Jesús, no quiero abandonarte, antes bien, deseo dar testimonio de ti a los hombres. Quiero darte a conocer a quienes no han oído hablar de ti. Sé que no será fácil, porque el mundo odia los que te pertenecemos, pero “Tú has vencido al mundo”, y con esa confianza, quiero aventurarme en el anuncio de tu Persona. Catholic.net
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viernes, 21 de marzo de 2025

EL PECADO ORIGINAL


Aunque la expresión "pecado original” no aparece tal cual en la Biblia, la Iglesia ha desarrollado esta enseñanza fundamentada en la Revelación Divina desde hace siglos.

Hoy te cuento cómo nació, qué significa y por qué importa.

Todo nos remonta a la historia de Adán y Eva.

En Génesis, su desobediencia trajo el pecado y la muerte al mundo (Gn 3). La Biblia no dice “pecado original”, como tal, pero los primeros cristianos vieron aquí una clave de que algo cambió para toda la humanidad.

En los primeros siglos, los Padres de la Iglesia empezaron a reflexionar al respecto.

Por ejemplo, San Ireneo de Lyon habló de cómo el pecado de Adán afectó a todos en nuestra condición humana. Pero quien le dio forma al tema como tal fue San Agustín de Hipona.

Aurelio Agustín (siglo IV-V) consideró la siguiente frase bíblica: “Por un hombre entró el pecado en el mundo” (Romanos 5:12). Para él, el pecado de Adán no fue solo un mal ejemplo, sino algo que nos marcó a todos desde el nacimiento. ¿Cómo? ¡Sigue leyendo!

Aquí entra una distinción clave que la Iglesia ha deducido, y de la cual poco se habla:

El pecado original tiene dos caras. Está el “originante” (el acto de Adán y Eva) y el “originado” (lo que heredamos nosotros). Uno es la causa, el otro el efecto.

El “pecado original originante” fue esa primera desobediencia. El “pecado original originado” es el estado en que nacemos: sin la amistad plena con Dios que Adán tenía al principio. Parece nacer con una deuda que no pedimos, pero no necesariamente es esto. Vayamos adelante...

La Iglesia explicó en documentos oficiales, por ejemplo “Humani Generis” de Pío XII, que el pecado original viene de un acto real de Adán. Todos estamos conectados a esa caída.

Es decir, sin importar la interpretación del Génesis, TODO HOMBRE COMPARTE ESTA CONDICIÓN AL NACER.

Y en “Gaudium et Spes” 13 (1965), del Concilio Vaticano II, se aclara: el pecado original no se “genera” como algo físico (no es ADN), sino que se “propaga”. ¿Qué significa esto?

Propagación quiere decir que no lo heredamos como el color de ojos, sino como una ruptura espiritual. Adán perdió la “justicia original” (vivir en armonía con Dios), y eso nos afecta a todos desde que nacemos.

Vamos con Santo Tomás de Aquino (siglo XIII), que le puso cabeza al tema. Él dijo que el pecado original tiene “materia” y “forma”. Suena raro, pero es sencillo si lo desglosamos.

La “materia” del pecado original es la concupiscencia. ¿Y eso qué es? Es esa inclinación inicial a lo natural, o al desorden en lo natural, que todos sentimos: No queremos a Dios de manera directa al nacer, y a veces queremos lo malo aunque sepamos que no nos conviene.

La “forma” es la privación de la justicia original. Es decir, nos falta esa unión perfecta con Dios que Adán tenía antes de pecar. Nacemos con ese vacío espiritual.

Concupiscencia y privación van juntas, con que una falte, deja de existir pecado original. Ambas son esencia del mismo

Pero hay esperanza: el bautismo. La Iglesia enseña que el bautismo borra el pecado original. ¿Cómo? La gracia de Dios nos devuelve la amistad con Él, al menos poco a poco, conforme vamos creciendo en la fe. 


Ojo: el bautismo elimina la “privación de la justicia original”, pero no la concupiscencia. A veces seguimos teniendo esa inclinación al desorden, aunque ahora podemos luchar contra ella con la gracia de Dios.

