝒈𝒐 𝒂 𝒑𝒆𝒅𝒊𝒓𝒕𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒕𝒐𝒅𝒐 𝒄𝒂𝒎𝒃𝒊𝒆; 𝒗𝒆𝒏𝒈𝒐 𝒂 𝒑𝒆𝒅𝒊𝒓𝒕𝒆 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒐 𝒎𝒆 𝒅𝒆𝒋𝒆𝒔 𝒔𝒐𝒍𝒐 𝒎𝒊𝒆𝒏𝒕𝒓𝒂𝒔 𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒐.

María Desatadora de Nudos, hay momentos en los que el alma también se cansa. Momentos en los que sigo creyendo, pero con lágrimas; sigo orando, pero ya no encuentro palabras para explicarle a Dios cuánto me duele aquello que todavía no cambia. Hoy vengo ante ti así: con preguntas sin respuesta, con heridas que creí superadas y con ese nudo que llevo tanto tiempo intentando desatar que mis manos ya están cansadas.

Madre, tómalo tú. Toma aquello que no puedo controlar, la situación que me roba la paz, la persona por la que tanto he llorado, la puerta que no se abre, la preocupación que regresa cada noche y ese miedo silencioso de pensar que quizá nada cambiará. Pero, antes de desatar lo que sucede a mi alrededor, desata lo que se ha enredado dentro de mí: mi ansiedad por saber qué pasará, mi miedo a perder, mi tristeza por esperar y mi necesidad de comprender los tiempos de Dios.

Quizá el milagro que hoy necesito no sea solamente que cambien mis circunstancias, sino que mi corazón aprenda a descansar mientras Dios obra. Cuando Él guarde silencio, recuérdame que sigue presente; cuando no pueda ver el camino, enséñame a caminar por fe; y cuando sienta que ya no puedo más, ayúdame a recordar que mi historia todavía está en las manos de Dios.

María, lleva hasta Jesús aquello que hoy deposito en tus manos. Dile que sigo confiando, aunque a veces me cueste; que sigo esperando, aunque haya llorado mucho… y, si hoy no llega la respuesta, quédate conmigo. Desata mis nudos uno a uno, pero, sobre todo, no permitas que ninguno de ellos ate mi corazón y me impida reconocer cuánto me ama Dios.

Hoy suelto lo que no puedo resolver y descanso en esta certeza: lo que mis manos ya no pueden sostener, Dios todavía lo puede transformar. María Desatadora de Nudos, toma mi vida, recibe mi petición y llévame siempre a Jesús.

Israel Mercado

Reza el Rosario...Sábado Mariano



Hay cosas por las que llevo mucho tiempo rezando y que todavía no han cambiado, pero un día descubrí algo: quizá el Rosario no estaba cambiando inmediatamente lo que sucedía a mi alrededor, pero sí estaba cambiando a la persona que tenía que enfrentarlo.

Durante mucho tiempo pensé que rezar era pedir hasta conseguir una respuesta; que si tenía suficiente fe, Dios quitaría aquello que me dolía, arreglaría lo que se había roto o abriría esa puerta que llevaba tanto tiempo cerrada. Con los años, María me enseñó algo diferente: hay oraciones que primero no cambian las circunstancias, te cambian a ti.

He rezado el Rosario con mucha fe, pero también cansado, distraído, con lágrimas y hasta preguntándole a Dios “por qué guarda silencio”. Y aún así, María se ha quedado. Nunca me pidió llegar fuerte ni tener el corazón en orden; simplemente me enseñó a seguir caminando… un Ave María a la vez.

Entonces comprendí que el Rosario no siempre evita que atravieses la tormenta; a veces hace algo igual de milagroso: evita que la tormenta destruya lo que llevas dentro. Hoy todavía tengo peticiones esperando respuesta, heridas que continúan sanando y nudos que no sé cómo se van a desatar: ¡Pero ya no los cargo igual!. Cuando algo supera mis fuerzas, tomo mi Rosario y le digo: “Madre, esto pesa demasiado, no sé qué va a pasar, pero no quiero cargarlo solo. Tómame de la mano y llévame a Jesús”.

