Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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ACI prensa

La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. http://la-oracion.com

martes, 15 de septiembre de 2026

Granito de arena de Esperanza...NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES



El cristianismo no consiste únicamente en ser buena persona.
Consiste en amar a Dios conocer la verdad y dejar que Cristo transforme nuestra vida.



María aquel día triste lloró, y en su corazón guardo el dolor al ver a su hijo el Señor atravesado por la lanza, la misma que habría de traspasar su corazón de madre.
Dulce Madre, refugio del AMOR, ruega por nosotros





Dolor de madre
Un hijo muere y un hijo nace. Madre de maternidad sanada,un hijo nuevo le es dado. Madre de maternidad multiplicada porque somos hijos en aquel hijo nuevo. Y se siente ya la victoria de Pascua en su corazón de madre, en su maternidad resucitada.
P.Fidel Oñoro (CJM)





💔

Al pie del madero quedaste, María,
con siete dolores clavados al alma;
el mundo temblaba, la tarde moría,
y tú permanecías, serena y en calma.

Madre Dolorosa, refugio y consuelo,
enséñanos siempre a mirar hacia el cielo.
Fuente:el fader

Hoy la Iglesia celebra a la Bienaventurada Virgen María de los Dolores.


No contemplamos simplemente a una madre que sufre. Contemplamos a María unida de manera singular a la Pasión de Cristo, permaneciendo junto a Él cuando casi todos habían huido.

1️⃣ El Evangelio la sitúa en el lugar decisivo:

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre».
María no puede evitar la Pasión. No puede bajar a su Hijo de la cruz.
Pero puede hacer algo inmenso: permanecer.
Y permanece.

2️⃣ La tradición cristiana ha contemplado especialmente los siete dolores de María:

La profecía de Simeón.
La huida a Egipto.
Jesús perdido en el templo.
El encuentro camino del Calvario.
La crucifixión y muerte de Jesús.
El descendimiento de la cruz.
Y la sepultura del Señor.

3️⃣ Ya Simeón había anunciado:

«A ti misma una espada te traspasará el alma».
Aquella espada no significaba falta de fe.
Precisamente porque María ama profundamente a Cristo, participa profundamente de su sufrimiento.
Cuanto más grande es el amor, más hondamente puede doler.

4️⃣ Por eso la Virgen de los Dolores no representa una espiritualidad triste.

Representa algo mucho más cristiano: el amor que permanece fiel también en el sufrimiento.
María no ama solamente al Jesús de Belén, de Nazaret o de los milagros.
Ama también al Cristo crucificado.

5️⃣ Y junto a la cruz recibe una misión nueva.

Jesús le dice:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Y al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».

En el momento en que pierde humanamente a su Hijo, María recibe una multitud de hijos.

6️⃣ Por eso los cristianos nunca estamos solos ante la cruz.

Cuando llega la enfermedad, la pérdida, la incomprensión o cualquier sufrimiento, podemos mirar a María.
Ella conoce el Calvario.
No nos ofrece explicaciones fáciles.
Nos enseña algo quizá más importante: cómo permanecer junto a Cristo.

7️⃣ El Stabat Mater lo expresa de manera bellísima:

«Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo».
No pide buscar el dolor.
Pide no ser indiferente ante el amor de Cristo crucificado.

8️⃣ La compasión de María conduce siempre a Cristo.

La verdadera devoción a la Virgen de los Dolores no termina en María.
Ella nos lleva a contemplar las llagas de su Hijo, el precio de nuestra redención y la inmensidad del amor de Dios.

9️⃣ También nos enseña a acompañar el sufrimiento ajeno.

Hay dolores que no podemos solucionar.
A veces no existen palabras adecuadas.
Entonces María nos recuerda que estar, acompañar, rezar y permanecer puede ser ya una extraordinaria obra de amor.

🔟 Hoy podemos decirle sencillamente:

Madre, enséñame a permanecer.

Cuando no entienda.
Cuando duela.
Cuando no pueda cambiar las cosas.
Cuando parezca que Dios guarda silencio.

Que no huya de la cruz y que, contigo, permanezca junto a Jesús.

La Virgen de los Dolores nos recuerda que la última palabra del Calvario no fue el dolor, sino el amor.

Y quien permanece con María junto a la Cruz aprende a esperar también la mañana de la Resurrección.

Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.




Stabat Mater Dolorosa

 

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión, y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.





