La resurrección de Lázaro (circa 1630–1632), de Rembrandt van Rijn (holandés, 1606–1669).
Rembrandt presenta la resurrección de Lázaro en un clima de oscuridad, silencio y asombro. Todo está envuelto en penumbra, y precisamente por eso destaca con más fuerza la figura de Cristo. Está en pie, sereno, con la mano alzada. No hay nerviosismo en Él ni gesto inútil. No discute con la muerte. La manda retirarse.
El cuadro está lleno de movimiento interior. Impresiona el impulso de la fe de Marta, que en su ímpetu casi parece arrastrar a María, representada de espaldas. Y junto a ellas destaca también la tremenda sorpresa de los judíos que las acompañaban. Sus rostros recogen bien ese estupor de quien comprende que está sucediendo algo que supera toda expectativa. No están viendo un simple consuelo. Están contemplando el poder de Dios entrar en el lugar de la muerte.
Lázaro comienza a incorporarse todavía envuelto en el sudario. Y ahí hay una imagen muy fuerte de la vida espiritual. El Señor le ha devuelto la vida, pero aún quedan vendas que lo atan. Así obra tantas veces Cristo con nosotros: primero nos llama fuera del sepulcro, y luego nos va desatando poco a poco. El Corazón de Cristo no sólo resucita. También libera, cura y rehace.
Todo en el cuadro conduce a Cristo: la fe de Marta, el sobrecogimiento de María, la sorpresa de los presentes y la vuelta a la vida de Lázaro. Al contemplarlo, casi se escucha de nuevo aquella palabra que sigue entrando en tantos sepulcros del alma: «Lázaro, sal fuera».
Fuente:https://x.com/SacerdosMariae
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