Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y límpido como el agua de manantial.
Alcánzame un corazón sencillo,
que no se repliegue sobre sí mismo al saborear sus propias penas.
Un corazón grande en la entrega,
pronto a la compasión;
un corazón fiel y generoso,
que no olvida ningún bien
ni guarda rencor por ningún mal.
Forja en mí un corazón manso y humilde,
que ame sin exigir ser amado a cambio,
feliz de diluirse en otros corazones
al sacrificarse por tu divino Hijo.
Un corazón grande e indomable,
para que ninguna ingratitud pueda cerrarlo
y ninguna indiferencia pueda agotarlo.
Un corazón consolado por el amor de Jesucristo,
unido a su Pasión, con una herida
que no sana sino en el Cielo.
Amén.
P. Léonce de Grandmaison
EN LA FOTO: La Virgen de Lourdes vela la noche sobre la "Villa de los Ángeles", iluminada como un faro de esperanza para quienes sufren.
Fuente:https://x.com/paracleto4
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