Oh María, Tú eres la Madre de la Misericordia.
Amén
Oh María, Tú eres la Madre de la Misericordia.
Sin Ti nada tengo.
Perdóname, levántame y guíame.
Hay momentos en los que ya no sabes qué decir.
No tienes palabras, no tienes fuerzas, no tienes explicaciones.
Solo entras a la iglesia…
te arrodillas frente al Santísimo
y lo único que sale de ti son lágrimas.
Y aunque parezca que tocaste fondo,
en realidad estás en el lugar más seguro:
a los pies de Aquel que entiende lo que ni tú puedes expresar.
Porque cuando el corazón ya no puede orar con palabras,
Dios recibe las lágrimas como oración.
Si hoy te sientes así, no estás débil.
Estás siendo sostenida.
El Santísimo no se escandaliza de tu dolor.
Lo abraza.
Deja aquí tu intención. Hoy la ofrecemos ante Jesús Eucaristía.
Gracias por Tu misericordia y Tu lealtad, que superan todo lo que puedo comprender.
Una vez, Sor Faustina, vio a la Madre de Dios que visitaba a las "almas del purgatorio" Estas almas llaman a la Virgen, "Estrella del Mar", porque la "llena de gracia" les trae consuelo en su purificación.
El desierto no solo fue de Jesús, también fue de su Madre. Cuarenta días para Él y cuarenta días para ella.
Ella lo vio irse y sabía que no podía caminar ese desierto por Él. Sabía que no podía protegerlo del hambre, ni de la tentación, ni del cansancio. No podía interponerse entre su Hijo y la misión que el Padre le había confiado.
Y aun así, no estuvo ausente. No lo acompañó con los pies, pero sí de rodillas. Lo sostuvo en oración. Lo confió cada día al corazón del Padre.
Ese también fue su desierto. No el de la arena, sino el del corazón. El desierto de una madre que ama profundamente, pero no puede intervenir. Que quisiera proteger, pero aprende a confiar.
Si hoy estás atravesando el tuyo, si tu hijo está enfrentando algo que tú no puedes resolver, si tu corazón está aprendiendo a confiar aunque te duela… mira tu historia a través de los ojos de María.
Ella también amó así.
Ella también oró así.
Ella entiende.
La Cuaresma nos vuelve a recordar algo que nunca pasa de moda: el ayuno y la abstinencia no son caprichos antiguos, son pedagogía de la Iglesia.
Señor, quiero tener hoy la capacidad de escuchar tus inspiraciones, dejarme instruir por tu Palabra pues Ella me conduce por caminos seguros y alegres.
Analizar y comprender lo que sucede en mi interior, a la luz de tu Verdad, me hará crecer en sentido pleno, abriendo mi corazón a tus consejos.
Ayúdame a no buscar la fama, a desprenderme de ese deseo obstinado por ser apreciado, a procurar el último lugar y ser aquel que sólo vive para servir.
Tú no desprecias un corazón humillado, por eso, acudo a tu compasión para que restaures en mí todo aquello que perdí debido mis actitudes equivocadas.
El peor enemigo lo tengo en mi corazón, cuando dejo que me gobiernen los malos deseos y la inclinación terrena de destacarme y brillar entre los demás.
Oh Señor, dame un corazón lleno de un amor. Libérame de rencores y odios que dañan mi corazón y no me permiten alcanzar la grandeza ante tus ojos.
Tú eres el Dios del perdón, por eso, te confieso todos mis pecados, confiado en la promesa de que me restaures y me sanes.
Ayúdame ahora, con tu Gracia y tu Poder, a no desviarme del proyecto de salvación que me tienes guardado y a actuar según tu voluntad. Amén
Escribe la necesidad, la intención, el imposible, en un papelito y colócalo debajo de la almohada o en el cofre de San José con fervor y confianza la gracia que se desea obtener. San José, tu sabes hacer posible lo que parece imposible.
Conviene entender bien qué hacemos y por qué lo hacemos.
Juan Pedro de Caussade (1675-1751)
jesuita
El abandono a la providencia divina, II 1 (§ 26).evangelizo.org
Refúgiame bajo tus alas
y protégeme todos los días.
San Hilario (c. 315-367)
La verdadera dicha consiste en caminar según Tu voluntad y guardar Tus mandamientos con corazón sincero.