Porque no buscaban decir muchas cosas, sino aprender a permanecer en una sola verdad. El Rosario no consiste en acumular avemarías: mientras los labios repiten una oración conocida, la mirada interior vuelve una y otra vez a los misterios de Cristo junto a María.
Ahí está su pedagogía. La repetición no reemplaza la atención; la recoge. Aquieta el ruido, frena la dispersión y permite que una escena del Evangelio deje de ser solo algo leído para convertirse en una verdad contemplada, recordada y llevada a la vida.
Por eso tantos santos encontraron en el Rosario algo más que un ejercicio devoto. Fue disciplina interior en la sequedad, compañía en el sufrimiento, fuerza para el apostolado y una forma sencilla de volver a Cristo cuando la mente ya no encontraba grandes palabras.
Tal vez por eso una cuenta del Rosario puede sostener tanto: no porque diga algo nuevo a cada instante, sino porque nos ayuda a no abandonar lo esencial.
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