Virgen Dolorosa.



LOS SIETE DOLORES DE MARÍA

Practicamos esta devoción rezando, todos los días, siete veces el Avemaría mientras meditamos los siete dolores de María (un Avemaría en cada dolor).

¿Cómo se reza el Avemaría?

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

María quiere que meditemos en sus dolores. Por eso al rezar cada Avemaría es muy importante que cerrando nuestros ojos y poniéndonos a su lado, tratemos de vivir con nuestro corazón lo que experimentó su Corazón de Madre tierna y pura en cada uno de esos momentos tan dolorosos de su vida. Si lo hacemos vamos a ir descubriendo los frutos buenos de esta devoción: empezaremos a vivir nuestros dolores de una manera distinta y le iremos respondiendo al Señor como Ella lo hizo.

Comprenderemos que el dolor tiene un sentido, pues ni a la misma Virgen María, la Madre “tres veces admirable”, por ser Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, Dios la libró del mismo.

Si María, que no tenía culpa alguna, experimentó el dolor, ¿por qué no nosotros?

PROMESAS DE LA VIRGEN A LOS DEVOTOS DE SUS DOLORES

Siete gracias que la Santísima Virgen concede a las almas que la honran diariamente (considerando sus lágrimas y dolores) con siete Avemarías. Santa Brígida.

1º. Pondré paz en sus familias.

2º. Serán iluminados en los Divinos Misterios.

3º. Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.

4º. Les daré cuanto me pidan con tal que no se oponga a la voluntad de mi Divino Hijo y a la santificación de sus almas.

5º. Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y los protegeré en todos los instantes de sus vidas.

6º. Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte: verán el rostro de su Madre.

7º. He conseguido de mi Divino Hijo que los que propaguen esta devoción (a mis lágrimas y dolores) sean trasladados de esta vida terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos “su eterna consolación y alegría”.

LOS SIETE DOLORES DE LA VIRGEN

1º. La profecía de Simeón (Lc. 2, 22-35) ¡Dulce Madre mía! Al presentar a Jesús en el templo, la profecía del anciano Simeón te sumergió en profundo dolor al oírle decir: “Este Niño está puesto para ruina y resurrección de muchos de Israel, y una espada traspasará tu alma”. De este modo quiso el Señor mezclar tu gozo con tan triste recuerdo. (Rezar Avemaría)

2º. La persecución de Herodes y la huida a Egipto (Mt. 2, 13-15) ¡Oh Virgen querida!, quiero acompañarte en las fatigas, trabajos y sobresaltos que sufriste al huir a Egipto en compañía de San José para poner a salvo la vida del Niño Dios. (Rezar Avemaría)

3º. Jesús perdido en el Templo, por tres días (Lc. 2, 41-50) ¡Virgen Inmaculada! ¿Quién podrá pesar y calcular el tormento que ocasionó la pérdida de Jesús y las lágrimas derramadas en aquellos tres largos días? Déjame, Virgen mía, que yo las recoja, las guarde en mi corazón y me sirva de holocausto y agradecimiento para contigo. (Rezar Avemaría)

4º. María encuentra a Jesús, cargado con la Cruz (Vía Crucis, 4ª estación) Verdaderamente, calle de la amargura fue aquella en que encontraste a Jesús tan sucio, afeado y desgarrado, cargado con la cruz que se hizo responsable de todos los pecados de los hombres, cometidos y por cometer. ¡Pobre Madre! Quiero consolarte enjugando tus lágrimas con mi amor. (Rezar Avemaría)

5º. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor (Jn. 19, 17-30) María, Reina de los mártires, el dolor y el amor son la fuerza que los lleva tras Jesús, ¡qué horrible tormento al contemplar la crueldad de aquellos esbirros del infierno traspasando con duros clavos los pies y manos del Salvador! Todo lo sufriste por mi amor. Gracias, Madre mía, gracias. (Rezar Avemaría)

6º. María recibe a Jesús bajado de la Cruz (Mc. 15, 42-46) Jesús muerto en brazos de María. ¿Qué sentías Madre? ¿Recordabas cuando Él era pequeño y lo acurrucabas en tus brazos?. Por este dolor te pido, Madre mía, morir entre tus brazos. (Rezar Avemaría)

