Aunque suene raro, los momentos de desolación pueden enseñarte mucho. Descubres tus puntos débiles, pero también descubres tus fortalezas: qué te sostiene, qué personas te ayudan, qué cosas te devuelven al centro.
Si en desolación no conviene cambiar las decisiones importantes, entonces toca otra cosa: reaccionar. Desde la lucidez. Pregúntate: “¿Qué pensamientos estoy alimentando?”. Romper ese círculo exige esfuerzo, pero también abre nuevas posibilidades.
Cuando estés en desolación, no cambies las decisiones importantes que tomaste cuando estabas en paz y con claridad. Quizá estás mirando desde el cansancio, el miedo o la tristeza. Espera. Respira. No tomes decisiones definitivas desde un mal momento pasajero.
El discernimiento no consiste en no sentir bajones, sino en saber qué hacer cuando llegan. Cuando estés abatido, confundido o sin fuerzas, no improvises desde el caos. Hay criterios que ayudan a atravesar esos momentos sin romper lo que habías decidido con claridad.
La desolación aparece cuando se debilitan las ganas de vivir desde el Evangelio. A veces llega como desgana, apatía o tristeza sin motivo. San Ignacio nos dice: no te creas todo lo que piensas cuando estás así. Mira esos pensamientos con distancia y no dejes que manden solos.
Fuente:Espiritualidad ignaciana
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