Porque nace de una mujer que conoce su lugar ante Dios y responde con libertad. En el Magníficat, María se reconoce pequeña, pero también proclama que Dios derriba a los poderosos y levanta a los humildes. Su sencillez está llena de firmeza.
María cambia la historia sin buscar protagonismo. Escucha, discierne, acepta una misión difícil y permanece junto a Cristo incluso al pie de la cruz. Su humildad se vuelve obediencia lúcida, paciencia y valentía.
Las santas carmelitas de Compiègne aprendieron esa forma de fortaleza. La víspera de su martirio celebraron a la Virgen del Carmen y, al día siguiente, caminaron hacia la muerte unidas, serenas y fieles.
María enseña que la verdadera grandeza puede crecer en lo escondido. Allí también se decide una vida entregada por entero a Cristo.
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