7º. La sepultura de Jesús (Jn. 19, 38-42) Acompañas a tu Hijo al sepulcro y debes dejarlo allí, solo. Ahora tu dolor aumenta, tienes que volver entre los hombres, los que te hemos matado al Hijo, porque Él murió por todos nuestros pecados. Y Tú nos perdonas y nos amas. Madre mía perdón, misericordia. (Rezar Avemaría)

María en San Nicolás (Argentina), nos dio este mensaje sobre sus siete dolores de hoy:

15-09-1989 (fiesta de Ntra. Señora de los Dolores)

“Hija mía, en estos días, son Mis Dolores:

el rechazo hacia Mi Hijo,
el ateísmo,
la falta de caridad,
los niños que no nacen,
la incomprensión en las familias,
el gran egoísmo de muchos hijos en el mundo,
los corazones aún cerrados al Amor de esta Madre...”

En el libro "Las Glorias de María" de San Alfonso María de Ligorio se dice lo siguiente:

"El mismo Jesús reveló a la beata Mónica de Binasco que él se complace mucho en ver que se siente compasión por su Madre, y así le habló: Hija, agradezco mucho las lágrimas que se derraman por mi pasión; pero amando con amor inmenso a mi Madre María, me es sumamente grata la meditación en los dolores que ella padeció en mi muerte.

Por eso son tan grandes las gracias prometidas por Jesús a los devotos de los dolores de María. Refiere Pelbarto haberse revelado a Santa Isabel, que San Juan, después de la Asunción de la Virgen, ardía en deseos de verla; y obtuvo la gracia pues se le apareció su amada Madre y con ella Jesucristo. Oyó que María le pedía a su divino Hijo, gracias especiales para los devotos de sus dolores. Y Jesús le prometió estas gracias especiales:

1ª. Que el que invoque a la Madre de Dios recordando sus dolores, tendrá la gracia de hacer verdadera penitencia de todos sus pecados.

2ª. Que los consolará en sus tribulaciones, especialmente en la hora de la muerte.

3ª. Que imprimirá en sus almas el recuerdo de su Pasión y en el cielo se lo premiará.

4ª. Que confiará estos devotos a María para que disponga de ellos según su agrado y les obtenga todas las gracias que desee".







lunes, 14 de septiembre de 2026

Hoy la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz.



Pero ¿qué significa «exaltar» la Cruz? ¿Desde cuándo existe esta fiesta? ¿Qué tienen que ver santa Elena, Jerusalén, el Santo Sepulcro y un emperador que recuperó la Cruz de manos de los persas?

Una historia fascinante.

1️⃣ Para entender esta fiesta tenemos que viajar a Jerusalén, al siglo IV.

Tras siglos de persecuciones, el cristianismo podía finalmente venerar públicamente los lugares relacionados con la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo.

Y comenzó a recuperarse la memoria del Calvario.

2️⃣ La tradición cristiana vincula especialmente este momento con santa Elena, madre del emperador Constantino, y con el hallazgo en Jerusalén de la Cruz de Cristo.

Sobre los lugares del Calvario y del sepulcro se levantó el gran santuario constantiniano que daría origen al actual Santo Sepulcro.

3️⃣ El 13 de septiembre del año 335 se celebró solemnemente la dedicación de la iglesia de la Resurrección y del Martyrium en Jerusalén.

Al día siguiente, 14 de septiembre, la reliquia de la Cruz fue mostrada solemnemente al pueblo para que pudiera venerarla.
De ahí está en el origen nuestra fiesta.

4️⃣ Y aquí comprendemos mejor la palabra «Exaltación».

La Cruz era elevada, presentada ante los fieles y venerada.
No se «exalta» el instrumento de tortura.
Se proclama el triunfo de Cristo que, precisamente mediante aquello que parecía su derrota, realizó nuestra Redención.

5️⃣ Pero la historia tuvo otro episodio impresionante.

En el año 614, los persas conquistaron Jerusalén y se llevaron, entre otros tesoros, la reliquia de la Santa Cruz.

Años después, tras la victoria bizantina, fue recuperada y devuelta solemnemente a Jerusalén.

6️⃣ Aquel acontecimiento quedó unido también a la memoria litúrgica de la Cruz.

Por eso detrás del 14 de septiembre confluyen siglos de historia: el hallazgo de la Cruz según la tradición, la dedicación de los santuarios de Jerusalén, su veneración pública y posteriormente su recuperación.

7️⃣ Hay además algo profundamente hermoso.

El santuario construido por Constantino comprendía los lugares del Calvario y del Sepulcro.

