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jueves, 25 de mayo de 2017

Dios no se cansa de perdonar




«Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón».

Hace un tiempo, justo en el marco cuaresmal, el Papa Francisco tomando el episodio conocido como «la mujer adúltera» (cf. Jn 8, 1-11) nos propuso esta reflexión: «Jesús nos ofrece palabras de amor y de misericordia que invitan a la conversión; Dios comprende, atiende, no se cansa de perdonar». Tal mensaje sigue siendo actual y actuante; es para nosotros un motivo de reflexión. Sabemos que no se trata solo de palabras elocuentes sino ante todo de una experiencia de vida. Sí, sólo quien ha experimentado el gozo de la reconciliación divina, su gracia y fortaleza es capaz de saberse dichoso y pleno.

Ahora nos encontramos en el umbral de un tiempo que nos exige y demanda pedir perdón y perdonar por lo que es preciso volvernos a quien ya nos ha perdonado primero: Dios. Él ha enviado a su Unigénito para reconciliarnos consigo; hizo la paz mediante su entrega sacrificial en la cruz y nos ha dotado de libertad pues somos sus hijos, todo esto movido por su amor al hombre (cf. Col 1, 20; Ef 1, 5; 2, 16).

Así, nuevamente en el tiempo de cuaresma, el mensaje es claro y contundente, debemos reconocer que hemos fallado, pues nuestra naturaleza es débil, purificarnos de nuestros pecados mediante los sacramentos y seguir caminando con nuestra mirada fija en Quien nos redime. Hemos de tomar conciencia que las realidades familiares, sociales, políticas e incluso religiosas nos apremian para afianzar nuestros pasos por el sendero de la reconciliación. «hagamos puentes que unan y no muros que dividan».

Creemos en un Dios de perdón

Basta sólo con dar una hojeada por las páginas de la Biblia y darnos cuenta que en cada episodio Dios siempre tiene la disposición de realizar una alianza con el hombre. A pesar de que el Pueblo de Israel haya sido infiel (cf. Ex 32, 1-35); que sus elegidos le hayan fallado (cf.1Re 11, 9ss); que sus discípulos lo traicionaran y negaran (cf. Mc 14, 10-11; 66-72) Él siempre sale al encuentro del hombre, lo acaricia, le pone los mejores vestidos y se llena de alegría (cf. Lc 15, 1-32). Dios, justo y misericordioso, siempre nos perdona cuando de corazón nos volvemos a Él.

Capaces de pedir perdón

Cuan difícil resulta acercarse a quien con nuestros actos hemos ofendido; nos resulta una humillación. Sin embargo cada momento así nos capacita para madurar y creer que el rencor y soberbia se disuelven con la mirada puesta en Quien en la cruz nos ha enseñado que aunque duela, el mayor gesto de amor es entregar la vida (cf. Rm 5,8; Lc 23,34).

Dispuestos siempre a perdonar

El primer paso para lograr un auténtico perdón es la disposición del corazón para acercarse a Dios. Reconocer que «el arrepentimiento brota del conocimiento de la verdad» (Thomas Stearns) y que quien se acerca a nosotros para pedir perdón también ha sufrido por su debilidad. El perdón es como la antesala para gozar de la gracia y el remedio para curar los dolores más profundos del espíritu.

El amor lo cura todo

«Haya sobre todo mucho amor entre ustedes, porque el amor perdona muchos pecados» 1Pe 4, 8. «El amor es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz.» (Benedicto XVI). Entregandonos todos los días en nuestra vida cotidiana será el mejor signo de que hemos sido testigos de la gran misericodia de Dios. Acerquemos a Él y dejemos que ilumine nuestro existir.


martes, 16 de mayo de 2017

Perdonar y pedir perdón ...



