Domingo 4 de octubre del 2026.
A veces recibimos tantas oportunidades que terminamos dando por hecho que las merecemos. Olvidamos la gratitud y comenzamos a exigir.
Piensa en alguien que de buena fe le presta un pequeño local a un familiar para que ponga un negocio y salga adelante. Le entrega las llaves y toda su confianza. Pero cuando el lugar se llena de clientes y empieza a dejar dinero, el familiar cambia las cerraduras, le niega la entrada y asegura que el sitio ahora le pertenece.
Esta actitud rompe cualquier lazo de confianza. Y aunque suene a traición extrema, en nuestra rutina diaria solemos tropezar con esa misma actitud.
Nos confían un talento, un buen empleo, un hogar o una familia, y en lugar de cultivar esos dones con humildad, nos adueñamos de la situación con soberbia.
Cuando la vida, o las personas que nos aman, nos piden cuentas de nuestros actos o nos hacen una observación constructiva, nos ofendemos de inmediato. Sentimos que invaden nuestro terreno.
El gran error de creernos los dueños absolutos de todo es que le cerramos la puerta a quien realmente nos da la capacidad de crecer. Nos aislamos por el simple afán de retener el control.
Aquí aterriza la enseñanza del evangelio en Mateo 21, 33-43. Un hombre planta un viñedo equipado a la perfección, lo confía a unos trabajadores y emprende un largo viaje.
En tiempo de cosecha, el dueño envía a sus servidores, y finalmente a su propio hijo, para pedir los frutos acordados. Sin embargo, los trabajadores, dominados por la avaricia, los agreden y los eliminan con la ilusión de robarse la herencia.
Por esa ambición desmedida, pierden absolutamente todo. El viñedo se entrega a personas dispuestas a dar buenas cosechas a su debido tiempo.
Haz una pausa hoy para soltar esa necesidad de control absoluto. Valora las responsabilidades que tienes en tus manos y empieza a devolver un poco de esa confianza sirviendo a quienes te rodean.
domingo, 4 de octubre de 2026
Evangelio, Reflexión de hoy
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