Así como entraste en Jerusalén en medio de cantos y alabanzas, entra también en nuestra vida, en lo más profundo de nuestro corazón, y quédate en él.
Señor mío y Dios mío, en este Domingo de Ramos, al contemplar el inicio de Tu Pasión, nos acercamos a Ti con un corazón que quiere comprender, aunque sea en silencio, el misterio tan grande de Tu entrega. Hoy te aclamamos como Rey humilde, pero también reconocemos que ese mismo camino te conduce a la cruz, por amor a nosotros.
Así como entraste en Jerusalén en medio de cantos y alabanzas, entra también en nuestra vida, en lo más profundo de nuestro corazón, y quédate en él. No permitas que nuestra fe sea solo de momentos, ni que nuestras palabras se queden vacías, sino que sepamos acompañarte con fidelidad, también en la prueba, en el sacrificio y en la entrega.
Haznos comprender que Tu realeza no es de este mundo, que Tu victoria no se impone, sino que se ofrece, y que seguirte implica aprender a amar como Tú amas, incluso cuando cuesta, incluso cuando duele.
Concédenos un corazón firme, que no cambie según las circunstancias, que no pase del “Hosanna” al olvido, sino que permanezca contigo, caminando desde la alegría de recibirte hasta la profundidad de la cruz, viviendo cada momento con fe, esperanza y amor.
Permítenos vivir este día con un espíritu recogido y agradecido, conscientes de que estamos entrando en el misterio central de nuestra fe, donde Tu amor se manifiesta plenamente en la Pasión que hoy comenzamos a contemplar.
y que toda mi vida sea testimonio de fidelidad y alabanza a Ti, para gloria Tuya, Señor mío y Dios mío.
Amén.
FE y más FE.