Cruz y Resurrección.
La Iglesia nunca contempla verdaderamente una sin la otra.
La Cruz cristiana no termina en el Viernes Santo.
Desemboca en la Pascua.

8️⃣ Por eso esta fiesta tiene un carácter triunfal.

No celebramos simplemente «la cruz que tenemos que aguantar».
Celebramos la Cruz de Cristo.
El árbol donde parecía vencer la muerte se convirtió en árbol de vida.
El instrumento de ignominia se convirtió en signo de victoria.

9️⃣ De ahí que desde los primeros siglos los cristianos hayan venerado la Cruz y trazado sobre sí mismos su señal.

No es un amuleto.
Es una profesión de fe resumida en un gesto:
Cristo murió.
Cristo resucitó.
Cristo nos ha redimido.

🔟 Quizá por eso hacemos tantas veces la señal de la Cruz que podemos terminar haciéndola sin pensar.

Hoy sería un buen día para hacerla despacio.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Toda nuestra fe cabe, de algún modo, bajo ese signo.

✝️ Hoy no exaltamos el dolor por el dolor.

Exaltamos la Santa Cruz porque en ella fue exaltado Cristo, y aquello que el mundo consideró derrota se convirtió en el trono desde el que el Señor venció al pecado y a la muerte.

Ave, Crux, spes unica.
Salve, Cruz, esperanza única.




La morada del alma que ama



“¿Dónde entonces habita él, sino en el dolor?”
¿En el dolor inmenso, en el dolor supremo?
Es la habitación del alma que ama
Y conforma su vida a la vida del Salvador.
No temas el sufrimiento, es un anticipo del amor,
“A la sombra de la Cruz, adéntrate enteramente,
El que te sostiene te dará luz”.
Él te fortificará para luchar cada día.

Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906)
carmelita descalza
Poesía114 (Œuvres Complètes, Cerf, Paris, 1996, p. 1025), trad. sc©evangelizo.org

“La Cruz, ¡la Santa Cruz!, pesa”

 14 de septiembre de 2026


Al celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, suplicaste al Señor, con todas las veras de tu alma, que te concediera su gracia para "exaltar" la Cruz Santa en tus potencias y en tus sentidos... ¡Una vida nueva! Un resello: para dar firmeza a la autenticidad de tu embajada..., ¡todo tu ser en la Cruz! –Veremos, veremos. (Forja, 517)
La Cruz, ¡la Santa Cruz!, pesa.

–De una parte, mis pecados. De otra, la triste realidad de los sufrimientos de nuestra Madre la Iglesia; la apatía de tantos católicos que tienen un "querer sin querer"; la separación –por diversos motivos– de seres amados; las enfermedades y tribulaciones, ajenas y propias...

La Cruz, ¡la Santa Cruz!, pesa: «Fiat, adimpleatur...!» –¡Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios sobre todas las cosas! Amén. Amén. (Forja, 769)

La Cruz no es la pena, ni el disgusto, ni la amargura... Es el madero santo donde triunfa Jesucristo..., y donde triunfamos nosotros, cuando recibimos con alegría y generosamente lo que Él nos envía. (Forja, 788)

¡Sacrificio, sacrificio! –Es verdad que seguir a Jesucristo –lo ha dicho Él– es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír a las almas que aman al Señor hablar tanto de cruces y de renuncias: porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso –aunque cueste– y la cruz es la Santa Cruz.

–El alma que sabe amar y entregarse así, se colma de alegría y de paz. Entonces, ¿por qué insistir en "sacrificio", como buscando consuelo, si la Cruz de Cristo –que es tu vida– te hace feliz? (Surco, 249)
Fuente:opusdei


Imagen:Pinterest

domingo, 13 de septiembre de 2026

Derrotar al rencor

El alma en el Juicio Particular

Cada uno de nosotros tiene una cita puntual con Dios al final del tiempo, cuando el alma se separe del cuerpo. Es Jesús quien vendrá a juzgar. En ese momento del juicio desaparecen títulos, cuentas bancarias, propiedades y seres queridos. Sola se queda el alma con sus obras, frente al rostro de Cristo.

