Nadie querría caer en las manos del demonio. Pero con el pecado, nos ponemos en sus manos, y aunque digamos que no queremos pertenecer al diablo, si pecamos, ya somos suyos.
Es que el pecado es atractivo y el demonio nunca se presenta con su horrible aspecto. Si lo hiciera, todos huiríamos de él. Sino que Satanás se esconde bajo la apariencia seductora de la carne, detrás del oro y el dinero, y bajo el aspecto de la supremacía. Y así, por querer gozar, tener y mandar, no nos damos casi cuenta y vamos a desembocar en las fauces diabólicas.
Es interesante ver el ejemplo de Eva en el Paraíso terrenal. En apariencia el fruto prohibido no era malo. Incluso parecía bueno a la vista, apetitoso, y en apariencia no tenía nada de malo. Pero mordió y comió de él, y vino la Desgracia para ella y para su descendencia.
También el pecado y, especialmente la tentación, no tienen en apariencia nada de malo. No parece algo tan prohibido. Es decir, nos parece que Dios nos prohíbe el pecado por capricho y arbitrariedad. Como le sugirió la serpiente a Eva, que Dios no quería que comieran del fruto prohibido porque se les abrirían los ojos y serían semejantes a Dios. Y la pobrecita comió, y vino la oscuridad a su alma.
Nosotros también caemos en lo mismo que Eva, porque como dice la Escritura: “No hay nada nuevo bajo el sol”, y la tentación siempre es igual, porque igual es el demonio, que actúa siempre de la misma manera. Y la naturaleza humana es siempre la misma, siempre está herida por el pecado original, y es una presa fácil para el Maligno.
Entonces ¿qué hacer? Decir como los Santos: ¡Morir, antes que pecar!” Porque el pecado es el verdadero mal, y con apariencia de bien, nos clava el puñal del mal en el alma y la mata, poniéndola en manos del demonio, y condenándonos al Infierno eterno.
Y si nos parece una exageración, que el pecado no es tan grave; miremos a la cruz de Jesús, para ver lo que le ha costado a un Dios, redimir del pecado a los hombres.
El pecado se presenta como algo lindo, pero esconde el horripilante hocico de Satanás, que nos odia y quiere nuestra ruina temporal y eterna. Aunque a veces pospone darnos la ruina temporal, esperando malignamente darnos para siempre la ruina eterna. Pensemos en ello.
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