Si Cristo no resucitó, el cristianismo entero se derrumba.
No habría victoria sobre la muerte.
No habría esperanza.
No habría salvación.
San Pablo lo dijo sin rodeos:
«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Co 15,14).
Por eso la Resurrección no es un bello final añadido a la historia de la Pasión.
Es el acontecimiento sobre el que se sostiene todo lo demás.
La Cruz muestra el amor de Cristo hasta el extremo.
La Resurrección manifiesta que la muerte no tuvo la última palabra.
Los discípulos pasaron del miedo y la huida a anunciar públicamente que habían visto al Resucitado. Y esa proclamación cambió sus vidas y la historia.
Cristo no resucitó simplemente para demostrar que podía vencer la muerte.
Resucitó para abrirnos el camino hacia una vida que la muerte ya no puede destruir.
Por eso nuestra fe no está fundada en una bella idea.
Está fundada en una Persona que murió, fue sepultada y resucitó.
Cristo vive.
Y si Cristo vive, la muerte no tiene la última palabra.
Fuente:Andrés Cueva