Dice el profeta Daniel: "El tribunal se sentó y se abrieron los libros" (Dn 7,10). San Alfonso María de Ligorio enseña que esos libros son el Evangelio y la conciencia de cada uno. En los Evangelios se lee lo que el alma debía haber hecho; en la conciencia se lee lo que realmente hizo. Quedarán manifiestos los pensamientos, las omisiones, las gracias no correspondidas, y los rencores guardados. Recordar nuestro final es imaginar a Cristo mirándonos y darnos cuenta de que no hay tiempo para reescribir nuestra historia.

¿Cómo, frente al juicio particular, se verán nuestros rencores, odios y resentimientos? Se verán como una deuda que nos negamos a condonar, habiendo recibido una deuda inmensa que nos fue perdonada por Cristo. Para ser juzgados dignos del cielo nuestros corazones deben parecerse en algo al de Jesús. El odio y el rencor aparecen entonces como una locura. Es llegar al juicio con el corazón cerrado cuando se va a comparecer ante Aquel que nos perdonó en la cruz.

El texto del Eclesiástico no se anda con sentimentalismos. Va directo al grano: "piensa en tu fin y deja de odiar; piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos". Una persona sabia sabe que las ofensas duelen y que las injusticias existen. Pero sabe que el odio no puede tener lugar en una vida que sabe que va a morir y que tendrá qué comparecer.

Santa María Goretti a los once años, herida de muerte por Alejandro Serenelli, que le dio varias puñaladas destrozándole la vida, ella, dijo en el hospital, viendo cercana su muerte: "Por amor a Jesús perdono a Alejandro y quiero que esté conmigo en el paraíso". Años después, Alejandro se convirtió. Pidió perdón a la madre de María Goretti, Asunta, quien le respondió: "Si mi hija te perdona, ¿quién soy yo para no perdonarte?". Alejandro terminó como hermano lego capuchino y asistió a la canonización de María, su víctima. El perdón abrió caminos de luz que el odio habría cerrado.

El rencor es un tormento

La parábola de Mateo 18, el siervo actúa como si tuviera todo el tiempo del mundo para cobrar, humillar y encerrar. Su deuda pequeña se ha convertido en el centro del universo. Olvida que él mismo acaba de ser sacado de una deuda impagable. El que no recuerda su propio fin —ni el perdón recibido— se convierte en un hombre pequeño, duro y ciego. Y vivir así es un tormento para el corazón.

Cuando guardamos rencor alimentamos la ilusión de que la ofensa que recibimos debe quedar grabada para siempre. El que guarda rencor quiere que su herida no pase, que el otro no escape de la mente, que la historia quede fijada en el momento del daño. El rencor es una prisión más estrecha que la ofensa original.

El que guarda rencor dispone su alma para vivir en la tristeza. Vive dándole vueltas al mal sufrido, se alimenta de conjeturas, de lamentos y proyecciones. Así se vive en un caldo de cultivo de frustración y sinsabores. La tristeza y el rencor son primos hermanos. El rencoroso imagina constantemente lo que debió ser, lo que el otro debería de pagar. Y así los demonios de la tristeza y de la ira encadenan el alma.

Derrotar al rencor

El 13 de mayo de 1981 Mehmet Ali Ağca le disparó al papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Desde el hospital, el papa dijo que lo ha perdonado. En 1983 Juan Pablo fue a la cárcel, se sentó con él, le habló como a un hermano. No fue un gesto mediático sino que mantuvo una relación con él y con su familia. El perdón no anuló la pena judicial, pero negó que el atentado tuviera la última palabra sobre los dos.

Seguramente san Juan Pablo II oró mucho por su agresor, y este es el primer paso que hemos de dar para perdonar. Una persona que todos los días hace oración por quien lo ofendió, al poco tiempo cambiará su perspectiva de las cosas y terminará por olvidar la ofensa del otro.

Segundo, aprendamos a perdonar por adelantado. ¿Qué significa? El hermano Christian de Chergé, prior del monasterio trapense de Nuestra Señora del Atlas en Argelia, redactó un testamento espiritual donde perdonó explícitamente y por adelantado a su futuro asesino. Este documento fue abierto por su familia poco después de que él y seis de sus hermanos monjes fueran secuestrados y asesinados por el Grupo Islámico Armado (GIA) en mayo de 1996. Decía su escrito: "Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este “gracias” y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos".

Estos ejemplos heroicos pueden ser una inspiración para aquellos que aún no podemos perdonar. Dios no nos pide heroísmo en este momento, pero sí nos pide, al menos, tener el deseo de perdonar. En nuestras vidas hay heridas, abusos, violencia, traiciones. Todo esto pide tiempo, acompañamiento, el sacramento de la confesión y a veces tomar distancia. Pidamos la gracia al Señor de perdonar de corazón. Puede ser difícil, pero no es imposible.