No hay mayor sensación de tranquilidad que pedir perdón y perdonar. Las heridas se cierran y se alivia el alma y el corazón

Hace algunos días estuve en el funeral del papá de una amiga y me sorprendió su tristeza tan aguda. Obviamente, cualquier persona sufre con la muerte de un ser tan especial pero el suyo era algo así como una tristeza doble.
Además del dolor que le causaba la pérdida de su padre, quien murió repentinamente, mi amiga lloraba porque ambos llevaban años distanciados, tras una fuerte pelea y después de una relación de mucha frialdad y tratos injustos. Esto último era lo que en realidad hacía más agudo el sufrimiento de mi amiga.

Y me compartía que su padre la buscó varias veces para pedirle perdón, pero admitió que ella se negó a escucharlo. Los últimos días, me contaba, había estado reconsiderando esta decisión y estaba pensando acercársele nuevamente. Pero no se atrevía y siempre decía “mañana” Y el mañana nunca llegó…

¡Cuánto quisiera retroceder el tiempo!”, Me decía llena de impotencia. Después de esta experiencia me quedé pensando en lo importante que es el perdón en nuestras vidas.


Un peso para nuestro camino

Vivir con algún rencor es como caminar por la vida con una herida abierta que no sana, que sigue sangrando y que corre el riesgo de infectarse y de comprometer otros órganos.

Algo que hace pesado y también amargo nuestro andar, pues además de las múltiples preocupaciones que tenemos cada día, está el recuerdo del daño causado y en muchos casos, el deseo de vengarnos. Y a veces, sin darnos cuenta, estas ideas deterioran nuestras relaciones con los demás y también con nosotros mismos.

"Perdonar pareciera de pusilánimes. En nombre de la justicia podemos decir: “esto es imperdonable” pero cuando nos miramos a nosotros mismos, nos encontramos con nuestra fragilidad y descubrimos que por el mal uso de nuestra libertad hemos hecho sufrir a muchas personas, solo ahí podemos preguntarnos: ¿quién soy yo para negarle el perdón a alguien?"


El alivio del perdón

¡Y no hay mayor sensación de tranquilidad que perdonar! Las heridas se cierran y el andar se aligera. Siente uno un alivio similar al de pagar una deuda. ¡Con la diferencia de que el perdón es gratis!

El perdón no es la actitud ingenua de quien acepta con resignación o tolerancia el daño recibido. Es, más bien, la actitud sincera de quien quiere apostar por el otro, acogerlo y ayudarlo a cambiar y a sanar sus heridas.


Perdonar y pedir perdón es un acto de valientes.

De gente que ve las consecuencias de los errores y de las malas intenciones pero de quien las trasciende y no está teniendo en cuenta las deudas que los demás tienen con él.

La justica es dar a cada quien lo que le merece y por ello perdonar es justo, porque todos, por más grandes que sean nuestras faltas, si estamos de corazón arrepentidos, podemos pedir y ofrecer el perdón.

Y para quien cree, el mayor modelo de perdón es Dios, representado en la parábola del Hijo Pródigo y quien, como dijo el Papa Francisco en su primer Ángelus: “Nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”

pildorasdefe

lunes, 27 de junio de 2011

El síndrome de la maledicencia

Perdonarnos y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar el síndrome de la maledicencia.

El síndrome de la maledicencia


Cada epidemia provoca un auténtico terremoto en el mundo de la medicina y en la vida de miles (quizá millones) de personas.


Podríamos preguntarnos si no existen también "epidemias" en el mundo del espíritu. Pensemos, por ejemplo, en el chismorreo, en los insultos, en la calumnia. En cuestión de pocos días (a veces en pocas horas) un hombre o una mujer pierden su fama, el afecto de sus amigos o conocidos, incluso tal vez de sus familiares más cercanos.


Todo inicia con una alusión que alguien susurra en un rato de cotilleo. Luego, la suposición se convierte en sospecha. Alguno hace de la sospecha certeza, y la certeza (fundada a veces sólo en una mezcla de imaginación, mentiras y rencores profundos) se propaga como la peste, como el SARS: ¡qué difícil es detener la maledicencia o la calumnia!


