Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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jueves, 12 de marzo de 2026

La Cuaresma también es un tiempo fuerte para los sacerdotes.

 


Un tiempo para volver al origen de nuestra vocación: Cristo.
No al activismo.
No a los números.
No al éxito humano.
A Cristo.

1️⃣ El sacerdote, antes que nada, es un hombre que está con el Señor.
Nuestra primera tarea no es hacer cosas, sino estar con Él.
Dejar que Él nos forme.
Dejar que Él nos purifique.
Sin esa intimidad con Cristo, el ministerio se vacía por dentro.

2️⃣ El sacerdocio se comprende mirando a Cristo Siervo.
El cuarto canto del Siervo de Yahvé nos lo recuerda:
“Despreciado y evitado por los hombres, varón de dolores… él soportó nuestros sufrimientos” (Is 53).
Cristo no salvó el mundo desde el éxito humano.
Lo salvó desde la cruz.

3️⃣ También el sacerdocio se comprende desde ahí.
El sacerdote no es dueño de nada.
Es siervo.

Siervo de Cristo.
Siervo de la Iglesia.
Siervo del pueblo de Dios.
Cuando olvidamos esto, el ministerio se deforma.

4️⃣ Muchas veces confundimos el éxito pastoral.
Pensamos que el éxito está en la actividad, en la visibilidad, en los resultados.
Pero el éxito del Siervo de Dios es otro:
hacer la voluntad del Padre.
Nada más.
Nada menos.

5️⃣ El Siervo aparece desfigurado.
No tenía belleza ni apariencia atrayente.
Así actúa Dios muchas veces en la historia de la salvación:
la fecundidad pasa por el aparente fracaso.
La cruz nunca es el final.
Pero siempre es el camino.

6️⃣ El sacerdote está llamado a entrar en esa lógica.
No estamos llamados a crucificar a otros.
Estamos llamados a dejarnos crucificar con Cristo.
Por Cristo.
Con Él.
Y en Él.
Ese es el camino del Evangelio.

7️⃣ El Siervo carga con los pecados de los demás.
Eso es profundamente sacerdotal.
El sacerdote vive muchas veces cargando con dolores que no son suyos:
los pecados, las heridas y los sufrimientos del pueblo.
Cristo nos enseña a llevarlos con Él.

8️⃣ El Siervo calla.
“Como cordero llevado al matadero… no abría la boca”.
No es resignación.
Es obediencia.
Jesús no se presenta como víctima.
Se ofrece como ofrenda.
Ese silencio de Cristo también forma el corazón del sacerdote.

9️⃣ El Siervo es triturado… pero de ese triturar nace vida.
Como el trigo que se muele para convertirse en pan.
La Eucaristía nos lo recuerda cada día.
La vida sacerdotal está llamada a ser vida eucarística:
entrega, oblación, donación.
Hasta la última gota.

🔟 Por eso la Cuaresma es una llamada fuerte para nosotros.
Volver al Cenáculo.
Volver al lavatorio de los pies.
Volver al Corazón de Cristo.
Y preguntarnos con verdad:
Señor, si tú has hecho esto por mí,
¿qué tengo que hacer yo por ti?

1️⃣1️⃣ El Siervo termina en victoria.
“Verá la luz y se saciará”.
La cruz no tiene la última palabra.
La tiene la Resurrección.
Cristo ya ha vencido el pecado y la muerte.
El sacerdote vive de esa esperanza.

1️⃣2️⃣ El Siervo de Dios José María García Lahiguera repetía a menudo algo muy sencillo y profundo:
El sacerdote debe ser víctima con Cristo.
No solo ministro del sacrificio.
También ofrecido en el sacrificio.
Ahí está la fecundidad del sacerdocio.

1️⃣3️⃣ Por eso, hermanos sacerdotes, no tengamos miedo.
Vale la pena entregar la vida por Cristo.
Vale la pena gastarse por Él.
Vale la pena sufrir por Él.
Porque nada es más grande que pertenecerle.

1️⃣4️⃣ Y a quienes sienten en el corazón la llamada al sacerdocio:
No tengáis miedo.
El mundo necesita sacerdotes.
Sacerdotes santos (perfectos a los ojos de Dios, no a los del mundo).
Sacerdotes enamorados de Cristo.
Sacerdotes que no busquen su propia gloria, sino la Suya.

1️⃣5️⃣ En esta Cuaresma pidamos una gracia.
Morir cada día un poco más con Cristo.
Para que Él viva en nosotros.
Para que su amor llegue a muchos.
Porque al final, todo se resume en esto:
Por Cristo vale la pena entregarlo todo.

domingo, 29 de junio de 2025

Granito de arena de Esperanza...San Pedro y San Pablo

“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.”

San Pedro y San Pablo fueron transformados por el mismo Corazón divino. Ambos vivieron y murieron por el Amor que los amó primero.