Durante la Santa Misa de este domingo, cuando el sacerdote levante la Hostia, pensemos cada uno en nuestro último fin, en el Juicio Particular. No para que nos asustemos sino para que soltemos todo sentimiento malo contra los demás. Y cuando digamos "Amén" no sólo sea para decir "creo que es Cristo" sino también para decir: "Recibo la misericordia que no merezco, que no se retenga en mí y que fluya de mí a mis hermanos".

Padre Eduardo Hayen Cuarón



Tenme paciencia


Tenme paciencia, Señor
porque voy despacio.
Miro, y no veo.
Oigo y no entiendo.
Camino y no llego.
Busco y no encuentro.
Cargo tu evangelio
como una hipoteca.
Tropiezo seguido
con las mismas piedras.
Me puede el hastío.
Me muerde el encono
Se me instala dentro
un pozo sin fondo
Allí caen a plomo
buenas voluntades,
empeños, perdones,
bienaventuranzas
tu cruz y tu entrega.

Y aun así, me esperas.
No exiges un plazo,
no pones barreras,
no cierras los brazos
no dejas de darme
con tu voz aliento
con tu vida escuela.

Tardaré en llegar,
pero estoy en marcha.
tú tenme paciencia





ORACIÓN DE LA MAÑANA

Señor, que nunca olvidemos cuánto has hecho por nosotros; enséñanos a vivir agradecidos, confiando siempre en Tu infinita misericordia y descansando en Tu amor de Padre.

ORACIÓN DE LA MAÑANA
(Cf. Salmo 102)
Domingo, 13 de septiembre de 2026

Señor mío y Dios mío:

Al comenzar este día acudimos a Ti con un corazón agradecido. Bendice al Señor, alma mía, y no olvides ninguno de sus beneficios. Ayúdanos a recordar cuánto hemos recibido de Tus manos y a reconocer Tu presencia también en aquellas gracias sencillas que tantas veces pasan inadvertidas.

Gracias, Señor, por la vida, por las personas que has puesto a nuestro lado, por las veces que nos has sostenido sin que apenas lo advirtiéramos y por cada oportunidad que nos has concedido para levantarnos y comenzar nuevamente. Que la costumbre nunca nos haga olvidar Tus bondades ni demos por merecido aquello que hemos recibido gratuitamente de Ti.

Tú conoces nuestras debilidades y nuestros pecados y, sin embargo, Tu respuesta es la misericordia. No nos tratas según nuestras culpas ni guardas rencor contra nosotros. Cuando acudimos a Ti con un corazón arrepentido, encontramos al Padre que perdona, sana, rescata y vuelve a cubrirnos de amor y ternura.

Por eso hoy ponemos ante Ti aquello que necesita ser sanado en nosotros. Perdona nuestras faltas, cura nuestras heridas, libera nuestro corazón de cuanto nos impida amar y ayúdanos a recibir Tu misericordia con la humildad de quien sabe cuánto necesita de Ti.

Y así como experimentamos Tu compasión, enséñanos también a ser misericordiosos. Que no guardemos rencores, que sepamos perdonar, que no juzguemos con dureza las debilidades de los demás y que aprendamos a mirar a nuestros hermanos con algo de aquella ternura con la que Tú nos miras.

Mira especialmente, Señor, a quienes hoy necesitan experimentar Tu misericordia: a quienes sufren, a quienes están enfermos, a quienes cargan con el peso de sus errores, a quienes se sienten lejos de Ti y a quienes han perdido la esperanza. Acércate a ellos, abrázalos con Tu amor y hazles descubrir que Tu misericordia es siempre más grande que sus miserias.

En este domingo, al acercarnos a la Santa Misa, concédenos presentarnos ante Ti con humildad y gratitud. Que al escuchar Tu Palabra y participar de la Eucaristía reconozcamos nuevamente cuánto nos amas y cuánto recibimos de Ti.

Señor, que todo nuestro ser bendiga Tu santo nombre. Que nunca olvidemos Tus beneficios y que, en cada circunstancia de nuestra vida, sepamos volver la mirada hacia Ti, confiando en que Tu misericordia es inmensa y Tu amor de Padre nunca nos abandona.





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