Quizá tú también llevas mucho tiempo esperando. No sueltes el Rosario porque todavía no ves la respuesta. A veces el milagro comienza antes de que cambien las circunstancias: cuando recuperas la paz, vuelves a dormir tranquilo y aquello que antes te derrumbaba comienza a perder poder sobre ti.

Esta noche toma tu Rosario y entrégale a María ese nudo que nadie conoce… y si estás demasiado cansado para pedir por ti, déjame hacerlo: María, abraza a quien está leyendo esto; si aún no llega su respuesta, dale fuerzas para esperar; y si su fe está cansada, sostenla Tú hasta que pueda volver a creer.

Quizá mañana la batalla siga ahí, pero recuerda: ya no tienes que pelearla solo.

Fuente:Israel Mercado






El Dulce Nombre de María


Dulce Nombre de María,
panal de miel en la boca:
toda la ternura es poca
para sentir tu armonía;
la más bella melodía
que se pudiera soñar,
oye quien sabe gustar
de tu Nombre la dulzura,
la grandeza y la hermosura
que jamás podrá olvidar

Virgen y Madre María




Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro 'sí'
ante la urgencia,
más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús [...l
Consíguenos ahora
un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos
el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia
de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga [...]
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer
en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén.
(Evangelii Gaudium)

viernes, 11 de septiembre de 2026

Granito de arena de Esperanza...Jueves Eucarístico

 Jesús, hoy vengo a buscarte porque hay una pregunta que llevo tiempo guardando en el corazón: ¿hasta cuándo tendré que esperar?. Tú sabes cuánto he orado por esto; sabes las veces que me he levantado creyendo que hoy podría cambiar todo y también conoces esas noches en las que me he acostado intentando entender por qué la respuesta todavía no llega.

A veces me cuesta admitirlo, Jesús, pero me estoy cansando de esperar. Me duele tocar puertas que no se abren, esperar noticias que no llegan y seguir creyendo cuando todo parece permanecer exactamente igual. Pero aquí estoy, porque aunque hay días en los que mi fe se hace pequeña, todavía sé dónde buscarte.
Jesús Sacramentado, hoy pongo delante de ti eso que tanto deseo. Tú sabes su nombre, conoces esa enfermedad, esa preocupación, esa persona, esa necesidad, esa puerta cerrada y esa situación que tantas veces te he entregado entre lágrimas. No quiero pedirte que hagas las cosas a mi manera; sólo te pido que no me dejes solo mientras espero.
Cuando piense que me olvidaste, recuérdame que sigues aquí. Cuando quiera rendirme, sostenme; cuando el miedo me diga que nada va a cambiar, ayúdame a recordar cuántas veces ya me has levantado. Y si detrás de este silencio estás preparando algo que todavía no alcanzo a comprender, dame serenidad para confiar en lo que estás haciendo aunque mis ojos todavía no puedan verlo.
Hoy también pongo en tus manos a mi familia y a las personas que amo. Tú conoces sus batallas silenciosas, sus preocupaciones y aquello que quizá nunca me han contado. Visítalos, Jesús; sana lo que les duele, protégelos cuando yo no pueda hacerlo y llega hasta aquellos lugares donde mi amor no puede llegar.
Quizá hoy no salga de aquí con la respuesta que vine buscando, pero quiero irme con una certeza: no estoy esperando solo. Mi historia todavía no termina, mi oración sigue delante de ti y, mientras Tú permanezcas conmigo, todavía hay esperanza. Quédate conmigo, Jesús… y si mi milagro aún tarda un poco más, que no se me acabe la fe antes de verlo llegar.
Amén.
15 minutos con JESÚS SACRAMENTADO:
IsraelMercado
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