Ss. Pedro y Pablo, Apóstoles.

«La pasión de los muy bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo ha hecho sagrado este día para nosotros. No estamos hablando de mártires desconocidos. Por toda la tierra salió su sonido y sus palabras llegaron hasta los confines del orbe de la tierra. Estos mártires vieron lo que anunciaron, siguieron la equidad confesando la verdad y muriendo por ella.»

San Agustín, sermón 295 [En el natalicio de los Apóstoles Pedro y Pablo]

 

SAN PEDRO APÓSTOL 

 "Domine, ad quem ibimus? Verba vitae aeternae habes". (Ioh VI, 68) «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

 


 SAN PABLO APÓSTOL 

"Bonum certamen certavi, cursum consummavi, fidem servavi". (II Tim IV, 7) «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe».

 

¡Animo! Tú... puedes. -¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde..., con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz? (Camino, 483)San Josemaría 



domingo, 8 de agosto de 2021

CUANDO SE PIENSA.


Cuando se piensa que ni la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote;

Cuando se piensa que ni los Angeles, ni los Arcángeles, ni Miguel, ni Gabriel, ni Rafael, ni príncipe

alguno de aquellos que vencieron a Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote;

Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo, en la última cena, realizó un milagro más grande que la

creación del universo con todos sus esplendores, y fue convertir en pan y el vino en su Cuerpo y su

Sangre para alimentar al mundo; y que ese portento, ante el cual se arrodillan los Angeles y los hombres,

puede repetirlo cada día un sacerdote;

Cuando se piensa que la humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y

mujeres que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un sacerdote puede

realizar;

Cuando se piensa que un sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor

que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que

está allí repitiendo el mayor milagro de Dios;

Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre se llegara a faltarle ese poquito de pan y ese

poquito de vino;

Cuando se piensa que eso puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando

eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de

sostenerla; y las gentes aullarán de hambre y de angustia, y pedirán ese pan, y no habrá quién se lo dé; y

pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quién los absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el

mayor de los espantos;

Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero,

más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede

reemplazarlo a él;

Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones

sacerdotales;

Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos cada familia ansiaba que de su seno brotase, como

una vara de nardo, una vocación sacerdotal;

Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se reflejaba en las

leyes;

Uno comprende cómo el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación;

Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo;


Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo es como si

renunciaran a un título de nobleza incomparable;

Uno comprende que más que una iglesia, y más que una escuela y más que un hospital es un seminario;

Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario es multiplicar los nacimientos del

Redentor;

Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista es allanar el camino por donde

ha de llegar al altar un hombre, que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las

dignidades de la tierra y que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo.


por Gustavo Martínez Zuviría

Fuente: Hugo Wast. Cuando se piensa. Navega hacia alta mar.

Opus Dei

viernes, 8 de noviembre de 2019

“Que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas”


Ama y busca la ayuda de quien lleva tu alma. En la dirección espiritual, pon al descubierto tu corazón, del todo —¡podrido, si estuviese podrido!—, con sinceridad, con ganas de curarte; si no, esa podredumbre no desaparecerá nunca. Si acudes a una persona que sólo puede limpiar superficialmente la herida..., eres un cobarde, porque en el fondo vas a ocultar la verdad, en daño de ti mismo. (Forja, 128) 

San Josemaría

miércoles, 8 de junio de 2011

Sin título


Le propongo que limpiemos entre todos esta palabra santa, y no toleremos que la irreverencia se extienda
 
Sin título
Sin título
Empiezo a redactar este artículo en la capilla del Centro universitario donde trabajo. En este pequeño oratorio celebraré la Santa Misa dentro de media hora. Entre tanto permanece en penumbra. Para escribir me basta la luz tenue que ilumina el Sagrario.

He puesto una palabra como título. La leo en voz alta y siento la misma desazón que me produce oírla a todas horas: en la radio, en la televisión, en la calle, en las conversaciones más triviales e incluso en ambientes presuntamente cultos. Decido tacharla. Había escrito "La Hostia".

"La Hostia" es una palabra profanada, un vocablo envilecido, contaminado por el vómito de millares de blasfemos que se han ensañado con Ella durante años. No tengo tiempo ni ganas de hacer un análisis sociológico o histórico de la cuestión; pero, en todo caso, ofender a Dios con la palabra siempre me ha parecido un pecado estúpido, una especie de pataleta de adolescente, aunque sea cosa de viejos. Los blasfemos se rebelan contra sus más íntimas creencias con la misma agresividad del quinceañero que escupe a un retrato de su padre para reivindicar su autonomía.

