El desierto no solo fue de Jesús, también fue de su Madre. Cuarenta días para Él y cuarenta días para ella.
Ella lo vio irse y sabía que no podía caminar ese desierto por Él. Sabía que no podía protegerlo del hambre, ni de la tentación, ni del cansancio. No podía interponerse entre su Hijo y la misión que el Padre le había confiado.
Y aun así, no estuvo ausente. No lo acompañó con los pies, pero sí de rodillas. Lo sostuvo en oración. Lo confió cada día al corazón del Padre.
Ese también fue su desierto. No el de la arena, sino el del corazón. El desierto de una madre que ama profundamente, pero no puede intervenir. Que quisiera proteger, pero aprende a confiar.
Si hoy estás atravesando el tuyo, si tu hijo está enfrentando algo que tú no puedes resolver, si tu corazón está aprendiendo a confiar aunque te duela… mira tu historia a través de los ojos de María.
Ella también amó así.
Ella también oró así.
Ella entiende.
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