¿Y la justicia original? No la recuperamos del todo aquí. Sto. Tomás decía que esa plenitud la tendremos en la vida eterna, estando cara a cara con Dios, pero también es cierto que ya no estamos privados de ella. Por su Espíritu Santo, Dios nos abrió la puerta a sí mismo.

Resumiendo: el pecado original es como empezar la vida con una mochila pesada (concupiscencia) y sin una ruta segura (justicia original). El bautismo aligera la carga, y nos da un mapa de rutas, pero el viaje sigue.

Por eso la Iglesia insiste tanto en esto: no es solo un cuento viejo, sino una verdad sobre quiénes somos y una especie de herida inicial que compartimos, pero todos estamos invitados a la redención.

Pues espero al menos haber aclarado aunque sea sólo un poco este punto de la doctrina católica de manera sencilla. Que Dios bendiga tu búsqueda de Él.

Mi oración te acompaña. Saludos en Cristo!

 

Fuente: Andrés Piña 


domingo, 12 de enero de 2025

Jesús santificó el bautismo y nos ha divinizado

 



Jesús ha santificado el bautismo al recibir el bautismo de Juan. Si el mismo Hijo de Dios fue bautizado, ¿un hombre piadoso despreciaría el bautismo? Jesús no recibió el bautismo para el perdón de los pecados, ya que no tiene pecado. Él recibió el bautismo -sin tener pecado- para dar gracia y dignidad divinas a los bautizados. “Ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne” (Heb 2,14), al participar de su presencia corporal, participan también de su gracia divina. Jesús recibió el bautismo de Juan, afín que el participar en su bautismo nos otorgue honor y salvación. (…)
Desciendes en el agua cargado de tus pecados y la invocación de la gracia marca con su sello tu alma y no permite que seas deglutido por el terrible dragón. Descendido muerto por el pecado, remontas vivificado por la justicia. Si fuiste injertado en la semejanza de la muerte del Salvador, serás considerado digno de la resurrección. Jesús ha sufrido al tomar sobre él las faltas de toda la tierra, y habiendo puesto el pecado a muerte, te resucitó en la justicia. Igualmente, descendido tú también en el agua, como sepultado en las aguas tal cómo él en la roca, resucitas “llevando una Vida nueva” (Rom 6,2).

 

 San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismal 3, 11-12 (Les catéchèses, coll. Les Pères dans la foi 53-54, Migne, 1993), trad. sc©evangelizo.org

domingo, 9 de enero de 2022

BAUTISMO DEL SEÑOR

 

(9 de enero) 


Hoy, en las aguas del Jordán, el mismo Dios, capaz de arrancar el pecado, se despojó de su Divinidad y, cual mortal, se sometió a Juan para ser bautizado.

Ya no era un bautismo de agua, sino de Espíritu, el mismo que descendió sobre Cristo cuando emergió de las aguas mientras la voz del Padre lo proclamaba su Hijo.

No  lo alcanza la razón, pero bastan corazón y alma para comprender que fue el Amor quien hizo que el Libertador se mostrara como reo, el que perdona fuera perdonado y el Purificador purificado, pero no de sus inexistentes pecados, sino de los nuestros, los que le llevaron a ser crucificado.

Si Moisés abrió las aguas del mar Rojo y liberó al pueblo elegido de la esclavitud, Cristo ahogó, en las aguas del Jordán, la esclavitud de nuestros pecados y abrió el camino que nos lleva al Cielo. 


Abel De Miguel Sáenz 

Madrid,  España



domingo, 13 de enero de 2019

El Bautismo de Jesús en el Jordán




En la solemnidad de hoy conmemoramos el bautismo de Jesús por San Juan Bautista en las aguas del río Jordán. Sin tener mancha alguna que purificar, quiso someterse a este rito de la misma manera que se sometió a las demás observancias legales, que tampoco le obligaban. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que rigen la vida humana y a las que regían en el pueblo israelita, elegido por Dios para preparar la venida de nuestro Redentor. 
Juan cumplió, con energía, la misión de profetizar y suscitar un gran movimiento de penitencia como preparación inmediata al reino mesiánico.


El Señor deseó ser bautizado, dice San Agustín, «para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad»7.


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