No tan grave, pero sí tan necia como la blasfemia, es la irreverencia consciente, el manoseo torpe o graciosillo del lenguaje sagrado para escándalo de ancianitas o regocijo de clerófobos. La Hostia Santa (tenía ganas de poner este adjetivo) se ha convertido para muchos en un sustantivo "audaz", en un churrete asqueroso del lenguaje progre o en una muletilla mohosa para tartamudos mentales.

Hace un rato, frente al despacho del capellán, un grupo de alumnos de Derecho comentaba el último examen de no sé qué asignatura. Una alumna repitió tres o cuatro veces esta palabra con su correspondiente artículo determinado. Yo no podía verla, y quizá ella tampoco era consciente de que la escuchaba a pocos metros. La chica probablemente no quería ofender a nadie, pero su reducido vocabulario precisaba de un comodín, y por lo visto no tiene otro mejor.

Sin embargo, la Hostia es Jesucristo. No quiero decir que "signifique" la presencia de Jesús entre nosotros; ni siquiera que "esté" escondido en un pedazo de pan. No: el pan ya no existe. La Forma consagrada "es" Jesús, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad.

Miro al Sagrario. Todavía faltan diez minutos para la Misa. Dentro de poco tendré la Hostia en mis manos: el Cuerpo glorioso e inmortal de Jesús, que ha querido permanecer con sus heridas abiertas, entregándose eternamente al Padre desde la Cruz, para hacer perenne su Sacrifico.

Por eso, mientras trato de prepararme para celebrar la acción más sagrada y trascendente que podemos realizar en esta vida, pienso en ese Jesús escupido, torturado y humillado que se dispone una vez más a ser Sacerdote y víctima del Sacrificio. Y me pregunto si, tal vez, permitirá tantas ofensas, insultos e irreverencias a su presencia eucarística para poder seguir sufriendo como Hostia igual que sufrió en la Cruz.

He terminado la Misa hace veinte minutos. Hablo con Nacho de todo esto. Él piensa que tengo razón en el fondo, pero que exagero.

— La gente no sabe lo que dice. A mí no me gusta emplear esas palabras, aparte de que soy la mar de tranquilo, pero cuando juegas a basket y te dan un codazo, no sé…, a lo mejor se me escapa. ¿Está mal eso?

— Las palabras salen siempre de algún sitio –respondo–; y nunca son inocuas.

Le propongo que limpiemos entre todos esta palabra santa, y no toleremos que la irreverencia se extienda entre personas que ni siquiera sospechan que ofenden al Señor. Que no vaya de boca en boca como si fuera basura.

— ¿Y qué se consigue con eso?

— Dar gloria a Dios. Y, de paso, reparar por tantas ofensas.

Imagina por un momento que estás en el Huerto de los Olivos con Jesús. Él lleva ya sobre sus hombros todos los pecados de los hombres, y no aguanta más el peso y la repugnancia de ese cáliz terrible. Ha empezado a sudar gotas de sangre… ¿No te gustaría limpiarle la frente y besar su rostro?

Limpiemos al menos su Nombre; no seamos cobardes. 
 
Autor: Enrique Monasterio - Fuente:Catholic.net
  

jueves, 17 de marzo de 2011

EL SACERDOTE

Cuando se piensa que solamente un sacerdote puede perdonar los pecados y que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios, obligado por su propia palabra, lo ata en el Cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo desata Dios...
Cuando se piensa que Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, realizó un milagro más grande que la creación del Universo con todos sus esplendores, y fue convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre para alimentar al mundo, y que este portento, ante el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un sacerdote...
Cuando se piensa que un sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazar a todos y ninguno puede reemplazarlo a él...
Cuando se piensa que un sacerdote, cuando celebra en el altar, tiene una dignidad infinitamente mayor que un rey; y que no es ni un símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios...
Cuando se piensa que el mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese pan y ese vino, y que eso puede ocurrir, porque están escaseando las vocaciones sacerdotales, y que cuando eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes aullarán de hambre y de angustia, y pedirán ese Pan, y no habrá quien se lo dé; y pedirán la absolución de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos por el mayor de los espantos...
Cuando se piensa todo esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales...
Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos, cada familia ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación sacerdotal...
Uno comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los sacerdotes, lo que se reflejaba en las leyes...
Uno comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir o desalentar una vocación...
Uno comprende que provocar una apostasía es ser como Judas y vender a Cristo de nuevo...
Uno comprende que si un padre o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran a un título de nobleza incomparable...
Uno comprende que más que una iglesia, y más que una escuela, y más que un hospital, es un seminario o un noviciado...
Uno comprende que dar para construir o mantener un seminario o un noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor...
Uno comprende que dar para costear los estudios de un joven seminarista o de un novicio es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre, que durante media hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la Tierra y que todos los santos del Cielo, pues será Cristo mismo, sacrificando su Cuerpo y su Sangre, para alimentar al mundo.
Hugo Wast 
webcatolicodejavier.org
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