“Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.” (Salmo 103:2)
A veces estás tan ocupado sobreviviendo…que olvidas todo lo que Dios ya hizo.
Y un día te detienes. Empiezas a recordar:
las veces que proveyó, las puertas que abrió,
lo que te sostuvo cuando pensabas que no podías más. Y de repente… el corazón se rompe un poco. Porque entiendes que Dios ha sido demasiado bueno.
Más fiel de lo que notaste, más presente de lo que imaginabas, más paciente de lo que merecías. Y ahí, entre recuerdos y gratitud…los ojos se llenan de lágrimas.
No por tristeza… sino porque Su gracia ha estado en cada parte de tu historia.
Respira…todavía hay mucho por agradecer.