Los cristianos deberíamos actuar contra cualquier nuevo brote de maledicencia con firmeza. En algunas situaciones deberíamos ser tan firmes y tajantes como los médicos que luchan contra reloj para cortar el avance de un nuevo virus. Un virus puede destruir una vida, y eso es muy grave. Pero sólo quien ha sufrido el veneno de la calumnia, quien se ha visto insultado, señalado, abandonado por culpa de una mentira que corre veloz de boca en boca, o de una a otra página o foro de internet, puede comprender que hay formas de muerte moral más dolorosas que la misma enfermedad física.


¿Podemos tomar medidas radicales, firmes, profundas, contra la mentira, el chismecillo, la calumnia espontánea o promovida de modo organizado y sistemático?


La primera cosa que podríamos hacer es mirar nuestros corazones. Si guardamos rencores, si la envidia asoma de vez en cuando su cabeza repugnante, hemos de pedir a Dios un corazón bueno, que sepa perdonar, que sepa amar. Quien no ama a su hermano no puede amar a Dios (1Jn 4,20). Del corazón malo sólo salen malas cosas. El virus de la calumnia se origina en mentes que viven fuera del Evangelio, en fuentes incapaces de ofrecer el agua del amor (St 3,10-18).


Por lo mismo, hemos de decidirnos a no ser nunca los primeros en lanzar una crítica contra nadie. ¿Para qué voy a decir esto? ¿Es sólo una imaginación mía? ¿Me gustaría que alguien dijese algo parecido de mí?


Al contrario, necesitamos aprender a ser ingeniosos para alabar y defender a los demás. Esto es posible si tenemos un corazón realmente cristiano, bueno, comprensivo, misericordioso. En ocasiones veremos fallos, pero el amor es capaz de cubrir la muchedumbre de los pecados (1Pe 4,8). Cuando sea posible, podremos corregir al pecador, pero siempre con mansedumbre, como nos enseña san Pablo: "Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Ga 6,1-2).


Después, como ante una epidemia grave, hemos de levantar una barrera firme, decidida, contra cualquier calumnia. Nunca divulgar nada contra nadie, mucho menos una suposición, una mentira como tantas otras lanzadas por ahí (a través de la prensa, de internet, a viva voz). Incluso cuando sepamos que alguien ha sido realmente injusto (lo sepamos por haberlo visto, no sólo de oídas), ¿para qué divulgarlo? ¿Es esto cristiano? ¿No es mejor amonestar a solas al hermano para ver si puede convertirse, si puede cambiar de vida? Tendríamos que ser firmes como muros: delante de nosotros nadie debería poder hablar mal de otras personas.


De un modo especial deberíamos defender el buen nombre del Papa, de los obispos, de los sacerdotes, de todos los demás bautizados. Todos somos Iglesia. El amor debe ser el distintivo de los cristianos. Andar continuamente con quejas y lamentaciones, con rencores y espíritu de lucha mundana, no soluciona nada y fomenta ese veneno que originará nuevos rencores, chismes y, en ocasiones, calumnias. ¡Qué triste imagen la de una comunidad "cristiana" en la cual unos acusan a los otros, los denigran, les ponen la zancadilla a sus espaldas!


La distinción de los discípulos de Jesús será siempre la misma: el amor (Jn 13,35). Desde el amor y con amor podremos (¡sí se puede!) eliminar cualquier nuevo brote de calumnia entre cristianos. Podemos... si oramos humildemente, si se lo pedimos a Cristo con todo el corazón.


Entonces sí podremos vivir, de verdad, como cristianos, porque estaremos dentro del amor. "Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo" (Ef 4,31-32).


Perdonarnos y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar, dentro de nuestra amada Iglesia, el síndrome de la calumnia, para vivir con salud, en autenticidad, nuestra fe en el Señor Jesús.

Autor: Fernando Pascual
Fuente:Catholic.net
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